"Hay una literatura viva en el Perú"

La crítica y las narrativas peruana y latinoamericana bajo la mirada de MVLL

Por Jeremías Gamboa y Alonso Rabí do Carmo

Durante una hora, el escritor habló sobre los críticos y sus ensayos, sobre la función de la academia literaria, los narradores de su generación en el Perú y de los del "boom", de las obras que han envejecido y aquellas que quizás perduren e, incluso, de los nuevos talentos.

¿Qué opina usted de los críticos que se ocupan de sus libros y particularmente del trabajo de Oviedo?
El Dossier acabo de recibirlo y lo estoy hojeando. Algunos de los ensayos que forman parte de él los había leído ya en revistas. Mira, desde que empezaron a aparecer cosas sobre mí, no puedo decir que lo he leído todo. Leí el libro de José Miguel (La invención de la realidad), el primero que se escribió sobre mi obra, pero después he tenido un poco de resistencia a esos textos, sobre todo los muy académicos. No me siento muy cómodo, es una sensación hasta un poco impúdica. Me gusta mucho la crítica, sí; hay ciertos críticos que para mí han sido autores importantísimos, de esos que uno lee y relee...

¿Cuáles, por ejemplo?
El norteamericano Edmond Wilson. Hizo un tipo de crítica que admiro mucho y que considero necesaria, a pesar de que hoy día está disminuyendo. Hablo del ejercicio del crítico que es puente entre la literatura viva y el lector, el crítico de revistas, de periódicos, que sigue la actualidad a la vez que la ordena, discrimina, establece jerarquías, orienta al lector en el bosque de la proliferación bibliográfica. Ese tipo de crítica es indispensable porque hay una gran confusión. La falta de ese crítico precisamente ha contribuido a esos falsos valores y a esa literatura basura que a veces tiene un enorme público, un público que, a veces, por pura desinformación, lee autores de segunda y de tercera, y no la gran literatura.

Una labor crítica necesaria además en el escenario de la literatura en nuestra lengua
Además porque es una crítica que existió en América Latina. Hubo una época de magníficos críticos. En Uruguay estaban Ángel Rama o Emilio Rodríguez Monegal. En Chile hubo grandes como González Vera o Alone con sus criticas en El Mercurio. Y después tenemos lo que Eliot llamaba los "críticos practicantes", autores que han hecho crítica, entre ellos el propio Eliot. Pienso en Octavio Paz, Ortega y Gasset. En la generación del 98, por ejemplo, Azorín es un autor que yo he leído muchísimo. No tanto sus novelas, que no me interesan mucho, como sus ensayos. Gracias a él pude leer el Quijote. Yo lo intenté en el colegio y no pude, me sentí perdido por el lenguaje desactualizado de Cervantes. Cuando estaba en la universidad leí el libro de Azorín, La ruta del Quijote, y me gusto tanto que me indujo a leerlo.

En un artículo se quejaba de los trabajos últimos de George Steiner, un baluarte del humanismo, señalando que ciertos humanistas se habían banalizado.
Él escribió un ensayo en que decía que la literatura estaba muerta, que era una institución en proceso de delicuescencia, y que los medios audiovisuales iban a reemplazar la función de la literatura; que ese apetito por la fantasía, los mundos imaginarios, una realidad alternativa, hoy día lo satisfacen el cine, la televisión, las nuevas tecnologías, y que los libros son casi como los dinosaurios. Eso, dicho por Steiner, uno de los grandes humanistas contemporáneos y de los más altos representantes de la cultura escrita resultó para mí descorazonador y además absurdo.

Es curioso, porque parece actualizar la profecía famosa de Marshall McLuhan en los años sesenta. y cada vez hay más libros.
Ciertamente esas teorías fueron derrotadas por la realidad. Nunca se ha publicado tanto, aunque la literatura representa menos para quienes leen de lo que representaba en el pasado; sin embargo, está viva y en el peor de los casos lo que puede ocurrir es que ella quede relegada a un margen, que será igualmente numeroso. Eso quizá, fíjense, hasta tenga una ventaja, que desaparezca la literatura de puro entretenimiento y quede una más rigurosa, más exigente. Esa profecía de Steiner me llevó a escribir, quizás algo irritado, ese artículo. Precisamente él es un caso interesante porque ha hecho critica académica, es un profesor universitario, y durante muchos años ejerció la critica periodística, fue el crítico del New Yorker.

