Los héroes en el silencio

HERIDAS NO CERRADAS I. Una pieza clave en el conflicto de 1995 contra Ecuador fue el grupo de nativos que guió a la tropa en el monte; ellos constituyeron una ventaja estratégica. Estos guías sufrieron daños, algunos murieron, ellos también son héroes. Y solo piden ser reconocidos

Por Ricardo León

FIESTA (NAMPEG, EN AWAJÚN).
Durante el conflicto del Cenepa en 1995, irse a la fiesta quería decir irse a la guerra. Mamá, me voy a la fiesta: mamá, me voy a la guerra. Ya vuelvo, voy a bailar a la fiesta: ya vuelvo, me mandan a pelear a la guerra. Una contraseña. Hace algunas noches, en un bar del distrito de Santa María de Nieva, en el departamento de Amazonas, tres nativos aguarunas que habían participado en esa 'fiesta' se reunieron para hablar y recordar. Waldemar Tiinch, Miguel Ángel Samaniego y Benito Chumpi fueron guías del batallón 19. En la mesa faltaban dos de sus compañeros --el batallón tenía cinco guías civiles--, Fidel Samaniego y Héctor Peas: del primero se cree que está deambulando por Lima y que perdió la razón; el segundo murió en el conflicto. La conversación no se prolongó más allá de las 11:30 de la noche porque a esa hora se apagan las luces en el pueblo. La calle solo se vuelve a alumbrar cuando hay tormenta.

MIEDO (SAPIG).
La fallecida periodista italiana Oriana Fallaci escribió en un libro titulado "Nada y así sea" (después de cubrir la guerra de Vietnam): Bien es verdad que uno se habitúa a todo. Se habitúa a no sorprenderse porque la muerte haya pasado cerca sin advertirlo. Como ella, Waldemar Tiinch ya se acostumbró a la idea de saber que la bala que se le incrustó en el brazo derecho pudo haberle destrozado el cráneo porque no llevaba casco, solo una gorra. En ese momento sí lo sintió, tanto que hasta ahora recuerda que exactamente a las 9 de la mañana del 12 de febrero de 1995, cerca del puesto de vigilancia ecuatoriano de Coangos, él estaba tumbado boca abajo cuando el brazo le empezó a quemar y luego el cuerpo le empezó a arder porque los ecuatorianos habían lanzado morteros y las esquirlas se iban introduciendo en su cuerpo y él no podía moverse.

Nuestros soldados eran muy jóvenes y tímidos. Ellos solo disparaban sus fusiles, yo les gritaba para que ataquen con RPG (especie de lanzagranadas).

Fueron cinco minutos. Apenas hubo silencio, los efectivos de su patrulla le dijeron que regresara, que perder a un guía sería desastroso porque ellos no conocían el monte.

Waldemar vive en Santa María de Nieva. Para ir de la plaza central del distrito a su casa de madera hay que pasar junto al cementerio, ahí hay una tumba que construyeron para él: cuando resultó herido, lo trasladaron hasta el Hospital Militar, en Lima. Estuvo dos meses internado sin que su familia supiera algo de él, por eso le construyeron una tumba, por si acaso. No murió, pero su brazo no funciona bien, le duele cuando da la mano, le duele recoger plátanos de su chacra, sufre de constantes fiebres y tiene que estar tomando calmantes en todo momento. Le duele incluso coger el vaso de cerveza con la mano derecha esta noche en Santa María de Nieva.

En la mesa, frente a él, está sentado Miguel Ángel Samaniego, otro de los guías de ese batallón. Miguel Ángel estaba en el monte con su patrulla cuando se enteró de que Waldemar había sido herido; él tenía que seguir su rumbo porque la orden era llegar hasta Tiwinza.

Habíamos estado una semana comiendo frutas del bosque porque se había terminado el rancho.

A los pocos días hubo un enfrentamiento que les cambió el ánimo: después de la balacera cogieron algunas latas de carne de los ecuatorianos; a Miguel Ángel le encargaron llevar a un prisionero hasta un puesto de vigilancia peruano.

Me había agarrado su arma. Yo lo amenazaba y él lloraba, pero le dije que no le haríamos nada.

Cuando regresó del monte, le prometieron que le darían 150 soles. Nunca recibió un sol. En el 2000 les dijeron que estaban calificados como ex combatientes y los trajeron a Lima a marchar. Nada más. Eso y una medalla.

