Redacción EC

NELLY LUNA AMANCIO
nluna@comercio.com.pe /

EL DEDO MÁS FAMOSO DEL SON
–¿Quieres saber cómo perdí el dedo? Te voy a contar por qué me quedé así y por qué este dedo que me falta me dio la fama.

El abuelo de Ricardo Bustamante era carpintero y “le gustaba tener sus herramientas bien afiladas”. Tenía 2 años, todos los dedos completos y su abuelo cortaba un tablón. El pequeño Ricardo decidió apoyar su mano izquierda sobre la mesa. El abuelo pasó el serrucho con fuerza. “Dicen que grité. Cuando mi mamá llegó, yo ya sangraba un montón”, me dice y extiende su mano izquierda mostrando la antigua cicatriz. “¿Quién iba a pensar que yo iba a explotar la falta de este dedo para mi nombre artístico, no?”.

LAS TRES CARABELAS
Acorralado por locales partidarios, fotocopiadoras y el endemoniado ruido del tránsito en hora punta, Las Tres Carabelas abre sus puertas todos los martes a las 7 de la noche para recibir a los seguidores del ‘Mocho’ Bustamante, el director del sexteto que interpreta hace más de 30 años las canciones de esa revolución musical llamada . Nada en la calle delata lo que se estremece y mueve aquí adentro. Los balcones interiores coquetean con el pasado: el escenario parece un refugio de La Habana vieja. 

Todo ritual tiene una leyenda. El ‘Mocho’ Bustamante es el ícono popular de la sonora en el Perú. Desde 1957 –cuando tenía 17 años– su vida está vinculada a La Sonora Matancera y, desde entonces, interpreta sus canciones, narra sus historias y recuerda las anécdotas que lo llevaron a México y Ecuador, que lo acercaron a Celia Cruz, Daniel Santos, Leo Marini, Carlos Argentino y Rogelio Martínez, el director del grupo cubano más popular de la historia.

Cada martes, el ‘Mocho’ atraviesa Lima desde su casa en el Callao, llega al Paseo Colón, e inicia a las 7 p.m. el ritual matancero. “Yo reviví la sonora, cuando todo el mundo se concentraba en la salsa. Me decían, ‘Mocho’, estás loco, y ya vez”, cuenta. Más de 60 parejas bailan en el estrecho salón. El ‘Mocho’ golpea los timbales y comienza el espectáculo. Pantalón blanco y camisa floreada. Sudan sus 76 años, pero sus manos están firmes. La música retrocede al tiempo: cada época tiene sus movimientos. 

EL SON DE DON 'CARLITOS'
La sonora del ‘Mocho’ interpreta la Momposina y don ‘Carlitos’ Madrid –77 años, camisa a cuadras, zapatos lustrados, plasticidad adolescente– inicia su ritual de los martes. Mira con atención –no, en realidad, ausculta– a las damas sentadas. Abandona su silla, se acomoda el sombrero y va directo a una de las damas que se abanica el rostro. Hace una venia y la invita a bailar. “Porque es muy linda mi rosa momposina...”.

Don ‘Carlitos’ ha fundado en Las Tres Carabelas una nueva semiología del cuerpo: es imposible seguir sus pasos, el movimiento pasa de sus pies, a las rodillas, después a la cintura, luego a los hombros. Su cuerpo –pequeño y delgado– reta a la gravedad: Don ‘Carlitos’ no baila, flota. Todo en él se mueve, menos su sombrero. Dicen que el ritmo es un asunto genético, aquí todos lo han heredado.

“No practico, solo sigo el ritmo. El oído es todo”, dice este señor de inagotable energía. Al final de las tres horas de intenso baile, don ‘Carlitos’ termina con la camisa empapada. Siempre lleva otra para cambiarse. 

EL BOLERO, UNA FORMA DE QUERER
Se equivoca quien cree que bailar un bolero es fácil. Miente quien asume que es cuestión de técnica. Se engaña quien asegura que puede disfrutar de sus letras sin haber sufrido alguna pena de amor. Para bailar un bolero –me dice el ‘Mocho’ Bustamante– hay que haber amado. No hay técnica que valga sin estremecimiento. Lo sabe esta parejita que baila –con la memoria que los años ofrecen a sus cuerpos– sin salirse de ese pedazo de piso que han ocupado. “Mírame, miénteme, pégame, mátame si quieres, pero no me dejes...”.

Desde el escenario el ‘Mocho’ disfruta lo que ve. “Tengo mis seguidores, ellos respetan mi trayectoria, de mi música”, nos dijo una semana antes en su casa, mientras mostraba los gruesos álbumes de fotos en blanco y negro donde él aparece con las estrellas de La Sonora Matancera, en 1957 y luego en  los 90. “Este está muerto, él está vivo. Los demás muertos, imagínate. Yo no sé por qué estoy vivo”. Sus seguidores no son solo herederos de la Matancera, lo son también de un tiempo, donde el baile era una forma ceremoniosa del amor.