Al Perú lo he visto muchas veces

“Ser limeño, y más aún, ser peruano, no se trata solo de reclamar derechos, sino también de asumir deberes”.

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Al Perú lo he visto muchas veces. Y a Lima la he visto desde que nací. Aunque no por ello me atrevo a decir que la conozco. La conciencia de cómo está organizada esta ciudad nos alcanza a todos. Y, desde luego, entendemos que el desorden no solo es impuesto, también es aceptado. Muchos viven en Lima, pero pocos la habitan. Algunos apenas la cruzan, y otros, a veces, solo la miran desde la ventana de un taxi.

La Lima de las postales, de los desfiles patrios y de las plazas cubiertas de banderas no se parece a la de los cerros que se pueblan sin agua ni luz, ni a la de los mercados donde los productos se venden sobre pistas rotas. Esa otra ciudad también existe. Y la atravesamos todos los días.

Se ha hablado innumerables veces de la falta de planificación urbana, de la informalidad que crece en las periferias y del centralismo que margina a millones. Lima, como capital, debería integrar. Es cierto que ha sido víctima de una planificación deficiente, de la ausencia de normas claras y de una visión a largo plazo. Pero también es cierto que la ciudad se construye día a día con cada decisión que tomamos. Y en eso también fallamos: al ocupar espacios sin licencia, al cruzar donde no hay paso, al mirar hacia otro lado. Porque si algo está mal y lo dejamos estar, se convierte también en nuestra responsabilidad.

Uno no elige dónde nacer, pero sí cómo vivir. Ser limeño, y más aún, ser peruano, no se trata solo de reclamar derechos, sino también de asumir deberes. No basta con decir: “Esta es mi patria”; hay que entender que vivir aquí implica compartirla y, sobre todo, valorarla y cuidarla.

Aún estamos a tiempo de habitar Lima, de imaginarla distinta. Cada ciudadano que decide no ser indiferente realiza un acto de urbanismo. Porque la ciudad no empieza cuando se inaugura una obra: empieza cuando dejamos de solo cruzarla, cuando dejamos de normalizar el caos.

Al Perú lo he escuchado muchas veces. Y a Lima la he visto desde que nací. Pero solo ahora comprendo que la ciudad no es lo que hacen con ella, sino lo que permitimos que hagan con ella.

Y que la verdadera fortaleza está en quien, pese a todo, elige hacer lo correcto.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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