En el bosque de los objetos

Arturo Corcuera
El bíblico Noé habitó por cuarenta años los versos del poeta liberteño. en su más reciente poemario "A Bordo del Arca" (Premio Casa de las Américas 2006) cierra un notable ciclo y deja abierto uno nuevo, más contemplativo y autobiográfico

A bordo del arca
Autor Arturo Corcuera / Editorial FCE / Nacionalidad Peruana/ Páginas 144

Por Enrique Planas

Todo poema parte de un objeto: un cofre, el reloj cucú, el pino que se asoma por su ventana, la máquina de escribir, un mapamundi sobre la mesa, una figura de cerámica cocida por su hija Rosamar, el afiche del documental "La espalda del mundo", filmado por su hijo Javier. Quien conoce la casa de Arturo Corcuera podrá dar fe de que nunca se le agotarán los temas para poetizar: en barroco equilibrio, los recuerdos no dejan un centímetro libre de sus paredes. "Si tú recorres la casa, vas a encontrar todos los personajes del libro. Tú convives con ellos y te van diciendo cosas", me dice el poeta. Y tiene razón: en su último poemario, presentado recientemente en Lima y con el que obtuvo el prestigioso premio "Casa de las Américas" de Cuba, el reconocido autor de "Noé delirante" utiliza estos objetos domésticos como un pretexto para evocar su infancia, su familia, los viejos amigos y los compañeros poetas. En fin, meditar sobre el tiempo con los ojos puestos en el espejo.

¿De dónde le viene ese instinto coleccionista, esa fascinación por acopiar objetos?
No lo sé. Probablemente en un convento, en una habitación blanca y una tarima no podría escribir. Necesito ver objetos, me estimulan mucho los colores, ver frutas, máscaras. Todo eso me estimula la fabulación. Muchos objetos vienen a mí, más que yo los busque.

Podría decirse que es el poeta más cachivachero de la literatura nacional
Sí (ríe). Uno se va volviendo coleccionista con los años. Aunque no soy ningún fanático. Eso sí, hago cualquier sacrificio, o soporto toda incomodidad para traer a Lima algo que me guste; no importa el tamaño. Eso le pasaba a Neruda. Él sí era un coleccionista extremo: tenía de todo en su casa en Isla Negra: etiquetas, zapatos, botellas, ¡mascarones de proa!

Es extraño que un libro comience con un colofón. En "A bordo del arca", declara con él su intención de cerrar el ciclo de su obra reunida con el título "Noé delirante". ¿Se trata de un libro bisagra, que une un ciclo que termina con otro que comienza?
Todo en "Noé delirante" se va transmutando: los pájaros, los árboles, hay una metamorfosis permanente. También va sucediendo eso con el personaje, Noé, como lo dice la biblia, era un varón justo y perfecto, pero, poco a poco, se va fusionando con el autor del poema. En este libro encalla "Noé delirante". La nueva aventura comienza cuando su arca llega hasta aquí, en Santa Inés, (la calle de Chaclacayo donde vive, al lado de la montaña). Y entonces Noé fabula con los objetos que en el camino ha encontrado y recogido. Es un viaje interior dentro del arca, dentro de sí mismo también. A través de ello, vamos descubriendo su interioridad, su imaginario, todo lo que lo lleva a fabular

¿Cuándo fue la primera vez que consideró a Noé como personaje de toda tu poesía?
Yo nací y pasé mi niñez en el puerto de Salaverry, en La Libertad. Una vida de puerto, sin zapatos, frente al mar, con los pájaros marinos, los caracoles, los peces. Todo ello se fue quedando dentro de mí. Luego, por razones del trabajo de mi padre como vocal de la Corte, fue enviado a Huaraz, donde estuvimos dos años. Allí tomé contacto con los animales de la sierra, los pájaros del monte, el grillo, la mariposa, el ciempiés. Asimismo, una madrina me había regalado las obras completas de los grandes fabulistas, y me convertí en un gran lector de fábulas. Todo eso fue alimentando y enriqueciendo una visión que se fue expresando en los primeros poemas de Noé.

