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Juan José Chuquisengo, la historia de uno de los músicos más extraordinarios del Perú

Conversamos con el pianista peruano, autor de "Trascendent Journey", una de las grabaciones clásicas consideradas entre las 100 mejores de la historia

Juan José Chuquisengo, foto de Rolly Reyna

En casa de su amigo el artista Gam Klutier, Chuquisengo revisa la partitura de su obra "Guerrero andino", que acaba de estrenar en Arequipa. Conversamos con él sobre el poder transformador de la música.

Cinturón negro en karate, insospechado instructor de artes marciales, practicante de tiro al arco y animoso ejecutante de tambores japoneses, el pianista peruano Juan José Chuquisengo es, ciertamente, multifacético.

Casi por casualidad, su vocación le llegó de niño cuando su padre llevó a casa un viejo piano como decoración. A fines de los 80, superado el estupor paterno ante la carrera elegida por el hijo, Chuquisengo no dudó en cambiar el Perú de "Risas y salsa" y la leche Enci por el Múnich de Carl Orff. La beca soñada había llegado.

De las baladas románticas que su madre solía oír en casa a las celestiales melodías de Bach, Beethoven y Brahms, la travesía vital de Chuquisengo no solo ha sido un viaje melódico influenciado por los más diversos géneros musicales, sino también un recorrido marcado por una búsqueda espiritual y la soledad que le supuso llegar a Alemania a los 17 años. "Tuve que ser implacable conmigo mismo porque en la época que partí era impensable ser pianista en el Perú", nos dice. "La única posibilidad de serlo era contra las circunstancias".

Hoy artista exclusivo de Sony Classical, su disco "Trascendent Journey" ha sido elegido entre las cien mejores grabaciones de la historia de la música clásica. Amante del jazz, la improvisación y el tango, Chuquisengo no teme abrazar diversos estilos populares y ha afirmado que la música de los Andes "es perfecta". En abril pasado, estrenó su obra "Guerrero andino" en Arequipa, y ya planea presentarla el próximo año en Lima, con un centenar de músicos en escena.

Reunidos en el bucólico refugio barranquino de su amigo el artista Gam Klutier, Chuquisengo regala para la cámara una pieza de Beethoven. Su actitud ante el piano pareciera ser la de quien pone a vibrar no solo las cuerdas de un instrumento, sino toda posible fibra del alma. Entonces, se vienen a la memoria aquellas palabras que Liszt, el romántico virtuoso, citara en el prefacio de una de sus piezas: "Hay almas meditativas, a las que la soledad y la contemplación elevan invenciblemente hacia las ideas infinitas".

Juan José Chuquisengo

Tai chi a 4.900 m.s.n.m. Devoto instructor de artes marciales, a las que prefiere llamar “artes de mente y cuerpo”, Chuquisengo comparte esta pasión con su hijo de 19 años.

—Alguna vez dijiste: "Si hay para mí un propósito, es evolucionar". ¿Hacia dónde quieres evolucionar?
Hay un aspecto espiritual en el que yo creo profundamente. Cada instante, todo, es un milagro, independiente de la religión,y todo en el mundo es perfecto. Desde una hormiga hasta un árbol, del océano a las galaxias. El único ser que no es perfecto es el hombre. El hombre es un proyecto, y creo que es nuestro propósito pasar de lo puramente biológico, físico, a la espiritualización de uno mismo.

— ¿Qué es la sabiduría?
Saber vivir plenamente, con conciencia de que uno va a morir, y lograr ese balance que es de una serenidad profunda, y que no tiene que ver ni con dinero ni con diplomas. Es una cosa más allá.

— Eres seguidor de las enseñanzas del tao, y una de ellas es la búsqueda del camino del centro. ¿Cuál dirías que es tu propio centro?
Por cuestión puramente biográfica, la música ha devenido en un ancla que me permite salir y retornar siempre a ese punto. La música es una gran maestra, es una cosa maravillosa, es vibración ordenada que me remite a ese lugar interno de contacto entre materia y espíritu. De una manera más poética sería, claro, el contacto con el corazón.

Juan José Chuquisengo, foto de Rolly Reyna

Beethoven Sonata Nr 17 Op 31 (3.Mov)(Sturm Sonata) a cargo de Juan José Chuquisengo.

Parte importante de tu aprendizaje fue el maestro Celibidache, que era feroz…
¡Uy, sí! Volcánico.

— ¿Te llevó esto a ser implacable contigo mismo?
En parte sí. Yo lo conocí muy joven, en una época formativa, de 17 años. Entonces, era una búsqueda incondicional de la propuesta artística, el dedicar cien por ciento de mi capacidad mental, psíquica y emocional al hacer música. Era una disciplina férrea, implacable. Pero los primeros maestros siempre son los padres y, en mi caso, el haber visto el ejemplo de mi padre, que surgió de un contexto muy humilde para lograr ofrecernos a los hijos otra plataforma a través de mucha pasión y trabajo.

—¿Y la principal enseñanza de tu madre?
Modestia. Pero solo madurando he podido comprender esa profunda enseñanza. Modestia entendiendo el propio valor, porque una modestia sin entender el propio valor es complejo de inferioridad. Comprender el valor de mi ser, como humano, hombre y profesional, pero en el contexto general del universo donde somos tan pequeños. Este engrandecimiento del ego en tantos niveles, esta megalomanía, es una enfermedad.

—¿Qué es lo humano para ti, esta cosa imperfecta de la cual hablabas hace un rato?
Bueno, lo humano va desde Jesucristo hasta Hitler, lo humano abarca todas las vibraciones, como una escala musical, desde lo más oscuro hasta lo más luminoso, y todos podemos resonar en ambas… Apelando a la sabiduría, nuevamente, esta sería lograr el balance entre las diversas inteligencias que uno tiene, y tocar tierra también en el sentido emocional.

