(Foto: Netflix)
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José Carlos Yrigoyen

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Si alguien hubiera augurado un año atrás que la serie televisiva más exitosa del 2020 se centraría en las peripecias de una joven ajedrecista, nadie nos habría culpado por expresar nuestro escepticismo. Lejana está la época en que confrontaciones estelares del deporte ciencia, como la de Fischer-Spassky, en 1972, o las que inmortalizaron la rivalidad de Kárpov y Kaspárov, concitaban atención planetaria. No obstante, “Gambito de dama”, logrado producto de Netflix, rebasó las expectativas. Indiscutible fenómeno cultural, ha resucitado el interés colectivo por los escaques y los trebejos. Como si eso fuera poco, nos ha regalado la oportunidad de acercarnos a la novela homónima que Walter Tevis, publicó en 1983. No es un desconocido: cuenta con estimados títulos como “The Hustler” y “El hombre que cayó a la Tierra”, pero ninguno se aproxima a la perfección de “Gambito de dama”

Tevis nos relata, con maestría, la historia de Beth Harmon, niña de ocho años enclaustrada en un orfanato del Kentucky de los cincuenta, que un día conoce el ajedrez gracias al conserje. Pronto demuestra su asombrosa habilidad para elaborar partidas enteras en la mente. Empieza arrasando en los clubes de aficionados, luego tritura contrincantes en los campeonatos estatales y no mucho después se codea con los principales jugadores del mundo, entre los que destaca el impertérrito ruso Vasili Borgov, su bestia negra. Sin embargo, el mayor enemigo de Beth es su personalidad adictiva, determinante para convertirla en un prodigio ajedrecístico, pero que, en simultáneo, la conduce al consumo desenfrenado de pastillas y alcohol, al punto de amenazar con el descarrilamiento de su carrera.

Ese conflicto interior está notablemente cincelado por Tevis, quien nunca resbala en el didactismo moral ni se regodea en las miserias privadas de Beth. Más bien la deja hacerse cargo del súbito albedrío que sus cualidades le han deparado, apartándose del dramatismo fácil para incidir en el aprendizaje de una criatura que –como diría Harold Bloom de Falstaff–, a pesar de sus evidentes defectos, es, en su esplendor, una imagen poderosa de la libertad humana. A la sombra de ella se desenvuelven memorables personajes secundarios: Jolene, Benny, Beltik o alguno de los muchísimos hombres con que compite y derrota.

“Gambito de dama” remite a “La defensa” de Nabokov, protagonizada por Luzhin, ensimismado joven que, al igual que Beth, se muestra desinteresado por todo lo que se halle fuera del ajedrez. Como le ocurre a Luzhin, nuestra heroína “no solo se divierte con el ajedrez, sino que parece celebrar un rito sagrado”, rito que comienza a cobrar los fatídicos ribetes de la inmolación.

Pero la gran diferencia entre ambas historias es que, a contrapelo del sino trágico de “La defensa”, el mundo de Beth Harmon está teñido de optimismo. “Gambito de dama” resulta un libro profundamente liberal: cuando las instituciones públicas aparecen, es con el fin de ejercer la represión y estancamiento de las capacidades particulares o corroborar su inutilidad en la consecución del éxito personal. También lo es por su constante crítica al conservadurismo y al dogma: la racionalidad y pragmatismo característicos de Beth encuentran ciertos límites éticos al rechazar la oferta de una asociación cristiana anticomunista que se ofrece a ayudarla a cambio de una declaración política reñida con sus creencias. “Gambito de dama” es un canto a la libertad, a la confianza en el valor individual y el esfuerzo que lo encumbra. Es el libro que habría escrito Ayn Rand si hubiera tenido corazón.

LA FICHA:

Calificación: ★★★★★

Autor: Walter Tevis.

Editorial: Alfaguara.

Año: 2020.

Páginas: 312.

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