El primer "Noé delirante" salió en 1963 de la editorial de Javier Sologuren...
Noé fue un libro que nació con ángel. Javier Sologuren, que en esa época sacaba sus ediciones de La Rama Florida, recibía los libros de todos los poetas jóvenes. Un día llegó a su casa Emilio Adolfo Westphalen y le preguntó qué iba a publicar. Javier le mostró en una mesa muchos originales, y él se puso a leerlos. "Publica este", le dijo, y era "Noé delirante". Luego llegó el premio nacional (Corcuera recibió el Premio Nacional de Poesía en 1963). Fue una llave que me abrió las puertas del mundo. En España llevaba cursos con el poeta Carlos Bisoño y le mostré el poemario. "Tú tienes que continuar en esta línea, has descubierto una veta y debes explotarla. No importa que no estés en una corriente contemporánea; profundiza en ello", me dijo. Fue un consejo de oro que me abrió los ojos. Así concebí la idea del personaje de Noé como un permanente recorrido. Bisoño le habló al poeta Vicente Alexandre de mí y cuando leyó mi trabajo me dijo: "Arturo, el poema breve es muy difícil. Es como dar en el blanco teniendo muy poco tiempo para disparar, y usted lo ha conseguido". Eso me dio un gran estímulo para seguir con Noé, y así han pasado 40 años. de que "Noé delirante" parece un libro ingenuo, inocente, inofensivo, es todo lo contrario: es un libro complejo. Pero a Noé lo han tomado como un libro infantil. Lo mismo le pasó a Eguren, a quien consideraban un poeta infantil.

En esos 40 años, siempre escribió, reescribió y amplió en diferentes ediciones su "Noé delirante". ¿Cuán valido es volver siempre sobre el mismo poema? ¿Luego de publicarse un poema, el autor no debería darlo por cerrado?
No tiene por qué ser así. Siempre lo puedes perfeccionar, y yo soy un perfeccionista a rajatabla. Como muchísimos poetas, Chocano por ejemplo, creían que él no corregía y lo hacía como los diablos, y eso que tenía una facilidad para escribir torrencial. Es mentira cuando dicen que no tenía rigor. Cuando escribió Alma América dice: "Dense por no escritos los libros publicados antes de este", y con ello quemó toda su poesía anterior. ¡Chocano fue un muy buen poeta!

Aunque hoy da cierta vergüenza citarlo en las conversaciones...
Lo que pasa es que se satanizó muy temprano tras el asesinato de Elmore. Westphalen escribió un artículo sobre él, donde lo pone en su lugar como uno de los mayores poemas del siglo. ¿Que tiene cosas malas? ¡Hasta los grandes poetas las tienen! Todos. Los grandes ríos también traen tablas, piedras, hojas, lodo y también pepitas de oro.

Y en su caso, ¿hay poemas que no volvería a publicar?
En la solapa de mi libro no aparecen varios de mis primeros libros publicados. En primer lugar, fueron editados cuando estaba en la universidad. Eran poemas que leíamos con Francisco Bendezú o César Calvo; ninguno de ellos fue publicado por decisión mía, sino por haber ganado juegos florales. Nunca los hubiera publicado por mi cuenta. "Si los críticos hubieran sido inflexibles con Darío habríamos perdido a un gran poeta", me dijo una vez Vicente Alexandre, porque sus primeros poemas eran muy malos. Uno se arrepiente de ellos, y con los años vas aprendiendo a escribir. Es un aprendizaje permanente, salvo genios como Rimbaud. Los demás debemos soportar un duro aprendizaje.

Hay un objeto que aparece permanentemente en su libro: el cofre, el baúl. ¿Es un símbolo?
De niño hay cosas que avivan la curiosidad. Creo que una de las más fuertes es el baúl, un cajón que no te dejan abrir, que se convierte en un misterio. Eso siempre me ha fascinado. Siempre he conservado el baúl de mi madre, o el cofre que me traje de Egipto en uno de mis viajes.

Hay un poema sobre el baúl de su madre, en el que recuerda las dotes de su padre como poeta. ¿Es verdad que conquistó a su madre con sus versos?
Claro, mi padre tuvo mucho talento para la prosa y la pintura. Pero terminó su carrera de derecho muy joven y lo mandaron como juez a Chota, a Contumazá, pueblitos perdidos para la época.

¿Cree que esos viajes ahogaron su vocación?
¡Claro! Imagínate: casado, con nueve hijos, en un pueblito perdido al que para llegar arriesgabas la vida. Eso lo frustró. Cultivó amistades con poetas norteños como José Eulogio Garrido, colaboraba en publicaciones literarias de Trujillo. La vena artística nos viene de familia en la sangre por él. De los poemas que quise rescatar de mi padre en mi libro rescaté el que le hizo a mi madre (Recuerda en voz alta: "Gitana, yo soy gitano /que de país muy lejano, / he venido a conocerte,/ adivinando la suerte/ de todo mundo pagano...) Era un poeta de rondeles, sonetos, romances. Estamos pensando editar alguna cosita suya como un homenaje.

Él le dio a la poesía el más noble de los usos: enamorar a una mujer. ¿Usted ha conquistado a alguien con su poesía?
¡He enamorado con poesía ajena! (ríe). Con poemas de Scorza, por ejemplo. Pero sí, puedo decir que a mi mujer la conquisté con un soneto mío...