La política también son gestos, pero se trata de gestos que impulsen una gestión, una negociación, una decisión. No queremos gestos que nos devuelvan a los peores días de la política peruana, como los que hemos visto en los últimos días.
Miembros de la Cámara de Diputados pidieron a los senadores un “gesto” que les dé la tranquilidad de que su dictamen no será “desnaturalizado”, un término que ahora nadie sabe qué significa y al que todos temen.
El diseño que el Congreso anterior hizo de esta bicameralidad es muy malo y, quiéranlo o no, se vuelve hoy contra quienes hicieron ese trabajo. Pero lo que no cambia, cualquiera que sea el diseño parlamentario, es que lo que manda en un Congreso son las negociaciones previas y los votos; ahí están los gestos. Y eso, que debería funcionar tanto para diputados como para senadores, todos parecen olvidarlo, desde el Ejecutivo hasta los mismos parlamentarios.
Las bravuconadas también son gestos, pero se trata de ademanes amenazantes, gritos destemplados, actitudes corporales altaneras o poses de prepotencia que buscan intimidar. Y eso es lo que nos han “ofrecido” ministros y parlamentarios por igual, dando un espectáculo penoso que desprestigia a ambas partes. ¿Es esa la clase de gestos que los peruanos esperan de una discusión en el Congreso entre ministros y parlamentarios?
Hoy los videos y las grabaciones nos ofrecen la verdad sobre las circunstancias en que se desarrollaron los hechos y sobre quién empezó y quién terminó, por lo que las versiones y las defensas de parte sobran. El problema mayor es que, si este es el ánimo con el que ambas partes van a continuar las “negociaciones”, los peruanos ya sabemos qué nos espera.
La presidenta endureció sus gestos y sus palabras, y lo hace contra los delincuentes y la oposición. A los primeros les pide que se porten bien y a los segundos les dice perros que ladran.
Se le había pedido que actúe y que no espere a las facultades para enfrentar la lucha contra la delincuencia. Y lo hizo con el anuncio del comando unificado. Pero anteayer decidió elevar los decibeles, militarizar su imagen y promover nuevamente la polarización al decirles a los peruanos que están con ella o están contra ella, que están con el gobierno o están con Sendero y el Movadef.
Se trata de un juego político –y de márketing, sobre todo– peligroso y riesgoso tanto para el gobierno como para el fujimorismo y para el país, por supuesto. Generar ese tipo de tensiones y polarizaciones al inicio de un gobierno puede iniciar una escalada difícil de controlar.
Y mientras estos “gestos” enfrentan al Ejecutivo con los senadores y diputados en Lima, en el Cusco mueren peruanos porque miles de hectáreas se queman; bajan el entusiasmo y las expectativas empresariales; la delincuencia y la minería ilegal continúan, pero eso parece no ser importante para los que, desde los extremos, quieren todo para ellos.
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