La primera presidenta del Congreso 2016-2021, por L. Flores
La primera presidenta del Congreso 2016-2021, por L. Flores
Lourdes Flores Nano

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El próximo 28 de julio, el presidente de la República recibirá la banda presidencial de las manos de Luz Salgado Rubianes, nominada por la futura mayoría parlamentaria para presidir el Congreso de la República.

Lo primero que debo señalar es que la nominación me parece un justo reconocimiento a un valor que la política debe reivindicar: la lealtad. Resulta correcto que antiguos y nuevos exponentes del fujimorismo le confieran el papel de conductora del Parlamento nacional, valorando sus años de entrega e incluso de sacrificio por su colectividad. 

Por lo demás, aunque la futura presidenta sea un exponente representativo de los tiempos del fujimorismo duro, incluso, del auroral, puedo dar fe de que, por sus calidades personales, fue ayer y no dudo de que será hoy una persona dialogante y respetuosa. Más aun, me permitiría recordar que cuando el beeper reemplazaba a la razón y muchas veces hasta la conciencia, Luz dio muestras –con los límites que la era autocrática brindaba– de tolerancia, pero sobre todo de bonhomía.

Ahora bien, ¿qué papel democrático puede cumplir la nueva presidenta para garantizar que ese poder del Estado represente a la nación y no sea el instrumento de una mayoría arrolladora? 

1. Ha anunciado que quiere presidir una mesa multipartidaria. 

Ojalá pueda persuadir a su lideresa y a su propia bancada, que los enaltecería conformar una Mesa Directiva sin exclusiones. Para el período 2016-2021, sería una buena señal democrática que se aprecie una directiva parlamentaria con presencia de todos. En todo caso, que la invitación no quede por la lideresa parlamentaria. 

2.  Debe ser un elemento central para el diálogo entre los poderes del Estado.  

La historia siempre deja lecciones. Es bueno recordarlas para evitar que los errores se repitan. En el segundo semestre del año 1991, el Ejecutivo y el Parlamento vivieron tiempos de tensión. Es mi personal apreciación que el discurso fuertemente antiparlamentario que Alberto Fujimori Fujimori desarrolló fue parte de la preparación del autogolpe del 5 de abril. Felipe Osterling y Roberto Ramírez del Villar buscaron infructuosamente que cesara el conflicto. Las pocas cuadras desde Palacio de Gobierno hasta la plaza Bolívar eran un área que quería mantenerse minada. 

Vinieron luego tiempos de soberbia y poder total, con un Ejecutivo sobredimensionado y un Congreso minimizado. Entonces, primó la subordinación y no el diálogo entre poderes. 

La presidenta Salgado, con buen talante, puede ser un valioso elemento para el diálogo entre poderes y un puente para superar dificultades. 

La Constitución de 1993 introdujo una institución poco y mal desarrollada: la estación de preguntas. A los ministros de Estado les mortifica la concurrencia al Parlamento; los parlamentarios ven en la concurrencia al Parlamento de los representantes del Ejecutivo una oportunidad de enfrentar políticamente y no de dialogar democráticamente. Nuestra estación de preguntas difícilmente se caracterizará por la ágil gimnasia del debate parlamentario británico. Pero, ministros desfilando regularmente por el pleno parlamentario, explicando y debatiendo; sustentando proyectos de ley y defendiendo sus posiciones quitaría dramatismo y tensión a la relación entre ambos poderes. Un primer ministro y ministros sentados en el hemiciclo, moviéndose como en casa propia, sería una nueva señal de una relación menos confrontacional y más democrática. Una reformulación de la estación de preguntas, en mi concepto, resultaría valiosa.

3.  Le toca la hercúlea tarea de mejorar la imagen del Congreso 

A los ojos del común de los ciudadanos, el desprestigio de la política viene del descrédito del Parlamento como institución. En tiempos de 140 caracteres, el debate parlamentario, por lo demás, usualmente poco sustantivo, luce inútil y banal.  Esa idea que el fujimorismo con tenacidad impulsó debe ser reemplazada por la revaloración de la utilidad que la confrontación democrática y la fiscalización responsable suponen. Sin embargo, es evidente que la calidad del trabajo parlamentario reclama sustantivas mejoras.

En ese sentido, la nueva presidenta, que tiene experiencia parlamentaria y lecciones aprendidas, podría aportar, con el concurso de las voces más experimentadas del Congreso y con la frescura de algunos rostros nuevos en todas las tiendas, algunos cambios básicos: (i) una agenda previsible; (ii) mejor asesoramiento técnico en los grupos parlamentarios y en comisiones, (iii) debate mejor organizado, especialmente en ciertos aspectos centrales. En resumen, más sustancia y menos espectáculo.

La presidenta del Congreso tendrá el privilegio de desarrollar su función teniendo en el Poder Ejecutivo a un gobernante que cree en el Congreso y que, incluso, lo necesita. No le será difícil lograr lo que Felipe Osterling y Roberto Ramírez del Villar no pudieron conseguir, porque en la Casa de Pizarro habrá respeto institucional. Podrá hacer lo que sus colegas en mayoría no necesitaron y no quisieron hacer. Desde la “vieja guardia fujimorista”, puede representar el cambio que han querido demostrar, sin convencer suficientemente. Lo esperamos y de verdad, como buenos peruanos, lo deseamos.