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Reggae: El lado B

Pueden partir de la misma raíz musical, pero el reggae y el reguetón han seguido caminos distintos. Uno es patrimonio cultural de la humanidad; al otro lo catalogan como vulgar.

Bob Marley

La figura de Bob Marley permitió la expansión por el mundo de un género que más allá de lo musical se asocia con la espiritualidad de los rastafaris.

“La música que publicaban Bob Marley y otros pioneros contenía esa especie de condimento musical que hace que una vez que la escuchas se apodere de todo tu cuerpo y de toda tu mente. La música reggae es como la gravedad, como un imán. Se empeña en aferrarse a ti”, dijo alguna vez Burning Spear, considerado como una de las voces más grandes del reggae en Jamaica. Hoy, en 2019, muchos podemos identificar varias canciones de este género como parte de la cultura popular —“Get up, stand up”, “Red, red wine”, “Party”, entre las más sonadas en nuestras radios—, además de éxitos que dieron pie a lo que hoy conocemos como reguetón: “Caramelo” de El General o “Bomba para afincar”, de Vico C, por ejemplo, en los que tal vez nuestros oídos hallaron una raíz común que, sin embargo, no era suficiente para asociarlos, aunque sonaran en la misma fiesta. Y es que Jimmy Cliff no es Nando Boom. Después de todo, ¿en qué pensamos cuando oímos hablar de reggae? Quizás en un atardecer al borde del mar, en el calor caribeño, en las trenzas rasta o en la imagen de Bob Marley cantando “Could you be loved”. Todas, probablemente, muy distintas a las que imaginamos cuando suena la palabra reguetón, aunque compartan prefijo. Además, sus realidades son hoy diferentes: mientras los fanáticos de Wisines, Donomares y Yandeles han sufrido un revés en Cuba, tras censurarse las canciones de contenido abiertamente grotesco y ofensivo para la mujer, la expresión musical que hicieron grandes a artistas como Marley, Peter Tosh o los Skatalites recibió, a fines del año pasado, un galardón para su historia: la Unesco declaró al reggae como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

—Líbrame de Babilonia—
Así como es innegable que el reggae se ha perennizado en la memoria de millones, también sabemos que otros millones parecen arder sobre las pistas de baile, incendiados con las llamas del reguetón —o sus afines, como el trap—, quizás como le sucedió a los primeros jamaiquinos que bailaron al ritmo del ska o el rocksteady hace casi 50 años.

“El reguetón es una versión en español del dancehall reggae, distinguido por tener la sencilla y única tarea de divertir en las fiestas. En Jamaica nunca se le exigió textos distintos a ello”, nos dice Pochi Marambio, líder de Tierra Sur. “El dancehall ha tenido giros hacia lo vulgar y ha pasado por varios cambios de nombre”, añade. Por su parte, Ysabel Omega, la mayor intérprete femenina de reggae en nuestro país, sostiene que el reggae y el reguetón parten de una misma raíz musical. “El reggae tiene como bases musicales ritmos caribeños y afroamericanos que luego también forman parte, en Estados Unidos, de la evolución del hip hop. Entonces, el reguetón parte del ragamuffin y el dancehall jamaiquinos, ambos subgéneros de reggae”. Cuenta la artista que el reguetón se inicia en español entre Panamá y Puerto Rico.

—Verde, amarillo y rojo—
Es importante recordar que, en Jamaica, la historia de la música moderna comienza a principios de los cincuenta en los barrios más pobres de Kingston, su capital, con el surgimiento del sound system. Estas discotecas callejeras, implementadas con un sistema itinerante de parlantes, han hecho bailar a los jamaiquinos desde entonces. Primero con el rhythm & blues de Fats Domino; luego, con el ska, el rocksteady y los DJ que incluían sonidos, efectos y su propio cantar, casi hablado, sobre las pistas musicales que aparecían en los lados B de algunos 45.

La propia independencia de Jamaica —en agosto de 1962— y la grave situación social de esos años harían que muchos artistas entendieran la importancia de no cantar solo sobre baile o amor, sino también sobre los problemas de las calles y del pueblo. Eso, sumado al innegable olfato mercantil de disqueras como Trojan Records, Studio One o Island Records, permitió el auge y nacimiento del reggae. “Lo que sustancialmente diferencia al reggae del reguetón —precisa Ysabel Omega— es que el reggae busca ir más allá de lo musical, con mensajes de espiritualidad, unidad y hermandad. Esos, creo, son los grandes motivos por los que ha sido declarado patrimonio cultural de la humanidad”. Sin mencionar, claro, que para hacer reguetón basta una pista de sonido, pero para el reggae se necesitan músicos de verdad.

La polémica sigue viva. Mientras reguetoneros como Jiggy Drama son capaces de hacer apología de la violencia y del machismo en sus canciones, otros como Shabba Ranks, Elephant Man o Buju Banton cantan letras homófobicas e incluso incitan a la persecusión de personas LGBTI. A pesar de esto, increíblemente, no pierden seguidores. Banton, por ejemplo, acaba de salir de la cárcel, después de 9 años, y se presentará en el Estadio Nacional de Kingston, con un lleno total, ante 40 mil personas.

Eso sí: ni el reguetón ni el dancehall representan al rastafarismo, la doctrina que seguía Bob Marley, aunque algunos usen dreadlocks, como él. “La música reggae es la reina de las músicas —dijo Bob—. La gente sigue buscando la verdad, que es lo que la música reggae puede ofrecer y tan solo sirve para un propósito: hablar a la gente de rastafarismo”.

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