Por Agustín Prado Alvarado
Resguardadas desde los cielos por Dios y el apóstol Santiago, las tropas castellanas arribaron optimistamente cerca de las orillas del mar Mediterráneo acompañando a su líder Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por sus leales como mio Cid (el) Campeador, sobre quien pesaba el temido estigma del destierro, aunque fue en aquel exilio donde como recompensa ante la vida saboreó triunfos tras vencer y dominar a diversos pueblos moros, ganando riquezas y territorios.
Ahora el desterrado ambicionaba conquistar la ciudad de Valencia, colindante con las playas del mar Mediterráneo. Doblegar a esta ciudad de moros constituía un botín superior a todos los adquiridos; pero ciertamente su mayores anhelos consistían en reunirse con su devota esposa doña Jimena, sus pequeñas hijas Sol y Elvira y conseguir la anulación del lastimoso destierro político.
Aunque el Cid histórico (h. 1043-1099) no pertenecía por nacimiento a la gran nobleza sino a la baja nobleza (de los infanzones) había revertido esa condición, a pesar de vivir en un medioevo rígidamente estamental, adquiriendo en vida: fortuna, respeto y tierras, convirtiéndose así en uno de los favoritos del rey castellano Alfonso VI.
Por sus hazañas provocó envidia -incluida la del propio monarca-, recelo y desató la calumnia encarnada en el conde García Ordóñez y otros nobles de la corte castellana consiguiendo que su monarca sentenciara al infanzón a la extradición. Fuera de los territorios de Castilla esta condena equivalía a ser arrojado a una muerte inminente; pues al atravesar los límites de reino castellano solamente le aguardaba enfrentarse al hambre y a sus enemigos de fe: los temidos moros, quienes durante continuados años desde su llegada a España (711 d.C.) apresaron la mitad territorial de la península ibérica.
Antes de cruzar la frontera de Castilla el dios cristiano no lo desamparó por ello envió al ángel Gabriel para que se le apareciera en sueños profetizándole un afortunado porvenir. Resguardando a su familia en el monasterio de San Pedro de Cardeña entró a tierra enemiga hasta avanzar venciendo hacia el oriente donde sale el sol.
Al aproximarse a las costas del Mediterráneo conquistó todas las tierras cercanas a Valencia. El temor y nerviosismo había contagiado a los moros valencianos quienes decidieron finalmente enfrentar en batalla al héroe castellano. Álvar Fáñez, fiel vasallo del Cid, diseñó una estrategia militar que consistía en desafiar al grueso de las tropas moras mientras otra facción menor de cristianos debía atacarlos inesperadamente por la retaguardia. Cuando los ejércitos cristiano y moro cruzaron sables la batalla se volvió adversa para los paganos al acometerse los planes de Álvar Fáñez dando la victoria a las huestes cristianas. Guiado siempre por la mesura el Cid no emprendió una acometida contra la ciudad; pensando en rendirlos asedió la ciudad durante nueve meses cortándoles los suministros alimenticios que recibían de los pueblos cercanos, llegado el décimo mes los moros entregaron su ciudad y con ello el exilio terminaba para el Campeador, muy pronto recobraría a su familia obteniendo a su vez el levantamiento del destierro.
Sin embargo, la tranquilidad no arribaría a su vida, pues en breve enfrentaría nuevamente a los moros (de Marruecos) y una segunda deshonra teñiría su destino aunque esas gestas y sus desenlaces las descubrirá el lector que disfrute con la lectura del añejo Cantar de mio Cid que cumple 800 años.
ÉPICA MEDIEVAL CASTELLANA
Durante la Edad Media el término épico (de origen griego) no fue utilizado para designar las narraciones de corte heroico recitadas por aquellas fechas, para etiquetar estos relatos utilizaba el juglar (poeta medieval) el vocablo gesta. Se nombraba como cantar de gesta cuando el relato se presentaba para el canto y el recitado.
Se ha clasificado la épica medieval o cantares de gesta en tres grupos en orden de surgimiento: 1) la épica germánica. 2) la épica latina. 3) la épica románica. Dentro de la última se encuentran los cantares de gesta de España siendo incluso los últimos en surgir en la Europa medieval hacia el siglo XI - XII d.C. A diferencia de un mayor número de manuscritos de la épica germana o la francesa, los cantares de gesta españoles cuentan con cuatro textos conservados el Cantar de mio Cid, el Roncesvalles, el Poema de Fernán González y las Mocedades de Rodrigo, salvo el Cid ninguno se encuentra completo.
AUTORÍA Y COMPOSICIÓN
El Cantar de mio Cid es el texto literario más antiguo en lengua castellana. Este cantar está perpetuado en un manuscrito del siglo XIV faltándole la hoja inicial y dos interiores siendo una copia de un extraviado manuscrito anterior. Con una extensión de 3730 versos cierra con un colofón donde se indica que fue copiado en el año 1245 por Per Abbat, la fecha debe pensarse bajo el computo de la era hispánica sustentada en la creencia de que Julio César había dividido Hispania en provincias el año 38 a.C. Realizando la resta correspondiente se obtiene el año 1207 de la era cristiana.
Los datos del colofón originaron las polémicas sobre la autoría y la fecha de composición. Uno de los mayores exegetas del Cid; Ramón Menéndez Pidal señaló que el cantar se compuso en dos fechas por dos juglares, postulando primero en su erudita edición de 1911 que habría sido escrito hacia 1140 y años más tarde retrocedió la fecha hacia 1110. La voz autorizada de Pidal y sus estudios mantuvieron su vigencia hasta los años 50 cuando otros medievalistas empezaron a rebatirle sus dataciones argumentando que la composición se produjo hacia finales del siglo XII o en el XIII que actualmente es la postura más aceptada entre los especialistas.
El cantar está dividido en tres partes; siendo Menéndez Pidal quien le asignó los respectivos títulos: "Cantar del destierro" (hasta el v. 1086), "Cantar de las bodas de las hijas del Cid" (v. 1085-2277) y "Cantar de la afrenta de Corpes" (v. 2278-3730). La trama está ceñida en la pérdida y la recuperación de la honra de Rodrigo Díaz de Vivar en dos ocasiones. La primera deshonra ocurre al ser desterrado y la segunda cuando sus hijas son azotadas en el robledal de Corpes por sus esposos los infantes de Carrión, el cantar finaliza con la reivindicación y el ascenso social del Cid, pues sus hijas en un segundo matrimonio lo emparientan con los reyes de España.
DIFUSIÓN DEL CANTAR
El manuscrito estuvo en el archivo del Concejo de Vivar y es posible que antes en algún monasterio como el de San Pedro de Cardeña, posteriormente después de numerosos periplos el manuscrito fue editado en libro en 1779 por Tomás Antonio Sánchez como Poema del Cid dentro de Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV una edición incluso cuarenta y siete años antes que se conociera el Cantar de los Nibelungos en Alemania y cincuenta y ocho antes de la difusión del Cantar de Roldán en Francia.
Desde aquella fecha de 1779 hasta nuestros días se han sucedido diversas impresiones deleitando al lector con las aventuras y desventuras del Cid; pero la mayor hazaña de Rodrigo Díaz de Vivar y de su autor (sea este un juglar anónimo o el propio Per Abbat) es haber batallado contra el tiempo, haberlo vencido y haberse perennizado primero frente a los oyentes castellanos y actualmente ante numerosos lectores en un poema nacido hace ocho siglos.