"El Congreso tiene la oportunidad de revertir su desprestigio aprobando la bicameralidad y otras reformas fundamentales"
La última encuesta nacional de El Comercio elaborada por Apoyo señala que solo el 4% está satisfecho con la gestión de los congresistas, lo cual es muy peligroso para la estabilidad política y la gobernabilidad. Contribuyen a ello no solo la serie de escándalos por delictivos nombramientos de asesores, sino también la falta de compromiso de los legisladores para lograr los consensos necesarios y aprobar las leyes trascendentales que demanda el país.
Claro que no se puede generalizar, pues hay parlamentarios que cumplen esforzadamente su labor, pero muchas veces se estrellan contra la pared de la indiferencia, la falta de visión y peor aún, los apetitos y componendas partidarias.
Es lo que, en cierta manera, sucede con las reformas constitucionales pendientes, que finalmente han entrado a la agenda parlamentaria, pero aún de manera incompleta y pausada. En tal coyuntura, debemos advertir a los líderes de las bancadas que pueden estar perdiendo una magnífica oportunidad no solo de modificar la estructura del Estado y reforzar la práctica democrática, sino también de reconciliarse con la ciudadanía.
En el caso de la bicameralidad, se trata de una reforma crucial para restaurar el Senado, lo cual no es ningún capricho sino una manera de reconectarse con la tradición parlamentaria occidental, como hacen muchos países. El debate es pues muy oportuno para contar nuevamente con una Cámara reflexiva, que medite y pondere los proyectos de la cámara más política de Diputados.
Así, no solo se ganará en la calidad legislativa, sino que se evitará poner al Ejecutivo en la incómoda situación de tener que observar cuantiosas leyes que pasaron más por presión populista que por responder al interés nacional. Tales fueron las conclusiones de la Mesa Redonda que convocamos la semana pasada en El Comercio con la participación de reconocidos juristas y políticos.
Otro argumento más pragmático apunta a hacer entender a la opinión pública y los ciudadanos de a pie que un Congreso bicameral es mucho menos costoso que el unicameral, instaurado interesadamente por la autocracia fujimorista.
Pero, si los congresistas quieren ser consecuentes con el mandato constitucional y con las preocupaciones de sus electores --que exigen un sistema político más moderno, eficaz y democrático--, pues tienen que avenirse a aprobar otros cambios fundamentales junto con la bicameralidad: la eliminación del voto preferencial, las elecciones internas en los partidos y la renovación por tercios o por mitades del Congreso.
Los dos primeros aspectos están íntimamente vinculados a la necesidad de reforzar los partidos políticos, que deben ser la base de la participación ciudadana, para lo cual tienen que promover la democracia interna en sí mismos. Es con esa dinámica interna, fiscalizada por los organismos electorales, que los partidos podrán seleccionar a sus mejores cuadros para confeccionar las listas congresales, fuera de cualquier manipulación de caudillos o financistas políticos.
Adicionalmente, con la renovación por tercios o mitades podrán demostrar su disposición al cambio y desechar la negativa percepción generalizada de que la clase política solo quiere atornillarse a sus privilegios, en este caso a sus curules y su inmunidad. El voto facultativo es otra reforma pendiente y complementaria, que afirma el valor de la libertad y de la responsabilidad de cada ciudadano con los gobiernos que eligen.
El Congreso no puede seguir de tumbo en tumbo. En los pocos días que restan para finalizar esta legislatura los parlamentarios y sus bancadas tienen que reflexionar profundamente sobre la razón de ser de este Poder del Estado, que atraviesa un momento crítico pero tiene ante sí una excelente oportunidad de revertir su desprestigio. Las reformas tienen pues que abordarse con objetividad, mirando el interés nacional y dejando de lado cualquier toma y daca o negociaciones bajo la mesa, lo que sería indignante y hasta suicida.