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Lo que nosotros no tuvimos: educación sexual, por Renato Cisneros

"Por qué quejarse de que nuestros hijos reciban lo que nosotros no tuvimos: educación sexual". La columna de Renato Cisneros

Renato Cisneros

Lo que nosotros no tuvimos: educación sexual, por Renato Cisneros. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos

Un improbable catálogo de mi ‘educación’ sexual tendría que incluir, en orden aleatorio, a la revista Zeta, la Serie rosa, la filmografía completa de Porcel y Olmedo, el concurso erótico italiano Colpo Grosso, la serie de soft-porn Las chicas de la oficina y varias cintas de los años setenta y ochenta conseguidas de contrabando, como Seka, la erótica, La otra Cenicienta y la memorable No me toques el pito que me irrito.

Pertenezco a una generación que no fue educada sexualmente. Mis padres no hablaban o no sabían hablar del tema y mis profesores de colegio católico reducían la sexualidad a categorías que rápidamente pasaban de la anatomía a la religión. Como no había Internet, la única forma de saber ‘cómo el oso entra a la cueva’ era preguntando a otros adolescentes. Pero no era fácil. Incluso entre los amigos el pudor era constante. Nadie mencionaba, por ejemplo, la palabra ‘placer’.

A la gran mayoría de peruanos le gustaría ser parte de una sociedad donde los individuos tengamos una vida sexual plena, libre, llena de hábitos saludables, donde los niños no quemen etapas, los adultos no se transmitan enfermedades y no existan embarazos adolescentes. Sin embargo, la realidad es diametralmente opuesta y es hora de admitir que las enseñanzas tradicionales no han sido eficaces. En el Perú, de acuerdo con datos recientes del Ministerio de Salud y la Organización Panamericana de la Salud, el 40% de menores de quince años ya tiene relaciones sexuales; más de la mitad de ese universo no usa condón. Según la ONG Apropo, un estimable porcentaje de menores perdieron su virginidad a los catorce. Y si hablamos de embarazos de menores, las cifras son duras de asimilar. En el 2018, el INEI determinó que cada día cuatro adolescentes menores de quince años quedan encinta.

Con esas estadísticas –y sin comentar las relativas a abortos clandestinos–, ni el más obcecado de los pastores evangélicos podría discutir la urgencia de una educación sexual en favor de los jóvenes. ¿Pero qué alternativas de información ofrecen los padres de familia si muchos de ellos, herederos de la tradición de silenciamiento antes comentada –y algunos, protagonistas de violencia doméstica–, no se comunican? ¿Y cómo creer del todo en el Estado si no sabemos cabalmente cuán calificados están los docentes encargados de impartir cursos sobre sexualidad y si además se ha hecho evidente la falta de rigor en la elaboración de algunos contenidos del ministerio? ¿Y cómo esperar que los medios de comunicación asuman papel didáctico alguno, si los espacios que en su día trataron de debatir la sexualidad, tanto en televisión, radio o prensa escrita, siempre adolecieron de regularidad o respaldo? Nuestra sociedad discute, pero no habla. Y mientras conservadores y progresistas se pelean con saña en redes sociales, los auténticos implicados en este tema, los adolescentes, se informan por su cuenta de todo aquello que inútilmente intenta prohibirse (me pregunto cuántas veces habrá sido googleada esta semana la tan publicitada práctica del ‘sexo anal’). Al respecto, un informe de la Cayetano Heredia y el instituto Guttmacher divulgado en 2018 arrojó conclusiones irrefutables: el 85% de estudiantes escolares consultados reconoció haber aprendido de sexualidad en Internet.

De todas las salidas que tenemos a la mano, la del Estado es la que promete ser menos fallida. En la práctica ocurre desde siempre: los chicos se enteran en el patio del colegio de aquello que nadie comenta en el comedor de la casa. Se trata, pues, de formalizar ese conocimiento. La escuela debe preparar al alumno para el mundo que lo espera, sin edulcorar el panorama al que tarde o temprano se enfrentará. Y no se trata de hablar únicamente de sexo ni de ‘sexualizar’ la agenda, como pretenden hacer creer los fanáticos, sino de incluir el capítulo de la sexualidad en la agenda del salón.

Quienes ven en esto una práctica aberrante o inmoral están aferrados a ideas que, si no están muertas, están por morir. No dejemos que nuestros hijos crezcan en medio de la oscuridad y la represión con que crecimos nosotros. Hablemos de sexo, no deslenguadamente, no todo el tiempo, pero hablemos. //

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