Lunes, 26 de marzo de 2007
Cortos de un Perú grande

Mayra Castillo Vásquez
HOMENAJE. El documentalista funde el ojo periodístico con el arte de narrar historias. Jorge Suárez, limeño de 73 años, posee una carrera silenciosa de hacedor de cortometrajes pioneros en ecología y en cultura peruana. Elcine le brindó una merecida distinción.

El Perú fue la película perfecta que superó toda ficción. Así de claro lo tuvo Jorge Suárez, el documentalista que, desde los años setenta, rodó y filmó a los peruanos de carne y hueso que jamás habían visto una cámara ni ido al cine. Esos que, sin lisuras altisonantes, eran los pequeños héroes de la vida cotidiana y los grandes receptores de tradiciones ancestrales. Hoy, aunque el silencio y el reposo sean las únicas tomas que le quedan a Suárez, su legado permanecerá en movimiento a través del celuloide. Allí están los asháninkas replegados por los colonos antes de la llegada de Sendero Luminoso. Corte y sigue. Ahí aparecen los agricultores de algodón de colores del valle de Chancay. Corte y sigue. Allí está la familia Sosa, buscando las milenarias técnicas alfareras de Chulucanas. Corte y sigue. Ahí veo a las campesinas de Puno, redescubriendo cómo sembraban sus antepasados sin preocuparse del frío del lago Titicaca. Aunque esa pasión por el Perú parece motivada por la admiración y el gozo de saberse rodeado de cultura, más bien estuvo guiada por la angustia de ver cómo las tradiciones en provincias se iban borrando en esa cinta colectiva llamada historia. "Le preocupaban mucho las cosas que se estaban perdiendo, como en Lamas (San Martín). Diez años después de filmar el documental, Jorge comprobó que la confección de sus trajes típicos (cargados de historia) ya no existía más. Por eso, estoy segura de que él fue consciente de que estaba registrando, cuidando y guardando parte de nuestra memoria", comenta Ana María Pérez, su ex esposa y productora de todos sus proyectos fílmicos. Quién sabe, quizá Jorge se estaba adelantando a su propio destino: el del olvido. Desde el año 2000, luego de detectársele un tumor en el cerebro, lo primero en cambiar fue su modo de vivir (y de ver la vida).

"Los ojos de mi papi son su pertenencia más preciada. Lograba mirar en el fondo de las personas, de las culturas, con una sensibilidad inigualable. Pero, después de su operación, perdió la textura de la vista y su mundo se volvió un poco más oscuro. Lo curioso es que su mirada no se perdió. Ahora recobró la habilidad para asombrarse, la ingenuidad". Oriana Suárez, su hija, sabe que el filme de sus vidas corre cada vez más rápido, que el rollo no se puede cambiar, que todo debe girar hasta el final. Su padre tiene 73 años y fluctúa entre la conciencia y el extravío. Esas cinco líneas de amor y admiración se las dedica también al profesional que acaba de ser homenajeado en el Décimo Festival Elcine de la PUCP por su trayectoria en favor de la ecología y de la cultura peruana, cuando aún no se habían puesto de moda el 'sí se puede', la comida criolla y los productos de bandera.

LARGA TRAYECTORIA
Suárez empezó su carrera cinematográfica en la Escuela de Cine de Armando Robles Godoy, impulsado primero por su afán de encuadrar todas las imágenes que veía. Años después, viajaría a Checoslovaquia, a los Estudios Barrandov de Praga, donde estudió dos años con mucha gente cubana. Fue por aquellos años, a inicios de los setenta, que Suárez conoció a Ana María Pérez. "Él estaba empezando a hacer películas para la ley de cine 19327 de ese entonces. El primer corto que realizó fue 'Los materos de Cochas Chico', en Huancayo", comenta ella, a modo de presentación.

Aquella ley obligaba a que antes de cada largometraje se difundiera un corto de factura nacional. No importaba que fuese documental o ficción: lo importante era que el tiempo de duración no sobrepasara los 12 minutos. Suárez pensó que era el tiempo justo para dejar correr las imágenes y que se quedaran quemadas en las retinas del resto. Le alcanzaba para ver con agudeza y sin romanticismos banales la realidad que lo circundaba, sin llenar espacios en blanco con pausas innecesarias. Suárez nunca se quejó de esos 12 minutos ni los utilizó para ensayar una labor previa a los 120 minutos de las ficciones convencionales.

Desde el principio supo que el corto lo obligaba a ser riguroso, conciso y memorable. Y lo mejor de Suárez es que eso no le quita la delicadeza de un juego de sombras, tal como ocurre en el corto sobre los ceramistas de Chulucanas, realizado en 1982. Allí, un juego de luces y sombras retrata a dos generaciones de alfareros puliendo una tradición milenaria. "Hemos mezclado la técnica antigua con el diseño moderno. Ahora nos dimos cuenta de que los 'cañones' de la paloma servían para bruñir los detalles", comenta Gerásimo Sosa en plena proyección. Ese padre del clan ahora, seguramente, ya tiene a todos sus hijos dedicados al arte de las manos.

¿VALE MÁS QUE MIL PALABRAS?
Bueno, en realidad una imagen estática y conmovedora puede decir mucho, a diferencia del juego de movimientos, luces y voces con que pasamos el tiempo. No obstante, una pluma notable puede enriquecer esa imagen rápida hasta hacerla sublime. Esto ocurrió cuando Suárez trabajó directamente con los poetas Antonio Cisneros, Washington Delgado y Javier Sologuren, quienes apoyaron la elaboración de los guiones de algunos cortos. Unos verdaderos colaboradores de exhibición.

