Viernes 25 de setiembre, palacio del Elíseo. Un hombre vestido de blanco toma la palabra ante los principales políticos franceses. Hace apenas unos años era obispo de Chiclayo y recorría en camioneta los caminos del norte del Perú; hoy, convertido en León XIV, se dirige en francés a Emmanuel Macron y le recuerda que una laicidad justa no debería expulsar la religión de la vida pública ni de la escuela. Lo escuchan ministros, responsables políticos y altos funcionarios entre aplausos corteses y sonrisas de aprobación. La escena tenía algo de convencional, parecía impregnada de historia y resultaba, a la vez, profundamente francesa: la religión convertida en objeto de debate, sometida a las reglas de la República.
Fuera de esos salones, sin embargo, la relación entre fe, autoridad y escuela adopta en Francia, desde hace al menos unos años, formas bastante menos ceremoniosas. Tres semanas antes, por ejemplo, en el sur del país, el padre de un niño de 9 años había prometido “cortarle la cabeza” a una maestra que había castigado a su hijo. Días después, frente a otra escuela, una madre se pasó el dedo por la garganta mientras miraba a una institutriz. Ninguno de esos dos episodios obedecía, según las primeras investigaciones, a un motivo estrictamente religioso. Pero eso no los vuelve ajenos al problema que el papa acababa de rozar. En Francia, la escuela lleva años enfrentándose no solo a la cuestión abstracta del lugar de la religión en el debate público, sino también a padres y alumnos radicalizados que han convertido ciertas convicciones religiosas en una impugnación de la autoridad del maestro, del contenido de sus enseñanzas y, en los casos extremos, de su propia vida. Dicho de otro modo, mientras en el Elíseo se discutía cuánto espacio debía conceder la República a la fe católica, muchos profesores franceses se hacen una pregunta más urgente: qué ocurre cuando enseñar los valores de la República basta para convertirlos en blancos plausibles.
No se trata de una aprensión abstracta. Hace seis años, un profesor de historia fue decapitado a la salida de su colegio por un joven islamista de 18 años, al término de una campaña de odio lanzada en redes por un padre musulmán indignado porque el maestro había mostrado en clase caricaturas de Mahoma. Tres años después, en el norte del país, otro profesor fue asesinado a cuchilladas en el patio de su liceo por un antiguo alumno radicalizado. Desde entonces, en Francia, cortar una cabeza parece haber dejado de ser una metáfora. Uno de cada cinco docentes declara haber sido amenazado o agredido por motivos religiosos o identitarios, y en los barrios con mayor migración la proporción sube a dos de cada cinco. Las amenazas de este mes de setiembre, según lo publicado, no respondieron a motivo religioso alguno, y eso es precisamente lo más inquietante: el lenguaje que el islamismo ha introducido en la escuela pública francesa –el degüello, la cabeza cortada– parece haberse vuelto el idioma común de cualquier ira contra el maestro.
La frontera entre radicalización religiosa y violencia ordinaria parece, en consecuencia, haberse vuelto porosa. Frente a ello, la respuesta oficial adopta sobre todo la forma de cifras: el ministerio celebra que las infracciones a la laicidad cayeron un tercio el último año, mientras se suceden guías, protocolos y formularios. Pero quienes entran cada mañana a las aulas reconocen cada vez menos en esos documentos la escuela en la que fueron formados, aquella donde la autoridad del maestro y las reglas de la República parecían darse por sentadas. Hoy ambas deben ser explicadas, defendidas y, en ocasiones, protegidas con el uso de la fuerza.
Era inevitable que esta transformación terminara por desbordar el ámbito de las aulas. Muchas familias, sin proclamas ni manifiestos, han optado por la salida más discreta: cambiar de colegio. Las que pueden permitírselo llaman a la puerta de la educación católica, cuyas listas de espera por falta de plazas crecen a ritmo alarmante. Allí les espera, sin embargo, una sorpresa desagradable. Un viejo acuerdo, nunca escrito en ley alguna pero respetado desde hace décadas, reparte los puestos de maestros en Francia entre la escuela pública y la privada en una proporción de ochenta a veinte, de modo que la enseñanza católica no puede recibir a más de uno de cada cinco alumnos del país. De tal manera, decenas de miles de niños se quedan cada año fuera del colegio que sus padres eligieron, no porque falte demanda, sino porque faltan plazas para recibirlos. ¿No resulta impresionante? El mismo Estado que no consigue devolver seguridad a las aulas restringe después la capacidad de las familias para buscar soluciones fuera de ellas. Y el movimiento no se detiene en la puerta de los colegios: llega también a la de las iglesias. En la última Pascua, por ejemplo, más de 21.000 franceses solicitaron el bautismo, una cifra sin precedentes en la historia reciente del país. Los bautizos de adultos se han triplicado en una década. De hecho, el grupo más numeroso entre quienes solicitan bautizarse está formado por jóvenes de entre 18 y 25 años. Y claro que no fueron convocados a ello por ningún partido ni por ningún obispo carismático. Parecen, en cambio, haber comprendido que el catolicismo, para ellos, no era solo una creencia o una fe religiosa, sino también una forma de continuidad cultural en un país cuya identidad común se ha vuelto incierta, cuando no abiertamente enfrentada a la tradición cristiana y liberal que durante tanto tiempo la sostuvo.
