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Escogemos lo que comemos con el intestino grueso

Estoy a pocas horas de asistir a la Feria Mistura y tengo en mi mente comer tres platillos por los cuales tengo un especial antojo: patasca, anticuchos y una causa de cangrejos. Hasta que leí el artículo que vamos a comentar hoy día, pensé que esos “antojos” estaban determinados por mi mente, por el recuerdo del sabor de esos deliciosos platillos, pero ahora no estoy seguro. Por lo que vamos a ver ahora, es posible que la elección de esos platos ha sido hecha, sin que yo me dé cuenta, por mi intestino grueso, más específicamente por los miles y millones de bacterias de mi intestino grueso.

Pues eso es lo que postulan investigadores norteamericanos y alemanes que publican una revisión muy completa del tema en el número del 7 de agosto del 2014 de la revista electrónica “BioEssays”.

En primer lugar, es importante entender que en el intestino grueso o colon, órgano que forma y almacena los excrementos, existen miles de millones de bacterias, calculándose que existen 100 veces más células bacterianas que células humanas en el intestino grueso.

Esa enorme cantidad de bacterias en el intestino se llama la microbiota, una palabra estimado lector que le recomiendo la memorice porque estoy seguro que en el futuro se va a hablar mucho de ella.

En segundo lugar, hay que entender que esa microbiota, compuesta por miles de millones de bacterias, no es pareja, es decir no está compuesta por un solo tipo de bacterias, sino que existen decenas de especies bacterianas, conviviendo unas con otras y cada una de ellas con sus propias necesidades metabólicas.

Y cuando hablamos de necesidad metabólica en una bacteria, estamos hablando de que al constituir seres individuales, cada bacteria tiene necesidad de un “diferente tipo de alimento” para poder realizar sus funciones especializadas. Así, se conoce por ejemplo que hay bacterias que necesitan más azúcar para funcionar, mientras que otras necesitan más nitrógeno (proveniente de las proteínas), y otras necesitan más azufre, más fibras, más calcio y así por el estilo. Es como las “Naciones Unidas de las bacterias”, cada “pueblo” tiene sus propias “necesidades de alimentación”.

Por ejemplo, bacterias del genero Prevotella crecen mejor en carbohidratos, las Bifidobacterias crecen mejor en fibras,  y a las Bacteroidetes les encantan las grasas. Por su parte, existen las llamadas “bacterias especialistas” porque se dedican a ciertas actividades metabólicas puntuales como por ejemplo la Akkermansia mucinophila, que degrada el moco intestinal, la Roseburia spp. que fabrica butiratos a partir de los carbohidratos de la dieta (los butiratos tienen un increíble efecto sobre el comportamiento de los ratones).

Obviamente, debido a que el ser humano nace con el intestino grueso “casi limpio” (por si no lo sabía, el meconio o primer contenido del intestino grueso del recién nacido ya contiene millones de  bacterias), son los hábitos alimentarios desde los primeros días de nacimiento los que van determinando el tipo de bacterias que van a colonizar el intestino grueso.

La provocativa teoría del artículo publicado en BioEssays dice entonces que son las necesidades particulares de esas enormes poblaciones bacterianas intestinales las que determinan la dieta de una persona, y que para lograr su cometido, las bacterias manipulan el comportamiento del ser humano, llegando incluso a causar ansiedad por cierto tipo de comida.

Y si a usted amable lector le sorprende, como a mí, que las bacterias intestinales “manipulen” el cerebro y nos hagan escoger los alimentos que consumimos para “satisfacer” sus propias necesidades, los autores nos dan algunos estudios como evidencia.

Por ejemplo, todos conocemos gente a quien le fascinan los chocolates y gente a quienes ese alimento les resulta indiferente. Un estudio ha comprobado que la composición bacteriana de esos dos grupos de personas es  completamente diferente. Por su parte, interesantes experimentos en ratones han demostrado que es posible cambiar el comportamiento de un animal (de tímido a agresivo por ejemplo) solamente trasplantando bacterias intestinales de un animal a otro. Citan también el famoso (y muy extraño) experimento en el cual las ratas que tienen el cerebro infectado con el parásito Toxoplasma dejan de tenerle miedo a los olores del gato. Al revés, las ratas infectadas con Toxoplasma son atraídas por la orina de los gatos y “se entregan” a ellos en una especie de suicidio. ¿Y sabe por qué? Porque el Toxoplasma necesita al gato para reproducirse y se piensa que el parásito “manipula” el comportamiento de la rata para asegurar su propia supervivencia. ¿Qué le parece?

Se piensa que esa “manipulación cerebral” por las bacterias intestinales se produce a través del nervio vago, un nervio que conecta las 100 millones de neuronas intestinales con la base del cerebro y cuya sección (es decir cortarlo) en animales y seres humanos disminuye el apetito y produce baja de peso.

En resumen, recién estamos arañando la superficie del conocimiento acerca de la influencia que tiene la microbiota intestinal en la alimentación del ser humano. Por ejemplo, un niño que solo se alimente de dos o tres tipos de alimento, pueda que este formando una microbiota particular que lo “manipule” a seguir comiendo siempre lo mismo. Al revés, es interesante saber que los japoneses tienen bacterias intestinales que digieren algas marinas (ellos comen una cantidad impresionante de algas) y que niños africanos alimentados casi exclusivamente de sorgo, tienen bacterias que digieren la celulosa, una rareza en los mamíferos.

Sabiendo entonces que la composición bacteriana de la microbiota responde muy rápidamente al tipo de alimentación (puede cambiar en 24 horas), se abre la posibilidad de poder “moldear” una microbiota saludable adoptando dietas saludables y al revés, producir “microbiotas tóxicas” consumiendo comida no saludable (alimentos industriales procesados y ultra procesados).

Y al revés, es posible que la obesidad no sea producida por “falta de voluntad” de la persona obesa, sino por una acción directa de su microbiota. Esto abre en el futuro la posibilidad de controlar la obesidad manipulando la microbiota con antibióticos selectivos.

Es posible también que los “antojos” de una persona sean consecuencia de ciertas “necesidades” nutricionales de sus bacterias intestinales, “necesidades” que son comunicadas al cerebro mediante un cambio en la concentración de neurotransmisores cerebrales como la dopamina y la serotonina (al respecto, se sabe que más del 50% de dopamina y serotonina del organismo, no se forman en el cerebro sino en el intestino).

Por lo tanto, es posible entonces que el antojo de comer patasca, anticuchos y causa de cangrejos en la Feria Mistura, no sea mío, sino de mis bacterias intestinales.

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