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Conoce la historia del general Juan Buendía, y su polémica participación durante la guerra del Pacífico

El General en Jefe del Ejército del Sur fue acusado de ser el responsable de los reveses de nuestras tropas durante la batalla de San Francisco en la campaña de Tarapacá.
El general Juan Buendía Noriega (1816-1895) fue un buen militar, aristócrata refinado, culto, de prodigiosa memoria y arrogante figura, pero su actuación en los inicios de la Guerra del Pacífico ha sido severamente cuestionada. Foto: Colección Biblioteca Nacional del Perú./ Biblioteca Nacional del Perú

Héctor López Martínez

30/1/2022 16H48 - ACTUALIZADO A 30/1/2022 16H48

En las guerras suelen haber figuras polémicas en torno a cuya actuación se libran encendidos debates. Tal es el caso del general Juan Buendía Noriega (1816-1895), limeño, hijo de don Antonio Buendía y Santa Cruz, marqués de Castellón, y de doña Juana Noriega. Inició su carrera militar como cadete en 1834 y ganó merecida y rápidamente sus ascensos al servicio de los generales Orbegoso, Salaverry, Gamarra, Castilla, Pezet y Pedro Diez Canseco. Coronel en 1850 y general de brigada en 1858, fue asesor castrense de su amigo personal el Presidente de la República Manuel Pardo recibiendo de sus manos los despachos de general de división.

Según refieren sus biógrafos Juan Buendía fue, además de buen militar, aristócrata refinado, culto, de prodigiosa memoria y arrogante figura. Apoyó los regímenes sustentados en la legalidad. Sería también prefecto de Lima, Cuzco, Arequipa, Tacna y Lambayeque. Fue diputado por Moquegua y ministro en las carteras de Guerra y Gobierno en diversas oportunidades. Por su alta jerarquía militar, experiencia política y probado patriotismo Mariano Ignacio Prado lo nombró General en Jefe del Ejército del Sur al estallar la guerra con Chile.

El primer gran revés

Nuestro primer revés fue la pérdida de Pisagua el 2 de noviembre de 1879. Los chilenos tenían superioridad en número de hombres, armamento y apoyo naval. Un pequeño contingente peruano-boliviano luchó con denuedo para detenerlos y luego del infortunio se retiró al sur, a pie, cometiendo el tremendo error de no destruir el material ferroviario que el enemigo utilizó para internarse rápidamente hasta Dolores, cuyo cerro artillaron para luego desplegar un ejército de nueve mil soldados. Mientras tanto, tropas peruanas salieron de Iquique y bolivianas de Tacna con el propósito de tomar Dolores entre dos fuegos.

Pisagua: Los héroes que pelearon diez contra uno

Roque Sáenz Peña relata la marcha dantesca de nuestro ejército a través del desierto. Los troperos que iban a retaguardia con yeguas portadoras de alimentos, agua y forraje desertaron o se perdieron. Pese a ello no quedó más remedio que seguir avanzando. Al clarear el 19 de noviembre los peruanos, sedientos y exhaustos, estaban repentinamente frente al cerro de Dolores o San Francisco. Los chilenos no se movieron dando tiempo que se encontrara agua. En esas circunstancias se difundió la noticia que el presidente de Bolivia, Hilarión Daza había contramarchado en Camarones “abrumado por el desierto”. Sáenz Peña anotó en su diario: “La moral de nuestro ejército está vencida sin batalla”. La fuerza boliviana que esperaba a Daza desertó mayoritariamente. El periodista uruguayo Benito Neto, el único corresponsal de guerra en esa campaña, escribió para “La Patria” de Lima: “El ejército boliviano se resentía de irregularidad e indisciplina y preponderaban en él las complacencias del caudillaje”. Añade: “En cuanto al ejército peruano, adolecía de un gravísimo mal: anarquía entre los jefes superiores, fruto de aquel pésimo sistema que observaba el general Prado, de complacer a todos y de expedir al uno y al otro instrucciones y órdenes contradictorias; solo la tropa manteníase sumisa y resignada”. La derrota de San Francisco, muchas veces narrada, fue un desastre total. ¿Quién era el culpable del descalabro?

La Batalla de Dolores se desarrolló durante la campaña de Tarapacá y significó un revés para las tropas aliadas peruanas y bolivianas, dirigidas por Juan Buendía. Foto en "La lira chilena", 1904. Wikipedia.

Las críticas

Modesto Molina, fogoso periodista tacneño comenzó a publicar en Arica, en el Boletín de la Guerra, las demoledoras “Hojas de proceso”, que más tarde reunió en un folleto. Allí denostó rudamente a Buendía y dijo “que no era el militar que la guerra exigía ni era tampoco el hombre que la honra nacional necesitaba”. Incluso llegó a insinuar que Buendía debió suicidarse después de San Francisco. No fue el único. Sobre el General en Jefe llovieron insultos de todo jaez. El historiador Mariano Felipe Paz Soldán dijo algo inobjetable: “El Director de la Guerra, Mariano I. Prado, no se constituyó en el centro del ejército para que los jefes y soldados oyeran su voz, y no la del telégrafo; y si el estado de su salud o cualquiera otra causa personal le impedía tomar este partido necesario, debió dejar el puesto a otro que reuniera las condiciones físicas y morales que las circunstancias requerían”.

La victoria de Tarapacá lograda por nuestra infantería al mando del coronel Andrés A. Cáceres sobre fuerzas superiores chilenas de las tres armas fue un prodigio de valor, sacrificio y heroísmo por las circunstancias en las que se encontraba el ejército nacional. Neto recuerda que ese día el general Buendía, cuyo espíritu estaba quebrado, se colocó en lugares de mucho peligro con el evidente propósito de buscar la muerte. La retirada del ejército hacia Arica fue penosísima. Otra vez hambre, sed, frío. Cuando finalmente arribaron al puerto, el contralmirante Lizardo Montero, por orden expresa de Prado, arrebató al general Buendía y al coronel Belisario Suarez, jefe de Estado Mayor, sus respectivas espadas y los redujo a prisión. Un tribunal militar los acusó, junto a otros jefes y oficiales, de responsables de la derrota de San Francisco.

Proceso inconcluso

Buendía quería ser juzgado “no solo movido por el interés de vindicar mi conducta como General en Jefe del Ejército del Sur, sino también por salvar el honor de nuestras armas”. El proceso no concluyó por los avatares de la guerra y el expediente se extravió. Ya en Lima Buendía volvió a pedir que se le juzgara y se formó un Consejo de Guerra verbal, presidido por el general Ramón Vargas Machuca, pero el inminente ataque chileno a la capital frustró nuevamente el juicio. En la batalla de Miraflores, Buendía fue jefe del Estado Mayor. Finalmente, el Congreso de 1891 mandó cortar los juicios seguidos a causa de la guerra con Chile. Aquietadas las pasiones, el general Buendía recobró el respeto y la consideración que antaño había disfrutado en los más altos círculos civiles y militares. Falleció en Lima el 27 de mayo de 1895.

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