Podría ser París, Bruselas, Rotterdam, Berlín o cualquier otra gran ciudad europea. Cae la noche, arde un contenedor o un autobús junto a una avenida y un grupo de muchachos corre cuando aparecen los policías antidisturbios. Algunos han roto vitrinas; otros graban con el teléfono mientras alguien, delante de una cámara, intenta explicar el motivo de sus reclamos: la falta de oportunidades, la discriminación, un futuro que no existe. A veces el francés, el alemán o el idioma del país en el que han nacido parece servirles apenas para expresarse sin cometer errores; otras, la pertenencia que reivindican se encuentra muy lejos de la nación cuyas calles están destrozando. Ahora bien, sería sencillo aligerar el análisis y reducir la causa del problema a la inmigración, al fracaso de las escuelas o a la integración. Europa lleva, a decir verdad, años discutiendo esas palabras y todavía no parece saber muy bien qué hacer con ellas. Pero hay algo todavía más perturbador.
Aquellos jóvenes parecen sentirse expulsados de un porvenir que, en buena medida, todavía parece existir. Los supermercados siguen buscando empleados, las empresas requieren asistentes, los estudios reciben practicantes y, en general, en muchas oficinas aún quedan escritorios reservados para quienes llegan sin experiencia a formarse. Aquello, sin embargo, podría cambiar muy pronto. Y es allí donde la escena de la calle adquiere otra dimensión. ¿Qué ocurriría si lo peor viniera a suceder? ¿Qué pasaría con esos miles de jóvenes, ya profundamente desafectos de la sociedad que los rodea, acostumbrados a la violencia y al pandillaje, si empezaran también a desaparecer los escritorios que hasta ahora representaban una de sus pocas vías de entrada al futuro? Hasta hace poco, una pregunta semejante habría pertenecido al terreno de la especulación. Quizá ya no del todo. Porque, mientras Europa contempla a una parte de su juventud convencida de que el sistema tiene poco que ofrecerle, otra transformación, bastante más silenciosa, pareciera avanzar detrás de las ventanas de esas mismas ciudades. No quema automóviles, no se enfrenta a la policía ni destruye universidades o colegios. De hecho, casi no hace ruido y trabaja sin cesar: ya realiza las tareas mediante las cuales un joven solía ingresar a una oficina para aprender. Los dos fenómenos pertenecen todavía a realidades distintas y sería aventurado presentarlos como partes de una misma crisis. Pero acaso convenga preguntarse qué ocurriría si algún día llegaran a encontrarse. Si algunos jóvenes ya creen que no tienen futuro, ¿qué sucedería cuando descubrieran que el futuro, esta vez de verdad, ya no los necesita?
Para imaginarlo no hace falta permanecer en la calle. Basta con entrar en una oficina cualquiera, donde el cambio podría producirse sin que nadie levantara la voz. Un responsable de equipo revisa el presupuesto del próximo año. Hasta hace poco habría necesitado cinco o seis asistentes; quizá diez practicantes en una empresa mayor. Prepararían informes, ordenarían información, revisarían contratos, buscarían datos, corregirían presentaciones. Ahora el responsable comprueba que una sola persona, ayudada por modelos de inteligencia artificial, es capaz de realizar buena parte de esas tareas. Nadie tiene que ser despedido. Nadie sale del edificio con una caja de cartón entre las manos. Tampoco hay sindicatos frente a la puerta para defender los derechos del trabajador liquidado, porque aquellos trabajadores nunca llegaron siquiera a trabajar. La contratación, sencillamente, no se lleva a cabo. Y es precisamente esa ausencia, difícil incluso de fotografiar, la que empieza a insinuarse en algunas estadísticas. En el 2025, por ejemplo, Revelio Labs registró una caída superior a un tercio, respecto de enero del 2023, en las ofertas estadounidenses de puestos de entrada para universitarios; investigaciones de Stanford han observado, además, que en algunas ocupaciones especialmente expuestas a la inteligencia artificial el deterioro del empleo juvenil parece manifestarse sobre todo mediante una reducción de las contrataciones. Claro que sería absurdo atribuir cada vacante desaparecida a una tecnología que coincide con tipos de interés elevados, desaceleraciones, crisis energéticas y transformaciones económicas mucho más amplias. La estadística admite explicaciones distintas; la lógica de los números, en cambio, resulta más incómoda: si un principiante ayudado por una máquina puede producir –y producir mejor– lo que antes hacían diez, cada empresa tiene una razón perfectamente defendible para contratar únicamente a uno. El verdadero problema aparecerá si diez mil empresas llegan, cada una por separado, a la misma conclusión. Los otros nueve jóvenes quizá nunca sepan qué perdieron. Enviarían currículos, corregirían cartas de presentación, pensarían que eligieron mal la carrera o que otro candidato era mejor. Nadie les enseñará el escritorio que en otro tiempo habría podido ser suyo. Estaremos ante el desempleo más silencioso que existe: el de quienes nunca pudieron empezar.
