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Desde hace algunos años sigo con interés la con curiosidad musical, pero también con el deseo de aprender y tratar de responder esta pregunta: ¿existen lecciones que puedan trasladarse a los servidores públicos y los hacedores de políticas?

Del k-pop se ha dicho mucho: basta con abrir cualquier revista económica, social, de negocios, marketing o cultural para encontrar algún artículo que analiza a dicha industria como un motor económico tanto para el desarrollo del sector entretenimiento como también del turismo, la cosmética y la tecnología; así como herramienta de política exterior y diplomacia cultural (soft power). También se estudia el desarrollo de comunidades (fandoms) que no solo son consumidores, sino también cocreadores y promotores voluntarios del k-pop, creando contenidos de valor agregado.

Hoy escuchamos la canción “Golden” en todas partes, que viene arrasando en varios premios internacionales- Pero como dice el dicho, “no todo lo que brilla es oro”: existen también críticas al modelo en temas vinculados con explotación laboral, rígidos estándares de belleza, salud mental, excesiva orientación al consumo y un constante fan service –dar lo que quiere la comunidad –.

Con todo, considero que hay dos lecciones importantes tanto para los gestores de bienes y servicios públicos del Estado como para quienes hoy están en la carrera electoral. En primer lugar, nada es fruto del azar, la improvisación o el entusiasmo. La industria del K-pop invierte en captación y formación de talento, investigación, diseño, lanzamiento, promoción y acompañamiento. Todo ello puede tardar años, pero con metas claras, valores compartidos y liderazgos comprometidos, se concretan espectáculos de calidad y, por ende, respuesta y apego del fandom. Además, los recursos no son infinitos: existen presupuestos definidos y rentabilidades esperadas. En la gestión pública no tenemos esos tiempos y las necesidades de la población son agobiantes. Parece que vivimos en constantes lanzamientos de planes poco realistas, soluciones inconclusas y promesas electorales.

En segundo lugar, esa comunidad K-pop no sólo está conformada por compradores o clientes. Son personas que están desde el principio del diseño, participando en la creación, dando retroalimentación constante, e incluso vigilando y denunciando comportamientos que van en contra de los valores esperados en la industria. El compromiso y lealtad de la comunidad puede llevarlos al activismo de causas justas. La gestión pública no logra conectar con solvencia y sostenibilidad con la comunidad a la que sirve, como tampoco lo hacen los políticos. Esto se debe a que la comunicación es reducida, la participación es limitada, y falta esa consistencia en valores necesaria para generar confianza.

El ecosistema del K-pop no es un modelo de democracia, ni está cerca de serlo, pero no estaría mal aprender de las innovaciones positivas que ha generado y hacer una transposición a la esfera de los bienes públicos.

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