La historia del sereno de Barranco asesinado por criminales
La historia del sereno de Barranco asesinado por criminales
Ana Briceño

Dos horas antes de morir a causa de una bala que le impactó el brazo izquierdo y le atravesó el corazón, el sereno más temerario de , Gregorio Godínez Montero, le escribió un mensaje a su hija de 11 años, a través de Facebook: “Quiero que comprendas mi trabajo. Te quiero mucho. Recuerda que siempre estaremos juntos”. 

Era sábado, 10 de la noche. Godínez escuchó la alarma. Tres asaltantes habían robado a una pareja de enamorados en el cruce de los jirones Miraflores y Atahualpa, una de las zonas barranquinas donde la delincuencia gana terreno. 

El sereno, de 44 años, se subió a la camioneta de patrullaje con el ímpetu que tienen los valientes y fue en su persecución, a pesar de que sería un enfrentamiento desigual: tres hampones armados contra él, que ni siquiera tenía un chaleco antibalas que lo protegiera. 

Mientras huían en motos, uno de los ladrones disparó tres veces a Godínez. Una bala le dio en el corazón y la camioneta se estrelló contra un árbol. 

El alcalde de Barranco, Antonio Mezarina, le dijo a la familia: “Era el mejor de todos. Con cinco Godínez se acaba la inseguridad en este distrito”. El sereno ganaba S/1.550 al mes para luchar contra la inseguridad. 

–Nacido para combatir–
Con la mirada absorta en sus celulares, tres hermanos de Gregorio observan los reportajes televisivos, de distintas fechas, en los que el sereno aparecía narrando con lujo de detalles a los periodistas cómo había capturado a ladrones de celulares y carteras, la mayoría de veces sin apoyo de la policía. 

Según las normas, los serenos siempre deben hacer patrullaje acompañados por un policía. Eso casi nunca sucede en Barranco. El alcalde y el comisario de la comuna se echan la culpa mutuamente por esa dejadez, que cobró la vida de Godínez. 

Los hermanos del sereno están sentados alrededor de una mesa en su casa ubicada al fondo de una quinta, a espaldas de la parroquia Santiago Apóstol, en Surco. La madre prefiere refugiarse en la cocina. Ha tomado pastillas para adormecer el dolor que causa perder a un hijo. 

“Nunca nos escuchó cuando le decíamos que renuncie a ese trabajo porque era peligroso y le podía pasar algo. ‘Si tengo que morir defendiendo a la gente, qué le voy hacer, pues, es parte de la vida’, respondía”, rememora Julio, hermano del sereno, mientras Isabel, la mayor, se seca las lágrimas. 

Cuando terminó sus estudios en el colegio, Gregorio prestó servicios en la Marina de Guerra. La disciplina impartida formó su carácter y personalidad, aunque nunca perdió su vivacidad y picardía. 

Eran los años 90 y fue destacado para luchar contra el terrorismo en la provincia de Rioja (San Martín), cuna del adiestramiento de los ‘pioneritos’. Un compañero suyo perdió la vida en plena batalla con los terroristas, pero él jamás doblegó su propósito en la selva.

Llegó a Lima con la adrenalina de seguir combatiendo, de guerrear contra el mal, pero ahora era solo un civil desarmado. Entonces, buscó trabajo y lo encontró como vigilante de algunos casinos miraflorinos. A la par vendía cebiche. 

Cuando veía que alguien abusaba de una mujer, se metía para defenderla. “Para qué te metes, no es tu rollo”, le reclamaban sus amigos. “No voy a dejar que la maten para recién reaccionar”, respondía. 

Hasta que un día se le presentó la oportunidad de trabajar en el equipo de seguridad de Surquillo y por fin pudo encauzar su vocación justiciera. Ese fue el inicio de una serie de trabajos como agente de seguridad en municipios. 

El día del velorio, la quinta estaba llena de serenos de distintos distritos que lo conocían y otros que se identificaban con ese deseo de lucha. Era padre soltero y quería ser bombero voluntario.

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