Y empezar podría resultar bastante más importante de lo que parece. Durante décadas, una parte fundamental de la educación de un profesional ocurría después de la universidad, cuando alguien le pagaba precisamente para formarse. El joven preparaba un borrador mediocre y un superior lo corregía; ordenaba datos, cometía errores, acompañaba una reunión, escuchaba una negociación y, poco a poco, adquiría aquello que ninguna facultad termina de enseñar por completo: criterio práctico. Muchos de quienes hoy supervisan las respuestas de una máquina aprendieron haciendo precisamente las tareas que podrían dejar de encargarse a los principiantes. De ahí que la desaparición de esos trabajos no implicara únicamente la pérdida de unos cuantos salarios. Plantearía una pregunta bastante más difícil: ¿quién llegaría a convertirse dentro de quince años en el experto capaz de corregir a la máquina si cada vez menos jóvenes atravesaran los años durante los cuales se aprende a serlo? Seguramente aparecerán respuestas. Las universidades adaptarán sus métodos, las empresas inventarán programas, surgirán nuevos oficios y la propia inteligencia artificial permitirá aprender con una velocidad difícil de imaginar hace apenas una década. Pero ninguna de esas soluciones eliminará una diferencia bastante más antigua: no todos pueden permitirse aprender durante el mismo tiempo. Un joven cuya familia puede mantenerlo tendrá margen para experimentar, pagar mejores herramientas, aceptar una práctica mal remunerada, recurrir a un contacto o pasar meses adquiriendo una habilidad sin recibir un sueldo. Otro necesitará trabajar desde el lunes porque en su casa falta el dinero. Y será allí, cuando una parte del costo de formar al principiante deje de recaer sobre la empresa y comience a desplazarse hacia su familia, donde un problema tecnológico se convertirá en un problema social. Una herramienta presentada como una formidable democratizadora del conocimiento puede terminar, paradójicamente, devolviendo al origen familiar una importancia que las sociedades modernas llevaban generaciones intentando reducir. El apellido no reemplazará al talento, desde luego. Pero podrá decidir quién dispone del tiempo necesario para demostrarlo. La promesa de la clase media –estudiar, trabajar, llegar más lejos que los padres– no tendrá por qué desaparecer. Acaso ocurra algo más extraño: seguirá repitiéndose para quienes puedan costear esa transición al mismo tiempo que, para muchos otros, la escalera que permite cumplirla podría estar, en efecto, retirándose.
