La mañana del domingo las cosas son distintas. El relámpago de adrenalina de la noche anterior ha cedido para dar lugar a una extraña incertidumbre. “Es posible que esta haya sido la última pelea de Manny Pacquiao” sugieren los comentaristas en la tele. En las redes. millones de seguidores del filipino empiezan a aceptar, de a pocos, el vasto significado de su adiós y le rinden tributo. Pacquiao gobernó en ocho categorías y alcanzó títulos en cuatro décadas distintas. Así de campeón fue.
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El ánimo postbatalla de sus seguidores es especial; ni triste, ni nostálgico, diferente. No hay dolor por la derrota. Frente a un púgil más joven, más fuerte, más grande y más pesado Pacquiao ofreció una resistencia memorable. Ugás solo había perdido un combate de sus últimos doce, en una decisión divida controversial (contra Shawn Porter). Yordenis acertó en la estrategia de contragolpear a Manny y, cuando tuvo la ocasión de dañarlo con sus volados de derecha lo hizo. La vieja fórmula que usaba “Dinamita” Márquez aplicada en “Son cubano”. Rindió frutos a medias. Pacquiao también tuvo momentos huracanados durante la brega. El rostro del isleño prueba la frecuencia con que lo conectaron. Nadie se hubiese horrorizado si el falló de los jueces caía del otro lado. Fue una lucha encarnizada. Y muy pareja.
Manny no objetó las tarjetas. No lo hizo nunca durante su carrera. Tampoco se permitió una descortesía pese a que, sin tacto, la periodista norteamericana le preguntó si pensaba que “El padre tiempo” era el que en realidad lo había derrotado. Mientras al unísono el público abucheaba el desatino, Pacman, caballeroso y comprensivo, se limitó a responder “así es el boxeo”.
Desde su debut profesional en enero de 1995 Pacquiao brindó espectáculos electrizantes, siempre. Sus peleas eran colirio para la vista. En el triunfo o el revés respetó al oponente y nunca se concedió el dudoso lujo de seleccionar a sus rivales. Se enfrentó a lo más selecto del boxeo con magníficos resultados. Cuando fue vencido felicitó a sus conquistadores y aceptó más de una peligrosa revancha porque le parecía lo más ético. La fiera en el cuadrilátero daba paso a un tipo sesudo y cálido fuera de él. Un hombre que trabaja de boxeador pero que no era violento.
“Alguna vez George Foreman comentó que calificar a Muhammad Ali solo como un gran boxeador era una injusticia, porque él era un gran hombre. Ocurre lo mismo con Pacquiao” ha tuiteado Abner Mares ex campeón mundial pluma. Manny, un ejemplo de superación en la vida, ha sido un modelo de conducta que supera los umbrales del deporte. Manny quiere ser presidente para servir a su pueblo.
No es triste que Pacman haya perdido de esta forma. Regaló dignidad en cada asalto. Lo verdaderamente doloroso es que el boxeo se quede sin su referente más longevo. Él era el último de los mohicanos. El último de los grandes. No hay más Pacquiaos en el horizonte. La pérdida, créanme, es irreparable.
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