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Sudáfrica: estigma y escasa información sobre violencia sexual

Viernes por la tarde en la comunidad de Boitekong, ubicada en el cinturón de platino de Sudáfrica: las calles de tierra están ocupadas por mineros fuera de su turno vestidos con monos de diferentes colores. En los patios y en las esquinas, los hombres trabajan manipulando televisores y motores de automóviles, con sus botellas de cerveza de final de semana en la mano. Un grupo de hombres que está en la parcela de un negocio de reparación de coches invita a los trabajadores de Médicos Sin Fronteras (MSF) a sentarse un rato con ellos. Son...

Viernes por la tarde en la comunidad de Boitekong, ubicada en el cinturón de platino de Sudáfrica: las calles de tierra están ocupadas por mineros fuera de su turno vestidos con monos de diferentes colores. En los patios y en las esquinas, los hombres trabajan manipulando televisores y motores de automóviles, con sus botellas de cerveza de final de semana en la mano. Un grupo de hombres que está en la parcela de un negocio de reparación de coches invita a los trabajadores de Médicos Sin Fronteras (MSF) a sentarse un rato con ellos. Son promotores comunitarios de la salud, caminantes diarios de estas calles, que se han dedicado a sensibilizar sobre las graves consecuencias para la salud de la violencia sexual y sobre cómo las enfermedades relacionadas se pueden prevenir o reducir con el acceso a tiempo a atención médica adecuada. Las mujeres entregan a los hombres varias tarjetas de información y dos paquetes de preservativos: uno amarillo y otro rosa, de plátano y fresa.

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Promotoras de salud de MSF realizan actividades de sensibilización en el municipio de Boitekong, en Rustenburg, Sudáfrica ©Siyathuthuka Media

“A menudo, cuando una mujer dice que ha sido violada, en realidad no lo ha sido”, dice el propietario de la parcela, un mecánico. “Una mujer puede acostarse con un hombre y luego decirle ‘págame 5.000 rands (unos 395 dólares) o te acusaré de haberme violado”.

El intento del mecánico de poner al hombre como la víctima es inmediatamente refutado cuando sus amigos aúllan y silban a una mujer que está paseando por la calle con su pareja. La ropa que lleva no es especialmente reveladora, pero el mecánico aún sostiene: “Te lo aseguro, en cinco años las mujeres pasearán desnudas por la calle”.

Los promotores de salud ya han escuchado demasiado y se levantan para irse. Los actos de violencia sexual son sorprendentemente comunes en las comunidades del ‘cinturón de platino’ y ni la vergüenza por parte de las víctimas, cambia el hecho de que los agresores son casi todos hombres y las que padecen el terrible sufrimiento de una violación son, de forma masiva, las mujeres. Para explicar la razón de la escalada de la crisis hay que saber que, en 2015, MSF realizó una encuesta en la ciudad de Rustenburg, en la que se demuestra los boitekong mienten y revela que una de cada dos mujeres de entre 18 y 49 años ha experimentado alguna forma de violencia sexual, mientras que una de cada cuatro ha sido violada alguna vez en su vida.

“También hay mucha rabia y frustración, porque sus condiciones de vida son muy duras. De hecho, muchos hombres y mujeres viven en mkhukhus, pequeñas chozas, que están cerca de los ríos”, asegura Lydia Ganda, una de las promotoras de salud. La estructura de la comunidad tiene lagunas en esta zona, porque la mayoría de personas que viven aquí son migrantes de otras partes de Sudáfrica o de otros países africanos. Vienen a buscar trabajo en las minas, pero muchos no encuentran nada, especialmente las mujeres, que terminan dependiendo de un hombre para sobrevivir económicamente. La gente bebe mucho, pero obviamente esto no puede ser una excusa para la violación”.

Dineo Lekone (nombre ficticio) fue violada el día de su cumpleaños, en septiembre de 2016, por un hombre al que conocía. “Habíamos estado bebiendo en Brits (Provincia del Noreste) con mi novia y algunos de sus amigos. Cuando mi novia desapareció, mi amigo varón se ofreció a llevarme a una gasolinera para conseguir saldo y así poder llamarla”, relata Lekone.

En lugar de volver con ella al bar, el amigo de Lekone condujo hasta el aparcamiento, donde la amenazó con matarla y tirar su cuerpo al Crocodile River si no le dejaba “hacer lo que él quisiera conmigo”.