—¿Y cuál dirías que fue ese encontronazo con la realidad que te ayudó a ser quien eres hoy?
La muerte de mi padre. El 94. Yo estaba en Alemania y no pude llegar al entierro. Fue, por supuesto, una de las experiencias más dolorosas, pero me centró en tierra nuevamente, me llevó a replantear muchas cosas, y bajar un poco de mi nube.

— ¿Qué te replanteaste, por ejemplo?
Qué es lo importante en la vida. Y lo importante son cosas más bien simples, como pasar un buen par de horas con amigos, con seres queridos, disfrutar la naturaleza, el arte. Ideas de carrera, de éxito y ambición tienen un valor relativo.

— ¿Qué se fue con tu padre?
Un cariño muy concreto, amazónico. Él era de la selva, una persona exuberante, ruidosa, bailarina.

—Muy diferente a ti, digamos.
En ese sentido, sí; yo me fui muy joven, y en cierta forma no lo viví como hombre, sino como un chiquillo.

—¿Qué fue lo peor que te dijeron tus padres cuando les dijiste que querías ser músico?
No me dijeron nada malo, pero mi apasionamiento juvenil lo sentí en ellos como una herida, de que como músico o me moría de hambre o me tenía que ir del país. Y tuvieron razón, me tuve que ir del país. Me dijeron “eso no es una profesión”. Como si te dijeran “periodista no es una profesión” o “señor arquitecto, eso no es una profesión, vas a ser un patea latas”. Eso duele en un muchacho.

— Has dicho antes que la ausencia de música podría llevar, incluso, a la demencia. ¿En algún momento te has sentido cercano a la locura?
Los primerísimos años en Alemania, con la desadaptación cultural y el conflicto de vivir con grandes hándicaps como pianista frente a un enorme nivel. Yo estaba totalmente en desventaja, y trabajé como un burro. Mi maestro me dijo “regrésese a su país”, y esa sentencia de Schilde, como se llamaba, sí me caló en el alma. Yo dije “no me regreso, ¿qué debo hacer?”, y me respondió que tenía que avanzar en un año lo que en mi país no había avanzado en cinco. Fueron años de alta neurosis. Ya había cumplido los 18 y era la sensación de estar entre la espada y la pared, porque sin esa plaza en el instituto no tenía la beca, sin la beca no tenía la visa, y sin la visa me botaban del país.

— Y tu vida no sería la que es ahora.
Exacto. Fue un reto a la propia vocación, un momento crucial y difícil. Y seguramente emocional y psicológicamente no balanceado.

— ¿Es solitaria la vida del pianista?
¡Uf, sí! Pero el piano es un reino en sí, una orquesta completa, y luego de cantidades de horas en un éxtasis profundo te hace percibir la realidad del hombre, de lo que es posible, a través del mundo de los sonidos. Cielo e infierno están contenidos en una obra de arte, y uno puede resonar ahí. El piano me ha dado conocimiento, pero el costo es la soledad.

— Llegado este momento de tu vida, ¿cuál es tu gran sueño pendiente?
Desplegar mi trabajo como compositor. Con gran ímpetu ha venido ahora ese impulso creativo al cual hay que dedicarle, y esto puede sonar absurdo, miles de horas para una pieza de diez minutos. No hay correlación… la única correlación es la enorme alegría creativa.

Juan José Chuquisengo

Con la consigna de que “Beethoven es patrimonio de todos”, Chuquisengo ha dado cerca de 150 conciertos en los Andes, llegando incluso a lugares donde nunca antes se había visto un piano. Aquí, en Ocongate.

— Acabas de presentar en Arequipa, precisamente, tu obra “Guerrero andino”.
El contexto [de esa obra] es una experiencia muy fuerte que tuve en un proyecto social para tocar en comunidades del Altiplano donde nunca había habido un concierto, tomando lo que la Unesco proclama: que la música clásica es patrimonio de la humanidad. Y la humanidad no es solo París, Nueva York o Lima. Entonces pude vivir la majestad de los Andes, pero también la suerte de compatriotas que viven en parte en la pobreza, en parte en la miseria, y ver el trabajo de personas que se dedican a la mejora de las condiciones de esa población, de niños abandonados, de niñas violadas. Es una lucha de lo que yo llamo guerreros, del guerrero arquetípico, del que restablece el orden. Eso me conmovió y fue calando en una música.

— Recuerdo esta frase tuya: “Mi trayectoria es como el Perú, un poco caótica y desordenada”. Ese “poco”, aplicado a este país, es muy generoso. ¿Cómo sientes al Perú de hoy?
Por una parte, con alegría he visto cómo de un país ‘no future’ de fines de los 80, un prototipo casi de lo que es Venezuela ahora, se pasó a un crecimiento económico notable y al retorno de una autoestima como país. El problema es que, aparte de la tragedia y las víctimas humanas, otra de las víctimas de la crisis fue la cultura, como base del desarrollo espiritual de una sociedad. Ahora tenemos el carro último modelo, la cartera Chanel, Asia; se apunta simplemente a esa parte material. Es terrible. Lo que falta ahora es fomentar la cultura, y nuestra cultura es el niño andino que yo vi con un talento fabuloso para la música, pero sin ningún aliciente. El sector privado tiene una chance histórica de contribuir con su país. Y lo digo irónicamente: gastarse 500 dólares para ir a escuchar a un gran músico no aporta a la cultura del Perú. Poner cinco soles para apoyar el fomento de un talento es hacer patria. Al final de cuentas, en el Perú tenemos la posibilidad de dejar un gran jardín o una tierra baldía.

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