BoJack Horseman: por qué nos identificamos tanto con el hombre caballo

Luego de seis años, la ficción creada por Raphael Bob-Waksberg llegó a su final con la segunda parte de su sexta temporada donde muestra, una vez más, que BoJack Horseman puede ser tan cruda como la vida misma.

Han tenido que pasar varias semanas, por no decir casi un mes, para poder asimilar y encontrar las palabras idóneas que puedan describir (o englobar) el final de una serie animada que ha resultado ser tan cruda como la vida misma. Quién iba a imaginar que , una ficción protagonizada por un hombre-caballo de 50 años y que existe en un universo alterno a Hollywood (Hollywoo), fuera a calar tanto en una audiencia que, cómo no, la ha catalogado como una de las mejores creaciones televisivas de la década.

El viaje inició allá por el 2014, cuando Netflix nos presentó a BoJack Horseman: un actor que alcanzó la fama en los 90 por una telecomedia (Horsing Around) y, como toda serie famosa que cierra el ciclo, su estrella fue víctima del olvido. A ello sumarle su personalidad destructiva, egoísta, que influye en sus “amistades". Aunque también sería mezquino no reconocer la lucha constante de nuestro protagonista para intentar ser una mejor versión de la que fue su familia, de quienes lo rodean y, claro, de sí mismo. A lo largo de cinco temporadas, hemos conocido su pasado, sus demonios, sus anhelos, sus logros y sus fracasos.

La sexta -y última- temporada; sin embargo, arranca con BoJack en rehabilitación. Un inicio, pues, bastante esperanzador para alguien que desde un inicio ha intentado redimirse. A quien le ha costado pedir y aceptar ayuda (profesional). Y, sobre todo, en reconocer sus errores. Aunque, claro, no basta con tener buenas intenciones: si en el pasado nuestras acciones (conscientes o no) han ocasionado daño a alguien, hay que afrontar las consecuencias. En cualquier momento llega el comúnmente llamado karma. Bajo esa premisa arranca la segunda parte de esta entrega. Cuando parece que BoJack, por fin, va a tener la vida que siempre ha buscado (y merece tener), su pasado lo acecha para pasar factura.

FRACASAR ESTÁ BIEN

La brillante narrativa propuesta por Raphael Bob-Waksberg hace que empaticemos y nos identifiquemos con sus personajes, en especial con BoJack y Diane. El mundo avanza aceleradamente para uno y bastante lerdo para el otro. Como una especie de fórmula en la que los opuestos se atraen (al menos durante cinco temporadas), lo cierto es que ambos -a su manera- han abrazado el fracaso, entendiendo que necesitan de este para un aprendizaje.

Pero, ¿qué ocurre cuando una estrella se equivoca? ¿Es válido encubrir sus errores? ¿Asumir su error -y en público- influye en algo? ¿Qué papel juega la opinión pública? ¿Hay que anteponer nuestra ética y moral solo por hecho de apoyar a alguien cercano? Estas interrogantes son respondidas -con ese sarcasmo y crítica social que caracteriza a la serie- a lo largo de sus ocho capítulos, donde también vemos el rumbo que ha tomado cada personaje.

Si hay algo que amerita (por sobre todas las escenas) una mención es el final. Es cierto que ha dividido a la crítica y a los seguidores de la serie, pero es aquí donde hago hincapié en el realismo de la misma. En la vida nos topamos con personas que nos acompañarán en las buenas y en las malas (a quienes, por qué no, llamamos amigos). Sin embargo, también están los que aparecen en nuestro camino para darnos lecciones -de buena o mala manera- y una vez cumplida su misión, proceden a retirarse. Siendo esta última circunstancia la que grafica, según considero, la escena final. Estuvo bien que la serie deje cabos sueltos. Es un claro reflejo que el final llega, verdaderamente, con la muerte. Mientras tanto, lo único que cerramos son capítulos.//

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