LA CRÍTICA ACADÉMICA
Al igual que Steiner, usted ha dictado conferencias y cursos en universidades de Inglaterra y los Estados Unidos. ¿cuál es su opinión sobre ese tipo de trabajos? Ciertas notas de prensa hace unos años señalaban que usted había quedado perplejo ante unos estudios que se leyeron sobre su obra en unas jornadas literarias celebradas en Francia.
Hay un tipo de crítica universitaria que se ha vuelto casi esotérica, aquella que usa a la literatura como un pretexto para desarrollar teorías semiológicas, lingüísticas o filosóficas y que llega muchas veces al oscurantismo, a la verborrea, a un sectarismo que la hace completamente artificiosa. Eso no me interesa nada. Incluso me alarma un poco porque creo que frente a esa crítica los jóvenes que van a estudiar letras por una auténtica vocación literaria pueden perderla. Mucha de esa crítica llega a una palabrería y a una retórica tramposa que no explica la literatura; se convierte solo en un vehículo para la vanidad. Eso ha ocurrido con el estructuralismo, con la crítica lingüística. Esas formas me parecen o muy especializadas o simplemente perversiones que no tienen que ver con la gran tradición crítica, siempre al alcance de los lectores más o menos cultos y sin pretensiones. Sin embargo, hay una crítica académica indispensable debido a que hay autores clásicos a los que es imposible leer sin ayuda. Un poeta que yo admiro quizás más que ningún otro es Góngora. No se lo puede leer sin apoyo de estudios que faciliten el acceso a su poesía tan compleja. Ahora bien, cuando yo he trabajado en las universidades, cosa que hago con mucho gusto, he encontrado cosas fascinantes.

¿Cómo cuáles?
El trabajo académico me obliga a leer de una manera muy distinta de cuando leo por puro placer. Cuando lees por placer no tienes que explicarte a ti mismo algo que vas sintiendo con la lectura, no tienes que traducir esas emociones, sensaciones y pasiones que despiertan en ti los libros bajo un lenguaje racional. Entonces debes hacer un esfuerzo de análisis, de racionalización que yo hago con muchísimo gusto, siempre y cuando pueda elegir los autores y los temas.

De experiencias así salieron muchos libros suyos, como el último sobre Víctor Hugo.
De ahí han salido muchos, por supuesto. Ese libro sobre García Márquez. (Pausa). Ya me olvidé el título del libro sobre García Márquez (risas).

Historia de un deicidio.
¡Ah! Historia de un deicidio, claro. Después hace muy poco he dado un curso sobre Juan Carlos Onetti en Georgetown, y bueno, de ahí ha salido un pequeño ensayo. Siempre me gustó Onetti pero nunca lo había leído de una manera sistemática, tomando notas. en este semestre que tuve que hacerlo se enriqueció muchísimo mi placer, mi lectura de él. Y ahora lo admiro más de lo que lo admiraba antes.

Mucha gente espera un ensayo suyo sobre Faulkner, a quien leyó con apuntes, tomando notas.
Pues, mira, no me atrevería. He escrito sobre él pero se ha escrito tanto y hay tan buenos ensayos, y además es una obra tan rica, tan inmensa, que solo pensar en el tiempo que me tomaría entrar en él ya me desanima (risas). Pero es un autor que siempre releo. El año pasado releí Absalón, Absalón y realmente pensé qué extraordinario escritor. Es un escritor que nunca me ha decepcionado, a diferencia de otros que se me han caído.

EL BOOM
Habla de autores que se caen y de otros que no. ¿Qué percepción tiene de las producciones actuales de los autores del boom? Una vez dijo que Rayuela había envejecido muchísimo.
Rayuela fue una novela que nos deslumbró, sobre todo porque demostró las posibilidades casi infinitas de la experimentación literaria. Creo que es una extraordinaria obra experimental y que a partir de todo lo que se ha escrito después ha perdido la novedad. Ya no es novedoso introducir el juego verbal, conjugar de ese modo el tiempo, los puntos de vista, usar los collages. todo eso suena a algo fechado, ¿no? Creo que es un libro importante pero que el tiempo ha hecho que pierda creatividad, originalidad. Hoy me parecen más importantes los cuentos de Cortázar que Rayuela. De Carlos Fuentes sigo prefiriendo los dos primeros libros, La región más transparente y sobre todo La muerte de Artemio Cruz. Acaso la pasión experimental y la devoción a la moda no han enriquecido su obra posterior. Se trata de una obra que es muy dependiente de la actualidad estética.

Quizás guareciéndose de eso sus propias novelas van ocultando el lado técnico de la primera etapa.
Te refieres a La casa Verde, y la culpa la tiene Faulkner. Creo que él está muy presente ahí. Es una novela en la que quería contar una historia y en la que terminé contando una historia pero mostrando una técnica, que es lo que no debe hacer una novela; ésta debe servirse de la técnica pero no mostrarla, pero no creo que ocurra en las otras novelas.

