Por Fernando Vivas
Carlos Álvarez merece un elogio cada que inventa un personaje nuevo, cosa relativa, pues sus criaturas existen antes que él: Asustín Natilla, por ejemplo, último incorporado al panteón de remedados, debe muchísimo a Agustín Mantilla, hombre hecho a sí mismo, dueño absoluto de un sutil amaneramiento que juega un divertido contraste con la leyenda negra que lleva encima y con los delitos probados que lo llevaron a prisión.
Pero Natilla debe igual al talento de Álvarez para remedar voces y gestos con sumo parecido al modelo y un distingo que lo hace un nuevo ser a pesar de copiar a otro. No se le pida exactitud, pues esta es imposible, y tampoco es perseguida. Antes que el virtuosismo técnico del calco, el remedón debe pulirse para lograr la distorsión creativa que separe a su personaje de su modelo real, llevándolo a un plano fantástico.
El Natilla de Álvarez, que lo acabo de ver en el segmento La Cortina de Humo de "La ventana indiscreta", está por debajo de sus versiones de Hugo Garavito, Monseñor Durand o 'Popy' Olivera, las más briosas y desternillantes composiciones de Álvarez. Pero me gusta, porque siendo un remedo reposado y delicado de movimientos, al estilo de su viejo 'Vladi', tiene una peculiar elegancia para recitar textos que van de lo cínico a lo macabro.
Pues a este inspirado humorista no hay que dejar de reclamarle, por otro lado, que modere la incorrección política de muchas de sus bromas. Que cuando imite, se burle sin miedo ni asco de los poderosos, que bien pueden defenderse, pero que no lo haga escarneciendo sus rasgos étnicos, culturales o de preferencia sexual, pues ahí agrede de un golpe a mayorías silenciosas que no pueden replicarle. Por ejemplo, que bata al entrenador Julio César Uribe cuanto quiera, pero que no dé a entender que su negritud condena necesariamente al ridículo sus refinamientos o, en el caso de Claudio Pizarro, que su 'look' metrosexual le reste dignidad, pues lo vuelve gay. Estos prejuicios implican racismo y homofobia, y un humorista que se reclama político, porque conoce los efectos del humor, debe entenderlo.