Pedro Ortiz Bisso

La bandera de Pernambuco tiene un arcoíris sobre un fondo azul en su parte superior. Lleva también una estrella, un sol y una cruz roja sobre un listón blanco. Es una colorida mezcla de simbolismos que remiten a la fuerza, la energía y la unión de los habitantes del estado del noreste brasileño.

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Pero no todos entienden lo mismo, sobre todo si eres un guardia qatarí. El último lunes, intervinieron a una pareja de periodistas cuando posaban con la enseña frente a uno de los estadios mundialistas. Sus intentos por convencer a los agentes de que no era un símbolo LGTBI fueron infructuosos. “Tomaron la bandera, la tiraron al suelo y la pisaron”, dijeron los hombres de prensa.

No solo las sorpresas deportivas están dejando su huella en ; la marca de las protestas es cada vez más profunda. Antes de su debut ante Inglaterra, los jugadores de Irán decidieron no cantar su himno por la persecución que sufren las mujeres de su país que se niegan a usar el velo. En las tribunas, algunos hinchas derramaron lágrimas conmovidos por el gesto.

Actos como este, sin embargo, no son valorados de la misma manera. Muchos los consideran demostraciones vacías, incluso hipócritas, ausentes de un sentido práctico. Para ello se escudan en el artículo 60 del reglamento FIFA de seguridad en los estadios, el cual prohíbe “la promoción o el anuncio de cualquier medio de mensajes políticos o religiosos”.

A Manuel Neuer, capitán de la selección alemana, se le prohibió aparecer con el brazalete LGTBI One love antes de enfrentar a Japón. La excisa fue la norma de marras. A manera de protesta, el once titular posó ante las cámaras cubriéndose la boca. El golero, de alguna manera, logró driblear la prohibición: usó unos botines con los colores del arcoíris. La federación alemana ya anunció que presentará un reclamo contra la FIFA ante el TAS. Todos los indicios señalan que para el máximo ente futbolístico del planeta, la defensa de los derechos humanos o el rechazo a la discriminación constituyen mensajes políticos.

Hace dos años, cuando nuestro país fue sacudido por una serie de manifestaciones públicas a raíz del cierre del Congreso, hubo presiones para que la selección hiciera algo en consideración a las víctimas cuando le tocó jugar con Argentina. Hasta se acusó a su entonces coach, Juan Cominges, de “desconcentrar” a los jugadores por su insistencia en tratar de convencerlos. Finalmente, ambos cuadros solo guardaron un minuto de silencio. Luego del 2-0 en contra, algunas voces no tuvieron mejor idea que culpar a ‘Juanchi’ por la debacle.

Para millones de personas que viven en permanente indefensión, sometidos bajo el imperio de regímenes verticales y abusivos, este tipo de gestos ayudan a visibilizarlos y encienden una lucecita de esperanza entre la penumbra en que sobreviven. No obstante, hacerle entender a la FIFA el poderoso valor de estos simbolismos constituye una pérdida de tiempo. El único símbolo que les importa está impreso en un papel verde y tiene el rostro de George Washington en el centro. Salivan por él.

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