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El último matón, por Santiago Roncagliolo

“Inauguramos el 2019 con el último matón escondido en el baño, asustado y tembloroso, porque ya no tiene amigos ahí afuera”.

Tazza

“Chávarry tuvo que dar marcha atrás cuando le bajaron el dedo Jorge del Castillo y Keiko”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Hoy es un gran día para conmemorar a la santa patrona de Pedro Chávarry: la fiscal de la nación Blanca Nélida Colán.

Por méritos profesionales, Blanca Nélida no estaba destinada a llegar demasiado lejos. Pero el golpe de Estado de Fujimori cambió su vida, como una aparición divina. Le otorgó una misión. A partir de 1992, si llegaba una denuncia por derechos humanos contra el gobierno, ella la archivaba diligentemente. Si se trataba de una acusación de corrupción, le asignaba a un fiscal confiable, no fuese a prosperar por error. Cuando un narco acusaba a Vladimiro Montesinos de haberle recibido sobornos, la fiel Blanca Nélida se indignaba. Hasta se presentaba en televisión, con ánimo pedagógico, para explicarnos a todos que denunciar al asesor podía resultar perjudicial “para la imagen del país”. Qué suerte que la teníamos a ella para cuidarnos, porque no sabíamos hacerlo solos.

Y es que el régimen de Fujimori era como un papá chapado a la antigua: creía que los ciudadanos habíamos malgastado nuestra libertad. Habíamos dedicado la democracia a emborracharnos, jugar tocatimbre en el vecindario y ver películas porno. Hacía falta recuperar la autoridad, poner un poco de disciplina en esta casa, y eso significaba eliminar los contrapesos del Poder Ejecutivo, esas incómodas trabas como la oposición, la prensa libre y un Poder Judicial independiente. El equivalente casero de esta actitud es pegarle a mami para que no defienda al niño irresponsable. Los papis que hacen eso se portan mucho peor que todos sus parientes juntos, pero ya nadie se atreve a alzarles la voz.

Con el regreso de la democracia, los peruanos fuimos recuperando la oposición y la prensa, pero nuestro sistema de justicia se quedó con un guardadito del pasado, un espacio VIP para políticos. Hinostroza y Chávarry formaban un equipo especializado en faenones, porque la gente no entiende lo ingrato que es el poder, hermanito, y todos los dolores de cabeza que cuesta gobernar a estos malnacidos. La batalla contra el uso arbitrario del poder no terminó. Solo se recluyó en los despachos judiciales.

Cerramos el 2017 con la última y penosa claudicación: PPK indultando a Fujimori para mendigar cinco minutitos más en el gobierno, solo un ratito, porfa, porfa, y eludir un proceso penal. Nuestro error había sido creer que un viejo político tomaría la iniciativa para enfrentarse a sus propias malas prácticas.

En el 2018, ha asumido el liderazgo quien debía hacerlo: la ciudadanía. Nadie esperaba la indignación social que despertaron los audios, y las manifestaciones por todo el país. Nadie sospechaba que periodistas y fiscales serían aclamados por las calles mientras la popularidad de los políticos se derrumbaba. Y definitivamente, nadie esperaba que Vizcarra –en el país donde todos los presidentes están presos, prófugos o investigados– asumiese ese mandato y arriesgase el sillón –¡el poder!– para dar cumplimiento a un clamor ciudadano.

Chávarry tuvo que dar marcha atrás cuando le bajaron el dedo Jorge del Castillo y Keiko. Y ellos bajaron el dedo cuando comprendieron que la presión de la calle les haría más daño que los juicios que pretendían evitar. Ya ni siquiera quedaba un lugar para escapar. En la Embajada de Uruguay, Alan descubrió que el mundo en que él creía había dejado de existir.

Podemos estar orgullosos. En tiempos de Blanca Nélida, los peruanos nos movíamos con precaución por un patio lleno de matones. Veinte años después, inauguramos el 2019 con el último matón escondido en el baño, asustado y tembloroso, porque ya no tiene amigos ahí afuera.

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