Hubo una encuesta última de la revista Semana, de Colombia, de alcance continental, sobre las obras maestras de los últimos 25 años en nuestra lengua. La encabezan una novela suya y una de Gabriel García Márquez pero seguidas por dos novelas de Roberto Bolaño.
¿Cuáles?

Los detectives salvajes y 2666.
Los detectives salvajes me parece una magnífica novela. Es muy ambiciosa, de la que me gusta sobre todo la primera parte, antes de que se desate la intriga policial; esas cien primeras páginas de descripción de México, del grupo real visceralista del cual forma parte el narrador, me parecen admirables, por la textura, naturalidad, y por la forma como se va creando una atmósfera pesadillesca, espléndida. Luego la novela se vuelve mucho más literaria, con la intriga detectivesca, pero es una novela que va a contracorriente de lo que es la moda, que más bien prescribe hacer una literatura ligera, breve. Bolaño fue un escritor muy interesante en la línea de los escritores ambiciosos que son los que a mí me gusta leer.

Manuel Puig y Guillermo Cabrera Infante han sido leídos como la introducción de cierta estética posmoderna o de la sociedad del espectáculo en la literatura latinoamericana. Usted fue un defensor de la obra de Cabrera y no necesariamente de la de Puig, ¿eso ha cambiado con los años?
Yo creo de Guillermo que escribió una obra maestra, Tres tristes tigres. Es una novela en la que él consiguió que la fantasía verbal, cosa que es peligrosa porque te puede hacer caer en el puro exhibicionismo, se equilibre con una historia que contar, una que describe esa Habana pre revolucionaria de la diversión, prostitutas, gangsters y cabarets, un mundo que él conocía muy a fondo. Aprovechó muy bien toda su cultura de la literatura norteamericana, y su cultura cinematográfica y musical. Para mí es una obra notable. Después escribió cosas interesantes pero nada a la altura de esa obra maestra.

¿Y Puig? Él también usa esos referentes de la cultura popular y lo mediático.
Mira, yo creo que Manuel Puig era un escritor brillante, sobre todo un escritor de imágenes en el cual el cine es más visible, porque aunque Guillermo sabía muchísimo de cine, sabía muchísimo de literatura también. Manuel Puig era una persona que de literatura sabía muy poco. Sabía de música, de películas, pero no era lector y tenía grandes vacíos en su formación literaria. Creo que eso es algo que de todas maneras está presente en su obra, que me parece literatura light brillante, magníficamente bien elaborada, muy bien construida, pero en función de imágenes, no de ideas, y yo creo que al final lo que prevalece, lo que dura, lo que permite a una obra pasar la prueba del tiempo son las ideas, no las imágenes.

Vayamos al otro extremo. Hemos hablado de las universidades, de las ideas, y parece haber una literatura que privilegia estas; por ejemplo la de Ricardo Piglia.
Es una literatura ensayística, libros en los que la creación y reflexión se confunden, novelas que parecen ensayos disfrazados, un género con vasta tradición sobre todo en la literatura alemana. Pero, mira, como lector yo prefiero la aventura. Para mí es fundamental. Por eso entre dos escritores extraordinarios, uno fundamentalmente épico y otro que es de ideas, yo prefiero al épico. Entre Tolstoi y Dostoievski, con toda la admiración que le tengo a Dostoievski, si ustedes me ponen ahora una pistola y me dicen elige, elijo a Tolstoi.

VUELTA AL PERÚ
Pensando en críticos humanistas, críticos ensayistas, mirando el Perú, ¿qué críticos tendrían para usted ese perfil?
Bueno, ¿quiénes han hecho en el Perú critica literaria?

Recuerdo que menciona a Cornejo Polar de manera muy amarga en su ensayo sobre José María Arguedas.
Él hacia un tipo de crítica ideológica que me parecía muy artificiosa. Quizás esté mal criticar a alguien que hizo una obra y escribió sobre literatura peruana pero la verdad es que la critica de Cornejo Polar a mí nunca me propició la lectura de ningún autor, ni siquiera me enriqueció la visión problemática de una literatura porque la encontré muy sesgada ideológicamente, artificiosa, poco profunda a pesar de que tenía un conocimiento serio, académico. Si la comparas con la crítica de José Miguel Oviedo, una crítica que a mí me parece más realista, más seria y sustentada en el amor a la literatura, aquella palidece. El problema de ciertos críticos es que uno se termina preguntando si realmente les gusta la literatura. José Miguel, siendo frío, rezuma clarísimamente amor por la literatura, no es un crítico al que la universidad le congelara la emoción del lector, la emoción virginal pura de quien llora o se enfurece con lo que lee. Yo creo que si eso no está en la base, la crítica se pierde el elemento vital de la literatura.