De las aproximadamente 11.000 mujeres y niñas que son violadas en Rustenburg y sus alrededores cada año, solo el 5% lo notifica en una institución sanitaria, pese al hecho de que el VIH y otras enfermedades de transmisión sexual son potenciales consecuencias de una violación, al igual que los desórdenes psicológicos y embarazos no deseados. El estigma tiene parte de la culpa: el mecánico y sus amigos son la representación de una terrible tendencia social de poner la culpabilidad de las violaciones del lado de las víctimas. El escaso conocimiento de la disponibilidad de tratamientos es otra parte del problema. MSF ha descubierto que una de cada dos mujeres no saben que el VIH es se puede prevenir tras la violación.

Incluso si más mujeres lo supieran, el hecho importante sigue siendo que los servicios esenciales para supervivientes de la violencia sexual brillan por su ausencia. Según un reciente informe de MSF, tres cuartos de los establecimientos designados para proporcionar servicios a las supervivientes de violaciones no pueden dar atención integral.

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Actividades de sensibilización de MSF en el municipio de Boitekong, en Rustenburg, Sudáfrica ©Siyathuthuka Media

Constance Phiri (nombre ficticio) luchó para encontrar atención tras ser víctima de una violación grupal por parte de tres intrusos que entraron en su casa en mayo de 2015. La policía la llevó al centro de salud de la comunidad más cercano, donde descubrió que “la clínica no tenía enfermera ni kits de agresión sexual”. Phiri tuvo que ser trasladada al Hospital de Brits, que estaba a una hora de distancia. Allí pudo acceder a los servicios médicos y clínicos que necesitaba.

“Volví otra vez a por asesoramiento y, tras tres sesiones, me empecé sentir más fuerte. Muchas mujeres no van a instalaciones preparadas para atenderlas tras ser víctimas de una violación, porque no ven marcas en su cuerpo, pero yo podría estar muerta hoy si no fuera por el asesoramiento que recibí: me habría suicidado. Tenemos que ser capaces de tener estos servicios como mujeres, y tenemos la necesidad de utilizarlos”, asegura Phiri.

MSF trabaja desde 2015 para capacitar a varias instalaciones de salud pública, conocidas en el ‘cinturón de platino’ como ‘Kgomotso Care Centres’, proporcionando un paquete completo de servicios médicos (incluyendo servicios clínicos forenses), así como servicios psicológicos y sociales para supervivientes de violencia sexual. Sin embargo, durante un largo periodo, el número de pacientes que acudieron a los ‘Kgomotso Care Centres’ se mantuvo por debajo de lo esperado. Los culpables, el estigma y los bajos niveles de sensibilización hacia los tratamientos.

Para atraer a un mayor número de personas a la atención médica y clínica, MSF sensibiliza a las comunidades, por un lado, mientras que por otro muestra las historias de personas en diferentes contextos. Los promotores de salud como Ganda trabajan en los asentamientos del ‘cinturón de platino’ a diario, advirtiendo a la gente de la importancia de la atención sanitaria para sobrevivientes de violencia sexual. En noviembre de 2017, se lanzó una campaña de marketing dirigida a múltiples audiencias con mensajes adaptados sobre las características y la disponibilidad de los servicios de los ‘Kgomotso Care Centres’. MSF ha empezado a dar visibilidad a la violencia sexual en comisarías de policía y en organizaciones sociales donde muchas sobrevivientes de violaciones lo cuentan y se enlaza a las víctimas con los servicios que necesitan.

Esta estrategia de cooperar a través de las redes de las comunidades del ‘cinturón de platino’ parece estar funcionando: las cifras de las instituciones locales están aumentando. Mientras la luz se desvanece en la comunidad de Boitekong, el equipo de promotores de salud de MSF conversa en sus puestos mientras desempeña su labor: “Nos ha llevado dos años, pero ahora somos realmente bienvenidos aquí. Más sobrevivientes que nunca nos están escuchando y están recibiendo atención”, afirma Ganda, aunque añade que pasará mucho tiempo antes de que la prevalencia de la violación empiece a disminuir.

“Para que se produzca este gran cambio social, Gobierno, ONG, sociedad civil, organizaciones sociales y otras estructuras comunitarias tienen que unirse y cooperar de cerca durante un largo periodo de tiempo”, sentencia.

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