Y ahí aparece una segunda paradoja: cuanto más visible se hacía el regreso de esos jóvenes a la fe, menos parecía Roma hablar directamente de las razones que los llevaban de vuelta. Mientras las parroquias volvían a llenarse y las familias buscaban en los colegios católicos lo que ya no hallaban en la escuela pública, la mirada del papa Francisco, por ejemplo, se dirigía con preferencia hacia otros horizontes. En 12 años de pontificado pisó tres veces suelo francés, pero nunca realizó una visita oficial al país. Fue a Estrasburgo para hablar ante las instituciones europeas y a Marsella para poner en el centro el drama de los migrantes, aclarando, por cierto, que visitaba esa ciudad y no Francia. En diciembre del 2024, mientras Notre-Dame reabría sus puertas ante jefes de Estado llegados de todo el mundo, Francisco no acudió a París; una semana después estaba en Córcega, clausurando un encuentro sobre religiosidad popular en el Mediterráneo. No había en ello hostilidad alguna. Su atención a los pobres, a los migrantes y a quienes viven en los márgenes era el corazón mismo de su idea de Iglesia, y su recelo ante quienes esgrimían las raíces cristianas de Europa como arma política tenía fundamento. Pero esa prudencia dejaba en la sombra a otros fieles, que no pedían una bandera ni una cruzada, sino algo mucho más sencillo: un lugar desde el cual no sentirse extranjeros en su propio país. Porque habían vuelto a la fe en una Francia donde bautizar a un hijo, llevarlo a misa o reivindicar una tradición cristiana había dejado de ser, en ciertos barrios donde otras certezas religiosas ganan terreno, un gesto anodino. En algunos lugares, esa elección puede incluso dejar de ser completamente inocua: significa exponerse, distinguirse, asumir una pertenencia que no pasa inadvertida y que puede resultar incómoda o incluso riesgosa. ¿Y qué reclamaban a cambio? No esperaban de Roma consignas ni trincheras. Esperaban, quizá, que alguien entendiera por qué habían vuelto.
León XIV pareciera haber escuchado, al menos en parte, ese clamor. Su viaje a Francia estuvo hecho de gestos que su predecesor había evitado: entrar en Notre-Dame, evocar la larga grandeza cristiana del país, recordar en el propio Elíseo que la laicidad no obliga a desterrar la fe católica de la vida pública ni de la escuela. Cada una de esas palabras, sin embargo, llegó acompañada de su contrapeso. Las raíces cristianas fueron evocadas junto al elogio de la diversidad religiosa, la afirmación de la fe junto al llamado al diálogo entre religiones y el afecto por la juventud católica junto al temor, legítimo, de que alguna fuerza política quisiera apropiársela. Esa prudencia tiene sus razones, no está de más decirlo, porque una Iglesia convertida en estandarte de partido perdería a muchos de quienes llegan buscando a Dios y no una plataforma electoral. Pero encierra también un riesgo más silencioso: por miedo a ser confundida con quienes instrumentalizan el cristianismo, la Iglesia podría no encontrar las palabras para quienes regresan porque sienten que el mundo en el que crecieron se les escapa de las manos.
Lo que ocurre en las escuelas francesas no concierne solo a maestros y padres. Plantea también el lugar que Europa reservará a la tradición cristiana que durante siglos le dio forma y aliento. Si Roma elude ese debate por temor a resultar políticamente incorrecta, podría dejar sin respuesta a quienes ya empezaron a buscarla por su cuenta. Durante siglos, Francia fue llamada la hija mayor de la Iglesia. Hoy esa hija pareciera volver a casa. Falta saber si Roma sabrá reconocer las razones de ese regreso y comprender que en ellas se juega también una parte de su propio futuro en el continente.
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