Jueves, 10 de agosto de 2006
Cine, bronca y reconciliación

Fernando Vivas, periodista
Cuando los escritores andinos y criollos se trenzaron meses atrás en una agria polémica, el primer bando lanzó al otro un argumento que esgrimió cual si fuera un insulto, pero yo quiero rescatarlo como un hallazgo y proyectarlo a la pantalla grande.



Le espetaron, los andinos a los criollos, que su literatura era un volteo del informe de la Comisión de la Verdad. ¿Y qué tendría eso de malo?

Por supuesto, hay un buen trecho entre un texto políticamente correcto que se cuida de pisar callos como el de la CVR y una obra en la que el autor se toma todas las licencias que puede, pero quiero rescatar esa percepción de que la reflexión creativa de los artistas refleja (o corre paralela, si prefieren evitar los determinismos), a la revisión más o menos oficiosa que hacen otros actores sociales de su historia reciente. Y, ojo, no solo el informe de la CVR es una estupenda fuente de inspiración para literatos y cineastas, sino el proceso anticorrupción, que empieza exactamente donde el otro termina, aunque con tramados distintos: si la CVR da cuenta de brutales hechos de sangre que revelan tanta crueldad como mutua incomprensión, masacres imposibles de cuantificar, heridas y fracturas étnicas tan profundas que parecen irreparables, el otro proceso incluye casos de la más sofisticada y mediática perversión urbana.

Pues veo que el paralelo está claro desde la mismísima película que inauguró el Décimo Festival Elcine, que organiza el CCPUCP. En "Mariposa negra", Pancho Lombardi, basado en "Grandes miradas" del buen criollo Alonso Cueto, explora en su par de féminas protagonistas el abanico de emociones, desde el más lacónico cinismo hasta el autosacrificio, con el que muchos peruanos reaccionamos a las revelaciones del montesinismo. Y Lombardi se ha quedado prendado del tema, pues ha anunciado que "Mariposa" es la segunda entrega (la primera fue la inferior "Ojos que no ven") de lo que puede ser una trilogía.

"Madeinusa", el otro esperado estreno nacional, ópera prima de Claudia Llosa, me resulta contingente: me entusiasma su mirada documental parsimoniosa, casi pasmada ante la ritualidad de un pueblo andino, me conmueve su complicidad con los afanes de la chica del título cuando tararea sus sentimientos, pero su fatalismo sobre el choque de culturas es digno de una vieja película indigenista.

El cine documental también anda a la caza de historias y la de "Alias Alejandro" es espectacular: el hijo del emerretista Peter Cárdenas, hoy cineasta en Alemania, regresa al Perú a tratar de comprender a su padre, a quien visita en prisión. Me conmueve el 'strip tease' emocional de Alejandro (esa era, además, la chapa de combate de su padre) cuando cuenta sus miedos y sentimientos encontrados, pero extraño no ver en su testimonio, más allá de entrevistar a miembros de la CVR para que digan lo que quiere oír, mayor exploración moral sobre las acciones de Peter. Pero qué estimulante es encontrar los paralelos, con imágenes de verdades, broncas y, a veces, reconciliaciones.






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