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Media naranja, la columna de Fernando Tuesta

Keiko quiere posicionarse como una clara opositora al desgastado gobierno de PPK y alternativa para el 2021. En cambio, Kenji quiere aparecer como guardián de la gobernabilidad

Kenji-Keiko

Kenji no solo se solidarizó con el padre, sino que –en un acto de rechazo– no fue a votar en la segunda vuelta, negándole el voto a su hermana. (Ilustración: Giovanni Tazza/El Comercio)

Lo que está en juego dentro del fujimorismo es el poder. Se trata de la herencia del capital político del padre, que no ha podido detener la disputa de los hijos. Si el fujimorismo tuvo en Alberto y Keiko a sus figuras indiscutibles, hoy la lucha fratricida ha hecho volar por los aires esa afirmación, que enorgullecía a un partido otrora sin fisuras.

Pero esto tiene una historia detrás. La lectura que hizo el keikismo con miras a las elecciones del 2016 era que el parricidio era la salida necesaria para el triunfo de Keiko Fujimori. Para ello, suscribió el discurso de Harvard, excluyó a los albertistas de la dirección del partido y de las listas al Congreso, así como también abandonó la lucha por el indulto a favor de Alberto Fujimori.

Kenji no solo se solidarizó con el padre, sino que –en un acto de rechazo– no fue a votar en la segunda vuelta, negándole el voto a su hermana. Esta diferencia se convirtió en abierta discrepancia cuando, desde el inicio, se acercó a PPK para llegar a acuerdos sobre el indulto del padre. Para ello, apoyó al gobierno y, como se conoce, no votó a favor de la vacancia. De la oposición interna pasó a la abierta rebeldía, que ha terminado con su salida del partido.

¿Por qué ha tomado Keiko esta decisión extrema en contra del hermano, que la distancia más del padre? Porque las decisiones del hermano le hicieron perder la vacancia de PPK que tanto aspiró y le causó una derrota inesperada, porque cuestionó el liderazgo indiscutido en el fujimorismo y puso en riesgo su candidatura para el 2021. Es que Keiko, a diferencia de Kenji, ha construido un aparato partidario que Alberto Fujimori nunca quiso desarrollar: estableció pactos y acuerdos con grupos provincianos y sociales con agendas propias, aun cuando algunas discutibles, generó lealtades de quienes hoy han salido a respaldarla y a quienes debe recompensar.

Pero un aspecto que merece atención ha sido la inacción del padre, que no actúo decididamente en el conflicto entre hermanos, tal como se esperaba. No jugó como un árbitro que permitiera una salida negociada entre los hermanos en el interior de Fuerza Popular. Alberto Fujimori ha estado limitado por su estado de salud y por el cuestionado indulto, que lo ha obligado a tener un perfil bajo. Eso ha operado a favor del keikismo, que adquirió confianza para expulsar a Kenji y deshacerse de su bloque, una situación que ahora el padre no podrá revertir.

Keiko quiere posicionarse como distinta y distante del padre, como una clara opositora al desgastado gobierno de PPK y alternativa para el 2021. En cambio, Kenji quiere aparecer como el heredero del verdadero fujimorismo, guardián de la gobernabilidad y con propuestas más liberales. Pero si bien cuenta, por ahora, con un mayor apoyo de la opinión pública, carece de una bancada numerosa y de un aparato partidario que lo coloque en el carril del 2021.

Sin embargo, dos Fujimori en aquella elección se traducirá en una disputa no solo por los votos fujimoristas, sino del electorado en general. Eso puede terminar con la derrota de los hermanos. Pero eso en el Perú ya es el largo plazo.

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