Nada de eso significa que la historia esté condenada a repetirse. Pero existe en ella un mecanismo que conviene recordar. En 1845, Friedrich Engels recorrió los barrios obreros de Manchester y describió una contradicción que sus contemporáneos podían contemplar todos los días: las fábricas multiplicaban la productividad mientras muchas de las familias que trabajaban en ellas se hundían en la miseria. Tres años después, junto con Karl Marx, publicó un manifiesto que ofrecía algo distinto de una mejora salarial o una reforma concreta: una explicación del origen de aquel sufrimiento. Más allá de las bases teóricas de aquella ideología, la miseria dejó entonces de parecer la desgracia aislada de un tejedor, de un minero o de un obrero y empezó a entenderse como parte de un mismo sistema, con responsables, una lógica y una promesa de redención. No estoy diciendo que la máquina de vapor produjera inevitablemente el comunismo, ni que exista una línea recta entre Manchester y los campos de trabajo de Stalin. La historia rara vez concede causalidades tan cómodas. Lo que ocurrió después interesa por otra razón. A medida que grandes grupos de personas empezaron a percibir que el nuevo orden multiplicaba la riqueza mientras una parte de quienes la producían continuaba hundida en la miseria, aparecieron movimientos capaces de reunir frustraciones dispersas bajo una explicación común. La revolución que Marx había imaginado entre los obreros de las naciones industriales terminó estallando en Rusia, donde se construiría un régimen que, en las décadas siguientes, produjo incontables crímenes. Entre aquellas calles inglesas y la revolución rusa transcurrieron más de setenta años. Nadie que contemplara una chimenea industrial en 1845 habría podido saber quién terminaría heredando toda aquella rabia. Y quizá sea esa, más que cualquier comparación literal entre dos revoluciones tecnológicas, la advertencia que todavía importa: cuando suficientes personas dejan de interpretar su fracaso como un asunto exclusivamente individual y empiezan a reconocerlo en los demás, se abre el espacio para que alguien les explique qué significa y, sobre todo, les señale a quién culpar.
Quizá por eso convenga volver, al final, al muchacho que corre frente a la policía europea. No porque él sea necesariamente el trabajador al que una máquina vaya a quitarle un empleo ni porque la inteligencia artificial explique la violencia que ya vemos en algunas calles. Lo inquietante es imaginar lo difícil que puede resultar recuperar a una generación cuando una parte de ella empieza a creer que ya no pertenece al futuro que la sociedad ofrece. Europa dispone para intentarlo de Estados ricos, buenas universidades, sistemas de protección social y presupuestos capaces de gastar miles de millones. Aun así, algunas de sus ciudades parecen albergar a jóvenes profundamente desafectos, culturalmente distantes de la sociedad que los rodea o convencidos de que el porvenir se cerró antes de que pudieran alcanzarlo. La inteligencia artificial no creó ese malestar. Pero podría producir otro, distinto y acaso mucho más extendido: el de jóvenes que hicieron exactamente lo que se esperaba de ellos y, aun así, descubran que el mercado no los necesita. Es entonces cuando Europa deja de ser una advertencia lejana. En el Perú también hay familias que gastan sus ahorros o asumen deudas porque esperan que un título universitario compre para sus hijos una entrada a la clase media. Imaginemos que uno de esos jóvenes estudia cinco años, aprende idiomas, termina la carrera y manda cien currículos. Y nadie responde. Al principio probablemente pensaría que el problema es suyo. Corregiría el currículum, haría otro curso, aprendería a utilizar mejor la misma herramienta que acaso contribuyó a reducir los puestos a los que aspiraba. La dimensión política podría comenzar bastante después, cuando descubriera que existen diez mil o cien mil jóvenes como él. Porque un joven sin empleo puede carecer de experiencia, dinero o patrimonio, pero conserva un voto, tiempo y una pregunta que cualquier demagogo sabrá reconocer: ¿quién me hizo esto? Todavía no sabemos qué ideologías surgirán de una economía capaz de producir sin requerir principiantes. Tampoco sabemos si aparecerán primero en California, París, Londres o Lima. La historia apenas permite sospechar que alguien terminará ofreciéndoles una explicación. La muchacha que esta noche envía su postulación número cien volverá mañana a corregir su currículum. El día en que deje de preguntarse qué debe corregir en él y empiece a preguntarse qué debe corregir en el sistema que le ha dado la espalda, la inteligencia artificial habrá dejado de ser únicamente un problema tecnológico. Y alguien, en alguna parte, ensayará una respuesta. La única incógnita será a quién decida señalar como culpable.
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