El paisaje como instrumento científico

“Ya no bastaba con tener buenos científicos, hacían falta lugares, instrumentos e instituciones capaces de sostenerlos en el tiempo”.
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Hay lugares del Perú que solemos ver como paisaje, como recurso natural o, a veces, como amenaza. El cañón del Colca entra casi siempre en la primera categoría. Es una postal turística de Arequipa y una formación geológica que impone respeto por su tamaño.

Pero para un grupo de físicos, el Colca puede ser una cosa impensada; un gigantesco detector de partículas subatómicas.

TAMBO

El proyecto TAMBO, liderado por el físico peruano Carlos Argüelles de la Universidad de Harvard, plantea instalar allí un observatorio para detectar neutrinos de altísima energía. Estas son partículas que atraviesan la materia casi sin dejar rastro y que llegan a la Tierra desde algunos de los fenómenos más violentos del universo.

El diseño aprovecha la propia geografía del cañón como parte del instrumento. Cuando un neutrino choca con la roca de una ladera, puede generar una partícula que sale disparada hacia el valle y produce una cascada que los sensores instalados en la ladera opuesta logran captar. La montaña funciona como blanco y el cañón entero, como detector.

Es un enfoque poco habitual porque invierte el orden en que solemos pensar la infraestructura científica. Normalmente esta se construye. Pero en este caso, ya estaba ahí, esperando que alguien la mirara con los ojos correctos.

TAMBO tampoco se limita a la física. Desde el diseño incorpora a un equipo de economistas y físicos de la Universidad del Pacífico que estudia el impacto económico y social del proyecto en la zona, tomando como referencia al Observatorio Pierre Auger en Argentina, donde una instalación parecida terminó generando empleo y turismo a su alrededor.

Otros experimentos

El Perú tiene más de un antecedente en esta línea. El Radio Observatorio de Jicamarca existe porque el país ocupa una posición privilegiada respecto al ecuador magnético. Se construyó entre 1960 y 1962 y sigue siendo, seis décadas después, una de las instalaciones más importantes del mundo para estudiar la ionosfera ecuatorial, con un radar de más de 18 mil dipolos repartidos en unos 85 mil metros cuadrados.

No siempre sale así de bien. Hace poco, investigadores peruanos participaron en la evaluación de posibles sedes para el observatorio Southern Wide-field Gamma-ray, un proyecto internacional para detectar rayos gamma de muy alta energía.

Durante la evaluación se estudiaron sitios en Imata, Arequipa, y en la laguna Sibinacocha, Cusco, incluyendo la posibilidad de usar una laguna altoandina como parte del sistema de detección. Tras más de tres años comparando ubicaciones en Argentina, Chile y Perú, el proyecto terminó instalándose en Pampa La Bola, Chile. Imata quedó como “sitio alternativo”.

Esa palabra, alternativo, dice más que cualquier lamento sobre la oportunidad perdida. Tener el paisaje adecuado no alcanza si no hay detrás una institución dispuesta a sostener el proyecto durante años.

La geografía como herramienta

Hay otra manera, más silenciosa, en la que la geografía peruana está entrando en la ciencia. Este año la NASA sobrevoló la Amazonía y los glaciares peruanos para validar NISAR, una misión desarrollada junto con la agencia espacial india.

Los datos recogidos sobre Pacaya Samiria y el Parque Nacional Huascarán sirven para comparar mediciones aéreas de radar con las del satélite y mejorar cómo se estudian las inundaciones, los bosques y el retroceso glaciar.

En paralelo, un proyecto peruano llamado AndesDataCube usa inteligencia artificial para procesar más de 50 mil imágenes satelitales y reconstruir medio siglo de cambios en los ecosistemas andinos, entre 1972 y 2022. Participan universidades peruanas, el INAIGEM, el Centro de Competencias del Agua y la Universidad de Salzburgo.

Instituciones

El historiador de la ciencia Derek de Solla Price escribió hace décadas, en Little Science, Big Science, que la ciencia moderna dependía cada vez más de infraestructura, equipos grandes y comunidades enteras de investigadores. Ya no bastaba con tener buenos científicos, hacían falta lugares, instrumentos e instituciones capaces de sostenerlos en el tiempo.

El Colca podría terminar convertido en parte de un observatorio internacional de neutrinos y Jicamarca lleva más de sesenta años siéndolo. Pero Imata se quedó a un paso.

La diferencia entre esos tres casos no está tanto en la geografía, porque los tres sitios la tenían, sino en si alguien, durante suficiente tiempo, decidió invertir en sostenerla.

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