Se estima que, para el año 2030, Beijing habrá transformado en miles las poco más de trescientas cabezas nucleares con que venía contando hace décadas.
Se estima que, para el año 2030, Beijing habrá transformado en miles las poco más de trescientas cabezas nucleares con que venía contando hace décadas. / GREG BAKER / AFP
Rodrigo Murillo

Entre las dunas del desierto de Gobi, a través de las cuales en la antigüedad desfilaban las caravanas por la , se ha detectado una construcción inusual. La imagen del satélite dejaba poco a la imaginación. Capturó de inmediato la atención de los servicios de inteligencia occidentales. Washington y Londres se advirtieron mutuamente, entonces: un gran complejo de sombras ovaladas en las que se trabajaba día y noche, casi sin pausa y sin escatimar recursos, emergía velozmente en el desierto. Un complejo similar al que, también hace algunos meses, se encontró a un extremo de la provincia de Xinjiang. Para alarma de la , está claro: de acuerdo a ciertos reportes de inteligencia, ambas construcciones serán capaces de albergar, por la propiedad de sus silos sofisticados y profundos, cientos de misiles balísticos intercontinentales.

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Novedad que se suma al reciente desarrollo del bombardero chino H-6, que será capaz de transportar armamento nuclear repostándose de combustible en el aire. ¿Para nadie era un secreto que China apostaba por la nuclearización paulatina de sus Fuerzas Armadas? Para nadie, en efecto. Lo que resulta sorprendente es la velocidad con que Beijing está alcanzando este objetivo: se suma ya actualmente al selecto grupo de naciones capaces del TRIAD (países que disponen, además de silos balísticos intercontinentales, de submarinos y bombarderos capaces de realizar ataques de este tipo). Y se estima que, para el año 2030, Beijing habrá transformado en miles las poco más de trescientas cabezas nucleares con que venía contando hace décadas, elevando exponencialmente su capacidad destructiva para alcanzar niveles comparables a los de Estados Unidos y Rusia.

El desarrollo de las tensiones geopolíticas globales habría convencido a China de que la única manera de conseguir sus objetivos -desde la absorción política

de Taiwán hasta el dominio incontestable del Mar del Sur de China- pasa por la nuclearización acelerada de sus capacidades militares. Es cierto que, a raíz de la agresión de Rusia contra Ucrania, Taiwán no ha escatimado en esfuerzos diplomáticos para ejercer una mayor influencia sobre Estados Unidos en el caso de una invasión continental. Pero son también numerosas las agencias de seguridad que señalan que, en el fondo de esta escalada nuclear de China, yace realmente una concepción lóbrega de lo que será el futuro internacional según las proyecciones del Partido Comunista Chino. De acuerdo a este argumento, se habrían analizado en el Politburó las consecuencias inminentes del conflicto entre Rusia y Ucrania a nivel del encarecimiento global de los alimentos y la energía. Y la proyección sería desoladora: un futuro de hambruna e inflación que elevará al extremo la tensión entre potencias. Y, con Washington, la Unión Europea y Moscú al borde de una guerra mundial.

Carrera armamentista sin control

Lo que no quita que este desarrollo implique, por sí mismo, un cambio paradigmático en la geopolítica que heredó el mundo tras la disolución de la Unión Soviética. La Guerra Fría evitó un enfrentamiento directo entre Washington y Moscú precisamente porque ambos estados contaban con una capacidad nuclear que garantizaba su destrucción mutua. A través de numerosos tratados, y entendido este principio fundamental, Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron mantener capacidades nucleares equilibradas y previsibles. Y esta situación, a grandes rasgos, se prolongó en tiempos de Yeltsin y Putin. Sin embargo, la nuclearización ambiciosa de China ha alterado este balance de poder. Pues ahora Estados Unidos, en sus planes de defensa, diseñados como de costumbre para hacer frente a hipotéticos peores escenarios militares, tendrá que contar con las suficientes cabezas nucleares para enfrentarse, al mismo tiempo, no solamente a Rusia sino también a China. Y el aumento consecuente de los arsenales nucleares de Washington tendrá una correlación con el aumento de los arsenales rusos y chinos, y la carrera armamentista será difícil de controlar, salvo medie un –por ahora inexistente– entendimiento voluntario entre potencias.

Quizás por ello los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia, como Japón y Corea del Sur, han empezado a dudar del paraguas nuclear norteamericano para enfrentar a Rusia y a China al mismo tiempo, y contemplan el desarrollo de capacidades nucleares propias. Al igual que la India, rival tradicional de

Beijing, cuenta ya con iniciativas para aumentar sus capacidades nucleares, lo que generará a su vez un aumento de las capacidades nucleares de Pakistán, y así en otras regiones donde el armamento nuclear apenas había sido considerado.

¿La amenaza de un invierno nuclear está entonces a la vista? Todas estas variables, y sus posibles consecuencias gravísimas, han sido estudiadas de antemano por el Partido Comunista en Beijing. Pero el objetivo de Xi Jinping de convertir a China en la potencia militar indiscutible del mundo para el año 2049 (centenario del nacimiento de la República Popular) permanece inalterado. Con una baja en su popularidad relacionada a su cercanía con Putin en el marco de la agresión rusa contra Ucrania, y enfrentando duras críticas por los confinamientos de ciudades enteras como Shanghái, Xi Jinping necesita más que nunca cumplir sus ofrecimientos. Y, valgan verdades, mientras que la situación en el este europeo concentra la atención y los esfuerzos de EE.UU., el cálculo del Partido Comunista pareciera tener cierta lógica. Difícilmente contará Beijing con otra ventana temporal de estas características. Pues mientras el mundo contempla pasmado los incendios en las planicies de Ucrania, negros silos emergen bajo el cielo sin nubes de la Ruta de la Seda.

Por: Rodrigo Murillo Bianchi, historiador, novelista y analista de política internacional.

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