En sentido horario, detalles de las portadas de "Persépolis", "Rebelión en la granja" y "Una modesta proposición"; referenciados por el crítico de Luces. Fuente: Norma Editorial/ Signet Classics y Les Éditions de Londres; esta última con el detalle del cuadro "Le déjeuner" de François Boucher.
En sentido horario, detalles de las portadas de "Persépolis", "Rebelión en la granja" y "Una modesta proposición"; referenciados por el crítico de Luces. Fuente: Norma Editorial/ Signet Classics y Les Éditions de Londres; esta última con el detalle del cuadro "Le déjeuner" de François Boucher.
José Carlos Yrigoyen

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En periodos electorales como el que hoy nos tortura, son los niños y los adolescentes quienes resultan más afectados por las arbitrariedades e histerismos de los adultos. Les adosamos a nuestros hijos el miedo que no sabemos controlar. Les legamos viejos fantasmas porque hasta ahora ignoramos qué hacer con ellos: el primer gobierno aprista, el fujimorato, la cobardía senderista. Les hablamos de la democracia como una abstracción indigerible cuyo sentido en la vida cotidiana nunca llega a entenderse y por lo tanto es imposible valorar. Lo mismo sucede con la noción de bien común en un país donde el sálvese quien pueda es la norma. Su apatía es nuestra culpa.

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Si ha quedado claro que, en general, no hemos sido eficientes en este apartado, debemos recurrir a quienes sí lo han hecho bien. Perdónenme la autorreferencialidad: tengo una hija de doce años con la que no acostumbro coincidir en asuntos políticos, pero, como persona inteligente, suele pausar sus discrepancias para preguntar mucho sobre el tema. Le he recomendado, por eso, los mismos libros que hoy aconsejo a los muchachos y a sus progenitores cuyas tormentosas dudas crecen.

Nadie debería abandonar la minoría de edad sin leer “Persépolis”, la formidable novela gráfica de Marjane Satrapi (Rasht, 1969). Guía el libro la mirada de Marji -evidente alter ego de la autora-, una niña de diez años que vive en el Irán que pasa de ser dominado por el Sha a caer bajo las dogmáticas garras de los ayatolás, cambiando de un momento para otro todo su estilo de vida y perdiendo la poca libertad que existía en el régimen precedente a a república islámica.

Los conflictos externos e internos de Marji nos son mostrados por Satrapi con destreza e imprevisible imaginación. La sencillez de su trazo al expresar la realidad castrante y violenta puede transfigurarse en una complejidad expresionista -que en ocasiones echa mano al pastiche- a la hora de escudriñar los sueños, temores e incertidumbre de una chica que vive dos dictaduras a la vez: la de los flamígeros defensores de Alá y la de los mayores que toman decisiones de las que nunca forma parte. “Persépolis” aborda, desde los patios de la infancia y la adolescencia, el humanismo, el feminismo, la libertad y la resistencia contra el dogma que divide e indiferencia a los hombres a partir de una monolítica visión del mundo.

Cuando uno es joven, cuesta salir indemne de “Rebelión en la granja”, el clásico de George Orwell (1903-1950), fábula alegórica sobre la estalinización de la Unión Soviética y las funestas consecuencias de la versión más totalitaria y criminal del comunismo, compitiendo en ese rubro con la China de Mao. Orwell convirtió al tenebroso Josif Visianorovich en el cerdo Napoleón, quien junto a las demás bestias toma el poder en la granja Maynor, exiliando a los humanos de sus dominios. Lo que parecía ser la utópica libertad y equidad que los animales habían aguardado secretamente durante décadas deriva en una dictadura en la que los porcinos son la clase dirigente y las otras especies apenas castas inferiores cuyos derechos -incluso el de la vida- han sido cancelados para siempre. La frase icónica del libro, “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros” era tan pertinente en la URSS de los años treinta como en el Perú en el que nacimos y vivimos. Quien considere “Rebelión en la granja” un alegato contra el comunismo, no se equivoca, aunque sí se queda corto: es una crítica a todo tipo de injusticia, sea cual sea la ideología de donde venga.

Finalmente, sugiero una sátira arrasadora frente el poder y su cinismo: “Una modesta proposición” de Jonathan Swift. Escrita en 1729, esta brillante pieza de ironía política quiso solucionar el problema de la miseria de los campesinos irlandeses planteando la venta de sus recién nacidos para que los terratenientes se los comieran, pues “como han ya devorado a la mayoría de los padres, parecen tener el mejor título para hacerlo con los hijos”. Cuando el texto apareció, no fue entendido; casi tres siglos después constituye un ejemplo de alerta social y desenmascaramiento de la indolencia de los gobernantes ante el dolor y la desesperación de los desposeídos. A pesar del grotesco talante de su proposición, Swift exhibe en ella una sensibilidad profunda, contundente y desafiante. Justamente la que hoy necesitamos más que nunca.

La ficha

Marjane Satrapi. Persépolis. Norma, 2007. 366 pp.

George Orwell. Rebelión en la granja. DeBolsillo, 2013. 139 pp.

Jonathan Swift. Una modesta proposición. Monte Ávila, 2005. 125 pp.

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