La primera vez que fui a una reunión me escupieron la cara. Era un sábado de junio del año pasado. Segundo piso de un pub, Calle de las Pizzas, Miraflores. Había más de cien personas a oscuras que arengaban a los luchadores proyectados en una pantalla gigante. Uno de los fanáticos quiso imitar la entrada al ring de su favorito: un palo de madera en la mano izquierda, en la otra una lata de cerveza que golpeó repetidas veces contra su frente, luego tomó un largo trago, apuntó al techo y disparó una lluvia volcánica de cebada que fue a dar a mi nariz. La gente sentada en primera fila compartió el duchazo y festejó la travesura. Desde aquella vez, no he dejado de ir.
La lucha libre de entretenimiento --llámese wrestling o cacaseno-- es ante todo un cuento, una representación coreografiada de la violencia. World Wrestling Enterteinment (WWE) es la empresa de lucha libre más millonaria del planeta porque tiene las mejores historias y personajes. Hay detrás guionistas que deciden quién se lleva el cinturón de campeón, pero nadie en el público sabe cómo sucederá. El suspenso es el gancho. Los fanáticos peruanos ven este show en su televisor los sábados por la tarde. Es una transmisión diferida tres semanas después de las peleas en EE.UU. Los que no quieren esperar se reúnen en Miraflores una semana después de que sucedió el gran evento del mes. No ven los resultados en Internet, no quieren que nadie les cuente qué pasó.
Hay en Lima cuatro grupos que programan reuniones para ver peleas en DVD. WWE Manía, Perú Wrestling, HTG Wrestling y Zona Wrestling. Cada uno congrega como mínimo a 200 personas en una tarde. Van niños y adultos con camisetas negras de su luchador preferido, algunos van con pancartas, sienten que están en la butaca de algún estadio estadounidense gritando: "mátalo, mátalo".
La primera vez que organicé una reunión fue en mi casa, en Magdalena. Encontré en Internet a gente que le gustaba el wrestling y los convoqué sin conocerlos. Era agosto del 2002. Cobré S/.1,50 por ver peleas en un televisor de 14 pulgadas, más un vaso de gaseosa y un pan con jamonada. Vinieron 15 personas. En el 2004 inicié el club WWE Manía y fuimos los primeros en llevar la lucha a un restaurante en Miraflores. Era como ver un Mundial. Poco a poco la afición creció. Los cuatro grupos comparan todos los meses quién lleva más gente. Es una guerra. Mi nombre es César González, me llaman The Suplex.
FICCIÓN EN LA LONA
El mexicano Carlos Monsiváis dice en su libro "Los Rituales del Caos" que la lucha libre es "la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral". En el wrestling conviven trampa y traición, y el silletazo en la cabeza fue el arma ideal para noquear. Ya no lo es. En los años 90 empresas de lucha extrema ya usaban cadenas, vidrio molido y tachuelas. En Japón se han realizado luchas en un ring donde las cuerdas son alambres con púas y en sus cuatro esquinas hay pequeñas bombas que dejan la piel en carne viva. Lo hardcore tomó protagonismo.
Los niños de ahora no son como en los años 80, pero siguen yendo a ver lucha a las reuniones de HTG Wrestling. La tecnología les ha quitado el gusto de fantasear, y en el ring encuentran esa fantasía en personajes de carne y hueso. No le falta razón a quien dice que el wrestling es una novela para hombres. Vamos porque la lucha entre el bien y el mal está en nosotros. ¿No se han burlado de ti por decir que te gusta la lucha libre? ¿No te has sentido un freak? Mi nombre es David Yamanija.
Hay en la lucha una liberación de odios. Si hay alguien que la promueve mejor que nadie es Vince Mc Mahon, el dueño y cerebro de la WWE, quien acostumbra hacerle la vida imposible a uno de sus musculosos empleados. ¿Cómo lo resuelven? Se retan a una lucha: en el ring puedes partirle la cabeza a tu jefe, pero él seguirá pagando tu sueldo. Sin embargo, en el wrestling no todo es ficción. Lo dice un documental de 1999 llamado "Beyond the Mat" que muestra cómo las llaves son reales y los peligros de salir dañado también. Por eso los luchadores se entrenan años para aprender a caer sin quebrarse los huesos. Lo que te divierte a ti les destroza el cuerpo a ellos. Nunca trates de imitarlos en casa.
Siempre uno de chico trata de imitar las movidas de sus personajes favoritos. Yo trataba de hacer la lanza (embestir a tu contrincante como si fueras un toro). Un día se la hice a un amigo y se puso a llorar. Yo me asusté. De ahí ya nada más, es muy peligroso. Mi nombre es César Meza, me llaman Goldberg Jr.
PELEA EN VENTA
Wrestlemania es la actividad máxima de la lucha libre, como el Super Bowl para el fútbol americano. En Detroit, la última edición congregó a 80.103 espectadores. En Lima, una semana después, la reunión del club WWE Manía atrajo a más de 400 para ver ocho horas de lucha en DVD, 28.800 segundos sentados con riesgo de sufrir una lesión lumbar. Corrían vasos de gaseosa, jarras de cerveza. La gente veía en la pantalla gigante a Aretha Franklin tocando el piano y a los americanos cantando en Iraq. Así comenzaba Wrestlemania 23. Los de la primera fila no querían escucharla y cantaban: "Somos libres, seámoslo siempre".
Quizá uno sabe que las peleas están arregladas, pero lo llamativo es que nunca sabes cómo va a acabar. Por lo general la sangre que ves siempre es real. Es usual que se corten ellos mismos o con ayuda del árbitro. También se ayudan con sangre falsa. Otras veces se sacan la mugre de verdad y sangran como caños abiertos. Mi nombre es Bruno Pro, me llaman Nitrotortuga.
Hubo un tiempo en Lima cuando se llenaba el Luna Park y el coliseo Amauta para ver a Sandokán y al Vikingo. Pero las carteleras comenzaron a incluir a actores cómicos y para muchos el espectáculo del cachascán se convirtió en una parodia: payasos dándose manazos. Un día desapareció. Solo la lucha libre de EE.UU. que comenzó a transmitirse en el Perú desde mediados de los ochenta creó una nueva generación de fanáticos. Cinco años después desapareció de la TV para regresar a fines de los años noventa. Hoy es un rubro más para los piratas de videos.
Yo comencé siendo informal y ahora importo muñecos, máscaras y DVD originales. Pero mi idea no solo es vender merchandising, con mi grupo queremos programar una cartelera de lucha en Lima como hace 30 años. En la última reunión, presentamos a luchadores peruanos en un ring y fueron 1.500 personas. Esto no está pasando por las puras. Nadie cree que se puede vivir de la lucha libre en el Perú. Yo sí. Mi nombre es Helton Delgado, me llaman Helton The Game.
El semiólogo francés Roland Barthes dedicó un estudio a la lucha libre. La definía como una comedia humana donde no importaba que la pasión fuera auténtica o no, porque el público siempre encontraba en el ring algo que pudiera encarnarla. Quienes llenan esos pub miraflorinos encarnan su pasión siendo espectadores a distancia. Quisieran estar en el coliseo de EE.UU., pero no pueden, y eso les da una identidad: los fanáticos limeños de la WWE. Lo mismo pasa conmigo. Siempre voy a ver las peleas solo, pero me siento uno de ellos.