El sobrino de Miguel Ángel, Fidel, vino a Lima representando a sus compañeros para exigir lo que les habían prometido, pero desde que salió de Santa María de Nieva nadie volvió a saber de él. Dicen que se volvió loco, que quedó trastornado después de la guerra. No sería raro; cuando Miguel Ángel regresó del monte estaba deshidratado, con diarreas de tanto tomar agua de los ríos infectados por los cadáveres que se descomponían en las quebradas. De eso se curó a las pocas semanas; las pesadillas, en cambio, lo persiguen hasta hoy. A veces se despierta en la madrugada asustado, creyendo que está en un combate. Fallaci escribía que en una guerra, durante el sueño, los cañonazos resuenan como leñazos en el vientre. Ya no se duerme igual.

GUERRA (MANIAMU).
Cuando el enemigo está cerca tuyo, pero no lo puedes ver, le gritas porque sabes que la voz también ataca: ¡No me has hecho nada! ¡Sigue disparando, hijo de perra! Benito Chumpi recuerda haber estado a unos 10 metros de una patrulla ecuatoriana, pero sin verla ni ser visto. Solo disparos y gritos. Él guiaba a la primera patrulla del mismo batallón 19. Benito era amigo de Héctor Peas, que guiaba otra otra patrulla. A veces jugaban a ser héroes.

Yo le decía que íbamos a llegar hasta Quito, que hasta Quito no parábamos...

No llegó muy lejos; una bala le dañó el muslo y una granada lo hizo volar varios metros; pero peor fue el daño que sufrieron sus oídos. Cuando regresó del monte, aturdido y con la boca abierta por la presión del tímpano, no escuchaba bien. Los dolores lo persiguieron varios meses, en las noches, cuando la cabeza le retumbaba y él la escondía en la almohada, desesperado al punto de querer suicidarse. Era (es) insoportable escuchar un trueno y sentir de nuevo las granadas. Era (es) insoportable ir al monte a cazar animales, escuchar a un pato por el lado derecho y notar que está en el lado izquierdo. Su aparato auditivo no sirve para nada, casi.

Yo era normal, pero por defender mi patria ya no lo soy. Reconocen a los que mueren, pero a los que no, no. ¿Yo qué le dejo a mi hijo si me pasa algo? Una medalla no se come...

Cuando Héctor Peas --el quinto hombre de esta historia-- murió, luego de haber pisado una mina, Benito se encargó de reconocer el cuerpo, aunque cuerpo es un decir: abrió una bolsa y vio a un hombre sin piernas y con gusanos hurgando en sus cavidades faciales. El cadáver estaba descompuesto. Benito no recuerda haber sentido pena ni dolor, ni siquiera se asombró ante la imagen de su amigo hecho pedazos.

De estos cinco hombres, solo Héctor Peas recibió una pensión del Estado. Es decir, su viuda. Los demás no, solo alguna propina, los cuidados médicos básicos y una medalla. Nada más. Ellos sintieron miedo, como los soldados, comieron pólvora y tomaron agua con ají crudo para envalentonarse, como los soldados, quedaron heridos o enfermos, como los soldados, pero no reciben una pensión del Estado, como los soldados. Son las 11:30 y las luces están a punto de apagarse. Suficientes recuerdos para una sola noche.

El drama de servir como voluntario
en la guerra y recibir nada a cambio

Durante la visita a Santa María de Nieva se recogió testimonios de quienes sirvieron al Ejército como guías, pero también de los llamados 'pumas', encargados de llevar municiones y alimentos sobre las espaldas. Se reunió a unos 35 'pumas' en un salón de la municipalidad; ellos querían contar lo que vivieron y querían también reclamar por los beneficios que nunca recibieron. En realidad, como explica la congresista Fabiola Salazar (representante de Amazonas), hay una diferencia entre ex combatientes y defensores de la patria. En el reglamento de la Ley 26511 (promulgada en 1995) se identifica a los ex combatientes como aquellos que participaron de forma activa en las operaciones realizadas durante el conflicto; los defensores de la patria son aquellos que participaron de forma activa, directa y con riesgo de vida. Es decir, los 'pumas' (que estuvieron en la zona del conflicto, pero no en la línea de fuego) son considerados ex combatientes; los guías, en cambio, son considerados defensores de la patria. Los defensores tienen acceso a ciertos beneficios de salud y vivienda en caso de discapacidad o muerte. Claro, todos participaron y les corresponde reclamar, pero, como dice la propia Salazar, no hay fondos para satisfacer a todos. Luis Boggiano, designado por el Ministerio de Defensa como encargado de defender los derechos de los ex combatientes, sostiene que cualquiera que haya sufrido algún tipo de discapacidad luego del conflicto debe someterse a peritajes médicos y reclamar lo que le corresponde. Por otro lado, indica que, en caso de fallecimiento o invalidez permanente, se planea aumentar los montos que fueron designados cuando se emitió la ley.

Mañana
El lento, difícil, costoso, riesgoso y burocrático trabajo del desminado en la frontera con Ecuador