Héctor López Aréstegui

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En enero de 1921, cuando el Perú se aprestaba a conmemorar el Centenario de su independencia, solo habían transcurrido dos años de la firma del armisticio que puso fin a las hostilidades de la Primera Guerra Mundial y un año y medio desde la firma del Tratado de Versalles.

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El Viejo Continente -al menos una parte de él- estaba formalmente en paz, pero sus heridas estaban a flor de piel, y en torno a ello el periodista español Agustí Calvet Pascual, que había sido corresponsal de “La Vanguardia” de Barcelona en París durante la guerra, escribía que “Todas las ideas sobre las cuales se sustentaba la vieja y sosegada Europa de avant-guerre han ido pudriéndose bajo la inmensa charca de sangre que anegó sus campos, ciudades y aldeas. Los beneficios del progreso -de ese Progreso, con mayúscula, que los oradores avanzados y los corifeos de la democracia cantaban enternecidamente en mítines y asambleas- han sucumbido bajo la avalancha de odios, intereses contrarios, pugnas, venganzas, estridencias e irreductibilidades que hoy es la característica del Viejo Mundo”.

Así, pues, la década de los años veinte del siglo pasado se iniciaba impregnada de la idea del fin del Progreso, de la cual su mejor exponente era el filósofo alemán Oswald Spengler, autor de “La Decadencia de Occidente” (1918). Menos retórico que Spengler, Calvet Pascual describía acerbamente la situación europea como un “sálvese quien pueda general en el cual los hombres y los pueblos luchan a brazo partido rudamente, escandalosamente, pugnando por asegurarse con feroz egoísmo esa mantenencia que es la primera de las cosas por las cuales el género humano se afana a través de los siglos. Todo lo demás es superfluo”.

El gran vencedor de la contienda bélica, en casi todos los aspectos, fue Estados Unidos, que -aunque lo intentaba- no podía ignorar el eco de los problemas europeos. Convertido en acreedor global durante la guerra, era consciente de que el mundo corría al abismo de la bancarrota universal a causa de las deudas contraídas por las potencias victoriosas y el pago de las reparaciones impuestas a las vencidas. Entre tanto, 15 millones de europeos -hombres, mujeres y niños- aguardaban la normalización del tráfico marítimo transatlántico para iniciar una nueva vida en Estados Unidos, Brasil y Argentina, principalmente.

Los efectos en Sudamérica

El peso de los problemas de posguerra también se hacía sentir en América del Sur, fundamentalmente en la economía. Respecto a nuestro país, el asunto más importante pertenecía al ámbito del Derecho Internacional. Durante los últimos meses de la Gran Guerra, la llamada Cuestión del Pacífico se reactivó y escaló al punto de causar tensiones bélicas entre el Perú, Chile y Bolivia. El Perú, que se puso decididamente al lado de los aliados en 1917, quería que la Alsacia y Lorena americanas, Tacna y Arica, nos fueran devueltas por Chile y no vaciló en solicitar el arbitraje del presidente estadounidense Woodrow Wilson. Sobre Arica también recaían las pretensiones de Bolivia, que ante la comunidad internacional argumentaba la necesidad que le fuera concedida dicha ciudad portuaria como punto de acceso al Océano Pacífico. Una suerte de reparación que, absurdamente, debía pagar el Perú y no Chile.

Todo lo dicho hasta el momento puede resumirse en lo que llamaremos el Reto de la Justicia, es decir, cómo encontrar el fiel de la balanza entre vencedores y vencidos. Era fácil apuntar que el comercio era el principio de la salvación de los pueblos, pero sumamente complicado reanudar las relaciones comerciales, pues la guerra había cubierto de ruinas Europa, desde Bélgica hasta Rusia, y los sobrevivientes, desanimados, se cruzaban de brazos. A la desmoralización colectiva había que sumarle el caos cambiario internacional, la presión política interna en favor de barreras arancelarias, la excesiva carga tributaria, herencia de la legislación financiera de guerra, y la devaluación de la moneda a fin de hacer competitivas las exportaciones a costa del salario de los trabajadores.

El complejo escenario europeo

A las confusas condiciones económicas, la apertura de nuevas fronteras políticas y sociales transformaba aún más el escenario. Desde el este del continente, los bolcheviques proclamaban la III Internacional y el triunfo del comunismo mediante la desestabilización de la sociedad occidental. Francia e Inglaterra, principalmente, veían defraudadas sus esperanzas de derrocar a los bolcheviques tras la derrota del ejército antirrevolucionario del sur de Rusia, que tuvo que ser evacuado por los antiguos aliados francoingleses a Constantinopla, en noviembre de 1920. Tres meses después, Benito Mussolini explicaba en Trieste los principales puntos de su plan de acción: el fascismo era la respuesta al fracaso del parlamentarismo y un supuesto escudo contra la anarquía.

Paralelamente otra revolución, también gestada durante la guerra, se abría camino. Era la de la mujer en busca de su afirmación personal. El feminismo de guerra había logrado la conquista del derecho a voto en Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido. El reto de la nueva década era otro: el de la igualdad y libertad personal. Este tono vital se dejaba ver en el icono femenino cinematográfico, la “flapper”, una mujer joven, de cabello corto, mucho maquillaje, muy social y con una actitud desafiante ante lo convencional. Fuera de la pantalla la “nueva mujer”, trabajadora y segura de sí misma, era el modelo a seguir.

En el campo cultural, tras el breve triunfo del pesimismo de Spengler, echó raíces la búsqueda del significado del presente y las posibilidades del futuro. Todas las expresiones artísticas reflejaban, de una u otra manera, formas de expresión presentistas en las que el trasfondo era el trastocamiento del orden y sus posibilidades.

Llegados a este punto volvemos a enero de 1921 citando a otro periodista que, al resumir los acontecimientos del año 1920, decía que terminaba como “un año de peripecias de todas clases, algunas de ellas de indudable trascendencia”. El año 1921 tendría el mismo carácter y un hecho trascendental para nosotros: la conmemoración de una centuria de vida independiente donde, lamentablemente, no se cumplía el lema que adornaba nuestras monedas de un sol de plata: “Firme y feliz por la unión”.

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