Guayabera forever
Guayabera forever
Jaime Bedoya

Jefe de contenidos calificados

jbedoya@comercio.com.pe

Antes de ser Guayabera Sucia, Guayabera Sucia tenía tres guayaberas. Una propia, otra que le dio su hermano, y la última, regalo de Camucha Negrete. Las tres del mismo color: amarillo. La reiteración del uso de la camisa caribeña en los pasadizos astrosos de Panamericana Televisión como rasgo de estilo provocó la vertiginosa sinapsis viperina en la materia gris, esa galaxia inconquistable, de Augusto Ferrando. Lo rebautizó como Guayabera Sucia y como Guayabera Sucia murió.
    Antes de ser Guayabera Sucia, Guayabera Sucia tenía dos nombres. El primero de nacimiento en una familia de catorce hermanos, refrendado ante pila bautismal chinchana empapada en ascendencia genovesa afín a la ópera y el trino lírico: Rodolfo Rumildo Curotto Cruzado. El segundo, Álvaro González, era un supuesto homenaje a un tenor chalaco digno de mayor renombre aunque en secreto lo que quería ese seudónimo era evitar la posibilidad de una rima infame con la última sílaba de su apellido italiano[1].
    Antes de ser Guayabera Sucia, Guayabera Sucia era puntal del radioteatro peruano, donde su timbre de voz imponía gravedad a los pormenores melodramáticos. Su tesitura barítona complementaba además las abrasivas cuerdas vocales de su colega Fernando Farrés cuando juntos componían el dúo Los Michis, interpretando con excelencia sentimental las composiciones del maestro Agustín Lara y afines. Los Michis se llamaban así tanto por las corbatas que usaban como por la similitud de su canto con los aullidos de los felinos en celo.
    Antes de ser Guayabera Sucia, Guayabera Sucia era maestro de teatro en el Mercedes Cabello de Carbonera y el Alfonso Ugarte. Allá por 1968, remontando las crispaciones propias de un régimen militar, el profesor Curotto se valía de una maqueta de cartón con figuritas a escala para explicar el misterio del escenario, los secretos de la tragedia y la comedia, las grandezas griegas legadas a la humanidad, resumidas en la profundidad filosófica replanteada por la escuela Ferrando, esa galaxia inagotable, en la diferencia entre un desnudo griego y un cholo calato.
    Cuando ya era Guayabera Sucia, Guayabera Sucia tenía un auto. Un Dodge también amarillo, en cuya maletera transportaba el preciado soporte material que hacía posible el desarrollo de su vena histriónica: quesos frescos que comercializaba con gran habilidad en La Parada. Cuando peatón contaba con un maletín estilo James Bond, donde entraban cómodamente dos moldes de queso, así como peines, libretitas, lapiceros y demás cautivantes baratijas que le permitían seguir siendo actor y profesor por amor al arte y gracias al auspicio cómico de Guayabera Sucia.
    Siendo Guayabera Sucia, Guayabera Sucia no tenía televisor, prefería escuchar música clásica. Seguía siendo el apasionado de la cultura helénica, el rito mágico de Dionisio, dios del vino y el teatro, un caballero a la altura de su señorío vocal y catedrático del arte escénico aun bajo condiciones extremas. Tales como el sketch de “La banda del Choclito”, donde derrochaba estoicismo y compostura en su fina caracterización del ladrón incompetente y desaseado cada vez que el acondroplásico Petipán le tiraba una cachetada con el puñito cerrado aplicando method acting al papel de Choclito. O cuando el locutor en off se regodeaba al describir la falta de higiene del personaje Guayabera Sucia señalando, por ejemplo, que era tan sucio que al llevar su guayabera a la lavandería le preguntaban si la lavaban o la freían.
    Y Guayabera Sucia, incólume, se mantenía en el personaje, reprimía la risa, pensaba en Aristófanes, en sus quesos y en su Dodge. Murió sin TV, sin plata, sin enemigos ni agradecimientos. Morir es fácil, lo difícil es hacer comedia. Guayabera Sucia murió limpio.

[1] “Curotto, bésame el poto”, según reveladora entrevista de Eduardo Abusada: https://tinyurl.com/juk27cp.