Al día

Dos ausencias

Por David Rivera del Águila, Economista [Editor]

Me entusiasmaron los primeros minutos del discurso de 28 de julio. Que el presidente García asumiera metas tan concretas y ambiciosas de reducción de la pobreza, y sobre todo de la rural, así como de disminución de la informalidad, entre otras importantes, transmitieron la sensación de un gobierno comprometido y encaminado a solucionar los principales problemas del país. Me entusiasmó aun más la idea de que esta vez se nos dijera cómo íbamos a llegar a esas metas. "Fe y serenidad se tiene cuanto más y mejor se sabe hacia dónde se va y cómo llegar", indicó al inicio.

Lamentablemente, y sin dejar de reconocer lo positivo de las metas planteadas y de los avances del Gobierno, el cómo no estuvo presente. García dejó esta responsabilidad a sus ministros, quienes irán el Congreso a explicar sus planes para alcanzarlas. Pero el cómo era algo que le correspondía decir al presidente. Por sus palabras iniciales, parece que tuvo la intención, pero luego él mismo no supo cómo. Porque hay una diferencia entre aquello que dirán los ministros respecto de las medidas sectoriales puntuales y aquello que nos sigue faltando como país: una visión que nos permita saber hacia dónde vamos y las políticas de Estado para encaminarnos hacia ese objetivo.

García mencionó cinco ejes: descentralización, austeridad, crecimiento, redistribución y fortalecimiento del Perú en el mundo, pero sigue sin percibirse un plan estructurado y políticas concretas que permitirán que la disminución de la pobreza, por poner un ejemplo, se logren no solamente porque la política asistencial se manejó eficientemente y llegó a aquellos que más lo necesitan, sino porque se logró el desarrollo productivo de las zonas más pobres del Perú.

Esta primera ausencia está relacionada con la otra: la falta de una visión de país, la misma que no existirá hasta que no se concrete una de las promesas de este mensaje: el inicio del funcionamiento del Centro Estratégico de Planeamiento (Ceplán). Una cosa es fijarnos una meta relativa y decir: "Vamos a superar a Chile en los próximos diez años", como planteó García en su primer mensaje, y otra es definir dónde queremos estar en 20 años, cuáles son nuestras potencialidades competitivas en el mundo, qué políticas de Estado son necesarias para ello y, a partir de allí, establecer las políticas sectoriales respectivas y su articulación con el rol de los gobiernos regionales, locales y con el sector privado.

Mientras esa visión y todo lo que conlleva no esté definida, podremos seguir avanzando, sin duda, pero no con la velocidad y certeza que nos daría tenerla. Esa es una de las diferencias entre los países que están logrando salir aceleradamente del subdesarrollo y los que no lo logran o se quedan a medio camino.

Pero nos provoca confiar. Confiar no solo en que los ministros irán al Congreso y nos dirán cómo llegaremos a las metas planteadas, sino en que el próximo 28 de julio el presidente García seguirá avanzando en sus aspiraciones y nos dará una visión de país que vaya más allá de sus cinco años de gestión. No nos conformemos.

Mientras llega ese momento, si llega, solo hay que pedirle serenidad y lucidez al presidente. Porque su segundo año de gobierno todavía será de demandas sociales y probablemente de menor popularidad y lo que debemos mantener es aquello que en lo económico y político ya hemos consolidado.