La academia adormecería el acercamiento de carácter vital a la literatura.
Y fomenta, muchas veces, una crítica vanidosa o una que cumple más con una rutina académica. Hay una especie de crítica que está ahí simplemente para cubrir un currículo, esa obligación del "publicar o morir" que prima en las universidades de Estados Unidos: hay que publicar aunque nadie lea lo que publicas y aunque te aburras tú mismo escribiendo extraordinariamente (risas). No sé, muchos de esos profesores han convertido lo suyo en una actividad tan absolutamente racionalizada que han perdido el gusto, ya no saben qué cosa es buena o mala.

¿Qué tal Luis Alberto Sánchez? Fue su profesor, amó la literatura.
A Luis Alberto Sánchez yo lo tuve de maestro, era un extraordinario profesor de literatura que contagiaba a sus alumnos su entusiasmo por los autores y por los libros. Por culpa suya yo hice mi tesis de bachiller sobre Rubén Darío, porque su seminario sobre él fue tan bonito, tan ágil, tan ameno, que te empujaba a leerlo al salir de la clase. Yo le tengo mucho cariño a él. Ahora, Sánchez leyó muchísimo en su vida y era una especie de fábrica de artículos y de libros pero escribía muy mal, tenía muy mal gusto y su prosa es de unas huachaferías insignes. De su Historia de la literatura peruana (se ríe) se puede decir lo que decía Borges sobre la historia y la literatura argentinas escrita por Ricardo Rojas: que es más grande que la literatura argentina misma. La de Sánchez es más grande que la literatura peruana, y aunque desarrolló una obra descomunal, es muy desigual. Hay en ella, pese a eso, libros muy bonitos como las biografías de Manuel González Prada y la de José Santos Chocano.

Hace poco apareció una encuesta de Hueso Húmero sobre literatura peruana en la que participaron muchos escritores, críticos.
Sí, a mí me escribió Abelardo (se refiere a Oquendo). Yo no quise participar porque esas encuestas me parecen equivocadas. Eso de tratar de decidir por votación quién es el mejor escritor y quién el peor me parece equivocado. Está bien para los futbolistas. Pero entre buenos escritores es muy difícil establecer esa jerarquía, es arbitrario, un poco provinciano también, y por otra parte, entre los malos, ¿para qué establecer jerarquías? Por otra parte, las encuestas las hace el tiempo en literatura. Nosotros no podemos ahora anticipar. Uno puede decir de esta época que Borges va a quedar, pero ni siquiera eso es algo tan absolutamente seguro.

Sin embargo, hay fenómenos interesantes, como la movilización en el gusto de los lectores hacia la obra de Luis Loayza.
Ah, eso sí es muy interesante. Lucho ha publicado muy poco pero todo lo que ha escrito es muy fino, exquisito, de un enorme rigor literario y eso es un buen síntoma, sobre todo porque debe revelar el gusto de escritores jóvenes.

Y hay otros escritores coetáneos suyos que han empezado a tener un lugar en el canon, Edgardo Rivera, Miguel Gutiérrez.
Eso refleja una realidad inapelable: hay una literatura peruana viva, con autores que pasaron inadvertidos por un tiempo y ahora forman parte de la actualidad. Quizás lo mejor de todo eso es que podemos ver que hay un público que lee autores peruanos. No sé si se puede decir que haya una crítica que los siga. Tal vez la haya. Yo no lo sé. Como les dije yo no sigo esa actualidad porque no vivo aquí y últimamente tengo muy condicionadas mis lecturas. Pero de que hay una literatura viva en el Perú de hoy en día, sin ninguna duda. Hay que decirlo sin caer en nacionalismos, cosa tan peligrosa, pero se trata de una realidad inobjetable.

Pero habrá cosas que ha leído y le han interesado.
La última novela de Roncagliolo, por ejemplo, me parece una novela muy interesante en ese intento de mezclar una historia policial en un contexto social y político específicos, su descripción de la Semana Santa en Ayacucho me parece muy creativa, muy original. Me pareció una novela lograda. He leído también las últimas novelas de Alonso Cueto, que me gustaron mucho, sobre todo la última. Se trata de dos casos que tengo en mente y que me han causado una magnífica impresión.