Todo se transforma

“Sucede que los seres humanos tendemos a refugiarnos en territorios conocidos, en espacios mentales que nos generen confianza y seguridad”. Lee la columna de Lorena Salmón.
Si sientes que la rutina te pesa, quizás se momento de dar un paso al lado o adelante. (Ilustración: Kelly Villarreal)

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Me he reinventado muchas veces. De periodista que nunca sabía sobre qué escribir a conductora de programa de moda, de fas­hion blogger a profesora de yoga, de adulta joven que hace lo que quiere sin pensar en nadie ni nada, a madre, esposa, ama de casa.

Muchos de los cambios llegaron de improviso, obliga­dos por la coyuntura. Nunca he sido de planear ni organi­zar mi vida que digamos. Mu­chos de ellos fueron recibidos a regañadientes, con miedo y sin idea alguna de cómo proseguir. Otros fueron abra­zados, esperados, recibidos con aceptación y emoción. Y es que la vida en su comple­jidad encuentra siempre el equilibrio.

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Si han llegado hasta aquí, pueden darse cuenta de que estas mismas páginas lucen hoy diferentes. La revista ha crecido y esta nueva versión responde a una necesidad de aires nuevos porque lo que no se mueve, se estan­ca. Piensen por un momento en agua estancada, que ter­mina convirtiéndose en un ambiente tóxico y no seguro.

Me encanta usar el ele­mento agua como metáfora de adaptación a la vida, por­que representa la fluidez. Ya lo explicó con una sabiduría envidiable el genio del do­minio personal, Bruce Lee: “Vacía tu mente. Sé amorfo, sin límites, como el agua. Si pones agua en un vaso, ella se transforma en vaso; si la pones en una botella, se transforma en botella; si la colocas en una taza, se transforma en taza. Sé como el agua, mi amigo”.

Sucede que los seres hu­manos tendemos a refugiar­nos en territorios conocidos, en espacios mentales que nos generen confianza y se­guridad. Nadie quiere salir a enfrentarse a lo nuevo sin armaduras ni protecciones y sin tener idea qué viene. De ahí que nos cueste tan­to cambiar o movernos de nuestro espacio o rutina de comodidad.

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Sucede también que la vida es evolución, avance, y que sin cambios, y sin in­tentos, nos quedaríamos en el lugar de siempre. Cuidado con creer que estabilidad es sinónimo de felicidad. No siempre.

Por eso, si sientes que la rutina te pesa o te arrepien­tes de no haber hecho lo que siempre quisiste hacer, quizás es el momento de dar un paso al lado o ade­lante. De preguntarte si no es hora de un cambio. De escuchar lo que dice aden­tro tu corazón (no miento ni exagero: está compro­bado que el corazón como órgano tiene el campo elec­tromagnético más grande, aun mayor que el del ce­rebro, y que su vibración, alta o baja, armoniosa o agitada, tiene injerencia en el resto de los órganos del cuerpo).

Uno siempre puede cam­biar: puede hacerlo drásti­camente, como el clima de diciembre; o de a pocos, ajustando pequeños deta­lles. Como, por ejemplo, po­ner en práctica la disciplina con la que soñamos y que, por falta de tiempo, ganas o demasiadas excusas inven­tadas, dejamos de lado.

No reprimamos esos im­pulsos intuitivos, persona­les, que un día nos gritan al oído: oye y ¿por qué no te pones a ……. ( rellene usted de acuerdo con sus propias necesidades)?

Algunos adoptamos mascotas; otros adoptan proyectos de vida. Unos se mandan sin miedo al éxito y completamente seguros, y otros simplemente hacen con dudas.

Para mí, lo importante es hacer, y esta es una lección aprendida de mi marido: hacer. Romper con la inercia de la quietud, poner en movimiento.

Dicen por ahí que uno no tiene que estar necesaria­mente motivado para hacer las cosas, que la motivación se despierta y encuentra en el camino de la acción. Así que manos a la obra. Ni siquiera hay que esperar a tener las ganas.

Dice también Jorge Drexler en su canción: nada se pierde, todo se transforma.

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