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La otra, la misma, por Mario Ghibellini

Haber sido destinadas en distintos momentos al mismo ambiente penitenciario no es la única coincidencia entre Keiko Fujimori y Nadine Heredia.

Mario Ghibellini 10 de noviembre

“Si la señora Fujimori se parase de improviso frente a un espejo y este le devolviese, como correspondería, la imagen de Nadine, el horror haría también inmediatamente presa de ella”. (Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

Por lo general, las anécdotas de la política nacional irritan; pero a veces, turban. Turban como lo hace una buena historia fantástica que nos obliga a preguntarnos si, a lo mejor, las cosas que ocurren en la vida cotidiana no responden a la lógica que sustenta nuestra noción de realidad. Eso, por ejemplo, es lo que sucede con el hecho de que, para cumplir con la prisión preventiva que le ha dictado el juez Concepción Carhuancho, Keiko Fujimori haya sido destinada al ambiente del penal anexo de mujeres de Chorrillos que, meses atrás, ocupó su archirrival Nadine Heredia, y por razones muy parecidas.

La ironía es evidente, pero cualquier persona sensata tendría que pensar que es una mera casualidad y descartar rápidamente la posibilidad de que exista tras ella una ley desconocida del universo… Salvo que se ponga a revisar otros detalles de la biografías de estas dos antagónicas figuras de la política local y descubra de pronto que esta no es la primera coincidencia entre ellas y que, por lo tanto, la hipótesis de que participan de una extraña identidad compartida puede no ser tan descabellada como parece.

–Paila conmigo–

La primera coincidencia, por supuesto, es el día en que nacieron. Con un año de diferencia, las dos vinieron al mundo un 25 de mayo (Keiko, en 1975; Nadine, en 1976), lo que debería haber tenido ocupados desde hace tiempo a astrólogos, augures y profetas de calamidades varias. Pero hay más.

En una anterior ocasión, abordamos en esta pequeña columna este mismo asunto y elaboramos un paralelo entre ellas que ahora queremos recordar. Las dos señoras, señalamos en aquella oportunidad, llevan nombres que resultan exóticos en un país de raíces andinas e hispánicas como el nuestro (un poco a la manera de Magaly y Gisela, dos divas que solían disputarse esa otra manifestación electoral que es el ráting). Las dos, también, están emparentadas con golpistas –Antauro y Alberto– cuyos atentados contra el Estado de derecho están en el origen del proyecto político que cada una de ellas encabeza. Las dos, por otro lado, tuvieron una primera degustación del poder cuando les tocó ser primeras damas del gobierno de un allegado y a las dos, aparentemente, la experiencia les abrió el apetito por el menú completo. Las dos, no lo olvidemos tampoco, representan a movimientos que adquirieron poder por la vía del rechazo al ‘establishment’ político, pero que, una vez con ese poder en las manos, lo administraron con las mismas mañas que los matreros de siempre.

Las dos, por último, estuvieron a la cabeza de campañas que, según parece, fueron financiadas por los pitufos… Y a las dos esa circunstancia las llevó a una misma celda, estrecha y con una cama de cemento por toda oferta de confort. Nadine la abandonó tras varios meses de encierro y no es improbable que Keiko corra igual suerte en un tiempo más corto. Pero mientras tanto, la inquietante sensación de que está repitiendo el destino de la otra –es decir de esa negación de ella que estuvo antes ahí, comiendo de la misma paila y cubriéndose acaso del frío con la misma frazada de tigre– ha de tenerla abrumada y despertarla con sobresaltos a la mitad de la noche.

En una bien templada crónica publicada días atrás en el diario “Trome”, el colega Miguel Ramírez ha contado que cuando la señora Heredia fue recién recluida en ese ambiente, las mayólicas del piso y la pared de la ducha “eran un asco”. Y que, día tras día, ella se dedicó a rascar el sarro con un cepillo de dientes y ácido muriático, hasta que logró desaparecerlo.

Colocó también, refiere Ramírez, micas en la puerta de barrotes para prestarle cierta privacidad a la celda. Imposible evitar la impresión de que, sin saberlo, estaba trabajando para la futura comodidad de su recóndita gemela. Imposible evitar preguntarse, también, si no le habrá dejado por ahí un grafiti de bienvenida.

–Twisted sister–

Como sugeríamos al principio, el tópico del doble o el sosias –nombre técnico del tema sobre el que estamos especulando– ha nutrido permanentemente la literatura fantástica. De Edgar Allan Poe a Robert Louis Stevenson y de E.T.A. Hoffmann a Jorge Luis Borges, los maestros del género lo han visitado para plantear sus particulares obsesiones.

Anuncio de la muerte o manifestación física de una profunda escisión moral, sin embargo, la visión de esa sombra con la que se comparten rasgos que se preferiría ignorar es siempre en las ficciones un trance ingrato para quien lo experimenta. Y en nuestro país, donde las más afiebradas fabulaciones tienden a materializarse, si la señora Fujimori se parase de improviso frente a un espejo y este le devolviese, como correspondería, la imagen de Nadine (o si la señora Heredia hiciese lo propio con el resultado inverso), el horror haría también inmediatamente presa de ellas.

Pero no tanto por el ingrediente sobrenatural de la experiencia, como por la brusca comprensión a la que se verían expuestas de que, en el fondo y a pesar de pretenderse tan distintas como el agua y el aceite, comparten características esenciales.

La sensación que queda, entonces, es la de que quizás la ironía de la que hablábamos antes no es producto de la casualidad, sino que tenía un oscuro propósito aleccionador, dictado por leyes del universo que no conocemos.

Por eso es que toda esta anécdota resulta turbadora. Aunque, a decir verdad, un poco también irrita.

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