Para entonces, Suárez ya tenía su propia productora, en una época conflictiva entre 'cineastas', pues algunos las establecieron con un afán lucrativo más que creativo. Según detalla Jaime Bedoya en el libro "Cien años de cine en el Perú", fueron pocos los que descollaron de esa maquinaria mediocre. Suárez, al lado de Francisco Lombardi, Arturo Sinclair y Nelson García hizo un buen trabajo documentario y de ficción. "El cine es costoso. Hacer un corto de 10 minutos costaba entre 10 mil y 12 mil dólares, que valían más que ahora. Así que Jorge no escogió hacerlos porque fuera más fácil o más barato", se ríe Ana María.

Haciendo memoria, la ex esposa del documentalista pierde un poco la mirada o suspira al hablar de quien fue su compañero de vida y de carrera. Él no está presente. Jorge Suárez no puede comunicarse con nadie y permanece en un centro de reposo, donde a ratos recupera algo de lucidez. Cuando lo hace, se deprime, pues comprende que nunca se recuperará de sus olvidos.

Su hijo Pedro nos enseña unas fotos que Oriana, su hermana, le ha tomado recientemente. Son delicadas muestras de amor que retratan sus ojos, aquellos que difícilmente podrán seguir viendo la realidad (cada vez más apremiante), pero que fueron testigos de los cambios del último siglo. Sus manos pecosas, su rigidez corporal, que poco tiene que ver con su espíritu campechano, juguetón y exigente. No obstante, existen pruebas de su obsesión por la cámara, el trípode y el foco.

"Él hizo cortos tres veces al año: uno cada cuatro meses. Cuando empezó a trabajar todo era artesanal. No se usaba el video, que es fácil de editar, sino el hectacrón. Esto es, en dos bandas que deben empalmarse manualmente", agrega Ana María. Su afán por la perfección era tan grande, que a veces llegaba a tener 10 versiones de un mismo cortometraje. Fue un sujeto privilegiado que gozó del paso a la era digital, pero también sufrió las consecuencias del terrorismo durante los años ochenta. "Había selva virgen que no pudo recorrer por culpa de Sendero. Eso le chocó porque era un hombre de campo", agrega. El año que mataron a Bárbara d'Achille, Suárez también anduvo recorriendo esa zona.

La tragedia le dio una señal de alarma: ¿Me debo quedar en Lima? Para añadirle intensidad a la escena, hay que resaltar que la caída del régimen militar propició que la obligatoriedad de transmitir cortos antes de las películas desapareciera con el cartelito de FIN. Suárez decidió entonces trabajar con redes de instituciones públicas y privadas para seguir haciendo documentales en video por encargo de la Universidad Católica y Cayetano Heredia. De ellas --según menciona Ana María--, uno de los cortos que más caló hondo fue "Desplazados", la historia de los migrantes ayacuchanos que huyeron hacia Lima dejando atrás el terror de Sendero Luminoso. Este trabajo recibió una mención honrosa en el Festival Latinoamericano de Cine y Video de Viña del Mar, en 1993. En total, entre 1974 y 1995, Suárez realizó 25 cortometrajes para cine, además de 30 documentales sobre ciencia y tecnología. Eso era parte de la realidad, aunque el común de los mortales no pudiese entender cómo crecía el plancton en el Perú. El documental "Plancton", de 12 minutos de duración, retrata la ruta del agua que baja desde los Andes y de los sedimentos de río que llegan hasta el mar. Suárez y otros técnicos ópticos hicieron lentillas mecánicas que se adaptaban a la cámara y a un microscopio, para agrandar imágenes casi invisibles (pero reales). Casi el 90% del documental se hizo grabando microorganismos del mar y todo para experimentar hasta dónde llegaba la nitidez de la imagen.

Si la realidad fue una forma de vida para esta pareja, ¿qué imagen guardan sus hijos de esa película viviente? Pedro recuerda atravesar con su padre el río Amazonas en busca de locaciones. Toda una aventura. "Mi papá tenía un estudio en casa. Era muy juguetón, pero sabía mandarnos 'a rodar' cuando tenía que ponerse a trabajar", recuerda Pedro, quien fue el encargado de recibir de Édgar Saba, director del Centro Cultural de la PUCP, el galardón de reconocimiento a la trayectoria de su padre. Oriana vive en Argentina y es la que más se le parece: ha estudiado Comunicaciones y está llevando una maestría en periodismo social y económico, cuyas estadísticas verídicas superan mil veces la ficción. "Hay un renacimiento de los documentales, y eso nos alegra enormemente, porque se dejó de lado por mucho tiempo durante los años 80 y 90 Se privilegió más a la ficción", concluye Ana María.

Aunque Jorge Suárez haya perdido contacto con la realidad, nosotros agradecemos que su interés pionero por la historia, la ecología y la tradición se haya transformado en el mejor banco de imágenes, para recordar quiénes somos. Aunque él ya no pueda hacerlo.

La ficha
"En la orilla" (1976). Documental sobre organismos marinos que viven en las rocas del litoral peruano.

"Las lomas" (1977). De agosto a octubre extensas áreas del desierto costero peruano se vuelven coloridos jardines.

"Asháninkas de Cutivireni" (1989). Los campas asháninkas, que antes ocuparon las riberas de los ríos, ahora migran a zonas de difícil acceso para preservar su cultura de la presión de los colonos.





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