“Quiero mi MTV”: lee la columna de Josefina Barrón”

La escritor recuerda a MTV como una escuela de asombro: videoclips que no solo acompañaban la música, la reinventaban, y que nos enseñaron a mirar en medio del ruido de los 80 y 90.
Cuarenta años después de haber transformado la manera de escuchar —y mirar— la música, MTV cerró sus canales musicales el 31 de diciembre del 2025.

fue, en su origen, una corriente continua de videoclips: música e imagen, sin pausa. Uno encendía el televisor y entraba en un flujo donde cada canción traía consigo un universo visual propio, inesperado, muchas veces radicalmente distinto al anterior. Vivimos los años ochenta y noventa pegados a la pantalla, jóvenes y hambrientos de estímulos dentro de un país sumido en la miseria, el terrorismo, la hiperinflación, la incertidumbre. La pantalla de MTV, para muchos de nosotros, no era solo una ventana: era una puerta a otra dimensión.

Uno pasaba del estilo comic con que se narró ‘Lola’ de The Kinks a la elegancia de ‘Enjoy the Silence’ de Depeche Mode; de la teatralidad desafiante de Madonna en ‘Vogue’ o a esas imágenes mortecinas de ella en ‘Frozen’ cuando se desintegra convertida en cuervos que salen volando, a la celebración abierta de lo bizarro en ‘No More I Love You’s’ de Annie Lennox, con esa excentricidad deliberada que rompía cualquier idea convencional de belleza. Por supuesto, nunca olvidaré ‘Tonight, Tonight’ de Smashing Pumpkins… ¡qué locura de video! A Prince en ‘When Doves Cry’, sensual, críptico, absolutamente libre, redefiniendo el cuerpo, el deseo y la música pop, al atractivísimo Peter Schilling en ‘Major Tom’, entre mujeres en patines y astronautas ingrávidos y deseosos de volver a casa. Aparecían los ZZ Top, gordos, barbudos, simpáticos, regringos, con su ‘Legs’ e, inmediatamente después, Robert Palmer rodeado de mujeres esbeltas y achoradazas, en ‘Addicted to Love’. Carajo que impactaron.

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Nunca olvidaré cuando salió, un ocho de enero de 1990, yo recién llegaba a realizar estudios en Boston, el clip de Sinead O’Connor ‘Nothing Compares 2 U’. Era nada más y nada menos ella, ocupando toda la pantalla del televisor con su cabeza rapada y sus ojos de gata desolada mirando directo y sin pestañear a la cámara, expresándole su absoluta devoción a un hombre a la vez que preguntándole ¿dime, dónde me equivoqué? Se equivocó al romper la foto del Papa. Y pagó, pagó la factura.

Los videoclips no ilustraban la música: la interpretaban, de ella se nutrían para crear universos paralelos. Volar. Eran pequeños y enormes manifiestos estéticos, profundamente cinematográficos, a veces minimalistas, a veces excesivos, subidos de tono, irreverentes, muchas veces profundamente vinculados al videoarte. Así despertamos no solo a la música, sino a la concepción de la imagen. A la celebración de la fotografía, de la escenografía, del maquillaje, de la moda, de la iluminación, del guión, de la producción. De la sensualidad, de la metáfora, de la búsqueda de lenguajes propios. De todo ello junto y revuelto.

Eso fue lo verdaderamente formativo: no elegir, no anticipar, no controlar. Había control remoto, sí, pero no control sobre lo que venía. Eso era lo maravilloso: los clips se sucedían y nos educaban en la diferencia, en el contraste, en la extrañeza, en la libertad creativa.

Mucho después vendría el Unplugged, ese otro gesto poderoso donde la música se despojaba del artificio y se volvía cercanía absoluta: Kurt Cobain pegado al micrófono, guitarra en mano, desgarrándose en cada verso, a dos metros del público; Mariah Carey con esa su voz de un ángel del Gospel. Eddie Vedder en Pearl Jam soltando ese sonido tan varonil que le brota de las tripas. Ver a esos dioses —porque lo eran— ahí, a pocos metros del público, sin escenografía monumental ni sobreproducción, era una experiencia extraña y profundamente conmovedora. Ya no eran figuras inalcanzables: eran músicos respirando frente a nosotros.

En el Perú, MTV llegó sobre todo a través del cable y convivió con experiencias locales igualmente adictivas, como el programa de Gerardo Manuel, que reforzaba esa ceremonia de sentarse frente a la pantalla y dejarse llevar, sin saber qué vendría después. Cuando sonaban los primeros acordes, en los primeros años de los 80, de «Goodnight Tonight» en la voz de Paul Mc Cartney, sabíamos que Gerardo Manuel arrancaba y nos sentábamos a vivir esa experiencia. En casa éramos cinco hermanos y dos padres. Todos melómanos. Todos oyendo algo distinto. Cada uno se nutría de lo que el otro ponía en el vinilo, en el cassette, en el cd, en las cintas, pues mi madre las tenía. Fueron tiempos hermosos.

Todo eso me atravesó de manera directa. En el último año de universidad, sin saberlo del todo, empecé a devolver alguito de lo que MTV me había dado: produjimos, con un grupo de amigos de Literatura de la Católica, poema-clips. Musicalizamos nuestros propios poemas en los estudios de grabación de Radio Solarmonía. Esos poemas se filmaban, se editaban, se locutaban. No era un experimento aislado: era una consecuencia natural de haber crecido entendiendo que la palabra también podía ser imagen, que el verso podía respirarse visualmente.

Aquella frase —I want my MTV— tampoco nació como crítica: fue primero un eslogan, una consigna promocional repetida por músicos que empujaban al canal a existir. Dire Straits le dio luego la vuelta completa en ‘Money for Nothing’, con la voz de Sting, convirtiéndola en comentario irónico sobre la fama, el deseo y el nuevo poder de la imagen. Hoy esa frase resuena de otro modo: porque MTV, tal como lo conocimos —el de los videoclips, el de la música como experiencia visual continua— cierra definitivamente sus canales musicales. No es solo una señal que se apaga: es el final simbólico de una forma de descubrimiento, de aprendizaje y de asombro. Sí. sí, dirán que la imagen mató al músico, que salió tremenda cantidad de payasos que nada más tenían que hacer que mostrarse porque no sabían hacer o interpretar música. Pero para quienes crecimos con las primeras décadas de MTV, . Es íntima. Y duele harto. Harto.

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