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Las redes sociales llevan años perfeccionando nuevas formas de estupidez colectiva. Convierten gestos absurdos en pruebas de pertenencia. Pasamos por el Harlem Shake, vimos a gente arrojarse baldes de agua helada sobre la cabeza y sobrevivimos a los therians. Ahora toca farmear aura, una expresión que nadie entiende, pero todos repiten y que sirve para medir, de forma simbólica nuestro carisma frente a los demás. Sería fácil concluir que los jóvenes tienen licencia para ser idiotas, pero no es cierto y no es justo. Además, no son solo ellos. Caen todos: marcas, medios, políticos y adultos. Corren detrás de la tendencia hasta que lo que empezó como diversión termina convertido casi en una obligación. El miedo a quedarse fuera es uno de los combustibles más potentes de las redes. Por eso las modas duran poco y se reemplazan con una velocidad brutal: necesitan caducar para que aparezca la siguiente oportunidad de pertenecer.
El problema es que no todos los jueguitos son inocentes. Ya hemos visto retos virales que implican asfixiarse, saltar desde alturas o realizar pruebas físicas capaces de terminar en una sala de emergencia. El algoritmo no tiene sentido común; tiene métricas. Y cuando conseguir reproducciones se convierte en recompensa, siempre habrá alguien dispuesto a subir un poco más la apuesta. Yo les recomiendo estar atentos al mundo de las redes y conversar con sus hijos sobre lo que están viendo en la pantalla del celular. No para prohibir cada nueva tendencia, sino para ayudarlos a desarrollar algo que ningún algoritmo puede proporcionarles: criterio. Tal vez la forma definitiva de farmear aura consista simplemente en ver pasar una tendencia, resistir la necesidad de participar y descubrir que no ocurre absolutamente nada si uno no cae en el jueguito. En un mundo obsesionado por copiar lo que otros hacen, pocas cosas dan más “aura” que ser uno mismo y pensar por cuenta propia.











