Reglas de urbanidad, por Gonzalo Torres
Reglas de urbanidad, por Gonzalo Torres
Gonzalo Torres

Hace dos domingos, por citar de memoria a Porras Barrenechea, cometí un gazapo imperdonable pero entendible: confundí a urbanistas con urbanizadores, dándole el foco a los primeros. La frase correcta es “de los alcaldes, de los terremotos y de los urbanizadores, líbranos Señor”, y sale a colación que los urbanistas y los urbanizadores son dos especies distintas cuyo campo de acción es el mismo: la ciudad. Los urbanistas, los cuales hay muy pocos y en la época de Porras eran prácticamente nulos, piensan acerca de la ciudad; los urbanizadores hacen la ciudad. Los urbanistas tienen un fin académico; los urbanizadores, un fin crematístico, por lo que ambas visones pueden chocar una con otra.

Desde la Revolución Industrial, el fenómeno urbano cobró importancia en tanto debía sostener a la masa de trabajadores que iban apareciendo y la migración del campo a la ciudad se aceleró. Con el hacinamiento se dieron cuenta de que la distribución espacial de la ciudad debía guardar cierto orden y reglas para que los servicios puedan llegar a todos y los espacios públicos le den respiro a la retícula de inmuebles. Desde la fundación de Pizarro, la ciudad de Lima se trazó no solo incluyendo los solares, sino también los espacios públicos como la Plaza de Armas y los atrios que se forman delante y en la acera opuesta de la fachada de las iglesias, también se establecieron pilas públicas de agua para surtir a la ciudad en lugares estratégicos, incluso espacios de segregación como el Cercado de Indios tenían su propio trazo y razón.

Inmenso salto al presente, y pasando por alto la historia de cómo se pobló Lima, nos encontramos en una ciudad caótica, sin espacios para distribuir, sin equilibrio en densidad y con una presión inmobiliaria que viene por un lado con las invasiones y por otro con las urbanizadoras que buscan espacios para proyectos inmobiliarios, para centros comerciales, colegios, universidades, industria, etc., dejando entre ambas casi ninguna posibilidad de espacios públicos ni espacios reservados para ampliaciones de infraestructura urbana.

No hay cómo construir vías sin expropiar, por ejemplo. Conjuntos residenciales como San Felipe son excelentes porque son pequeñas ciudades en sí mismas, con áreas públicas, de recreación, áreas educativas, áreas comerciales. Las nuevas y grandes urbanizaciones que se están haciendo no contemplan esta visión, obligando a la movilidad en auto de sus habitantes. Lo mismo pasa con algunos edificios en donde se puede aprovechar el primer piso como área comercial (en lugares en los que la zonificación lo permita) y evitar en mucho que la gente tenga que sacar el auto, una ciudad con menos autos y más peatones. Los urbanizadores son los que están construyendo la ciudad, a falta de reglas claras del Estado, y tienen una responsabilidad que no siento están asumiendo: la de construir una ciudad sostenible.

Si los urbanistas y urbanizadores dejaran de mirarse de reojo sería un buen primer paso.