Resumen

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En los extremos, las portadas de "Canción triste de un mundo" y "Contra toda esperanza, de Pramoedya Ananta Toer y Armando Valladares. Al centro, la isla El Frontón, donde se desarrolla la novela homónima de Julio Garrido Malaver. Fuente: Xalaparta/ Cosmo/ El Comercio.
En los extremos, las portadas de "Canción triste de un mundo" y "Contra toda esperanza, de Pramoedya Ananta Toer y Armando Valladares. Al centro, la isla El Frontón, donde se desarrolla la novela homónima de Julio Garrido Malaver. Fuente: Xalaparta/ Cosmo/ El Comercio.
Por José Carlos Yrigoyen

Creer que existen dictaduras menos malas que otras es uno de los lastres más perjudiciales para una democracia en construcción. Las anteojeras del dogma consiguen que políticos habitualmente sensatos silencien los atropellos de malos bichos como Maduro, Ortega, Bolsonaro o Trump, o, en su afán por defenderlos, echen mano de la infame falacia del “tú también”. Mucho peor es leer o escuchar a escritores -usualmente libres de acoso y censura en los países donde viven- que luego de lamentar la situación de un colega proscrito, condenado o torturado por sus ideas, recuerdan inmediatamente la supuesta estabilidad social o las medidas revolucionarias llevadas a cabo por el régimen que lo hostiliza. De ese modo justifican hechos que, en distintas circunstancias, habrían merecido indignados pronunciamientos y comunicados flamígeros. “El gulag es un accidente de ruta hacia el socialismo”, llegó a afirmar Julio Cortázar, mientras le pedía a su esposa que no le leyera las noticias de la invasión soviética a Checoslovaquia, porque le producían ansiedad.

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