El reciente sismo registrado en Colombia revivió una de las dudas más recurrentes entre la población tras un evento telúrico: ¿existe alguna relación entre el clima, la lluvia o fenómenos como El Niño y la ocurrencia de un terremoto?
A pesar de las creencia populares que asocian días calurosos, bochornosos o lluvias intensas con la llegada de un temblor, la evidencia científica actual ofrece una respuesta contundente.
La respuesta corta y directa desde la geofísica es no. Las condiciones meteorológicas que ocurren en un día específico (como el sol, la lluvia o los cambios bruscos de temperatura) no tienen capacidad para desencadenar un terremoto.
Benjamín Quesada, decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la Universidad del Rosario, destaca la importancia de diferenciar entre el tiempo meteorológico (el estado de la atmósfera en un momento puntual) y el clima (patrones observados durante periodos prolongados). El tiempo de hoy no influye en lo que sucede a kilómetros de profundidad en la corteza terrestre.
Aunque el tiempo diario no afecta la sismicidad, la comunidad científica sí ha estudiado si variaciones climáticas a gran escala —como los fenómenos de El Niño y La Niña o el deshielo prolongado— podrían ejercer alguna influencia indirecta.
Los terremotos se originan a niveles profundos del interior de la Tierra por la acumulación y liberación repentina de energía tectónica. Las placas tectónicas se mueven e interactúan de manera independiente a los fenómenos atmosféricos, por lo que la lluvia, el calor o el viento no influyen en el comportamiento del subsuelo.
La idea del “tiempo de temblor” o “clima de terremoto” es un mito popular ampliamente extendido. La coincidencia entre un día caluroso o lluvioso y un sismo es puramente casual. Dado que los sismos ocurren constantemente en todo el mundo bajo cualquier condición meteorológica, es fácil para la memoria humana asociar erróneamente el clima del momento con el evento sísmico.
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