PARA SUSCRIPTORES: Alonso Cueto: “El virus nos ha enseñado a amar a quienes no sabíamos que amábamos”
Para Michael O’Sullivan, autor del provocador libro “The Levelling: What’s next after globalization”, lo que parece ir consolidándose es un mundo multipolar con al menos tres grupos de jugadores. Norteamérica, la Unión Europea y una Asia (chinocéntrica), por un lado, y Rusia, Gran Bretaña, Australia y Japón, siguiéndoles los pasos, mientras nuevas coaliciones de países como la “Liga Hanseática 2.0” (estados escandinavos y bálticos) fortalecen sus respectivos modelos de desarrollo de corte alternativo. Lo que queda claro es que la globalización, tal y como la conocemos, no ha cumplido la promesa del “crecimiento constante”. En su lugar, un proceso desordenado e injusto muestra cómo, junto con la tecnología, la interdependencia incentivó el egoísmo y el ultranacionalismo. Crece la percepción –que la pandemia convierte en evidencia– de que el legado global es de alta tecnología, pero también de desigualdad, de dominio absoluto de la economía por las transnacionales y de dispersión de las cadenas de producción. Las limitaciones del modelo se han convertido en bandera política de los opositores, que día a día siguen incrementando en número. Más allá de su análisis geopolítico, el libro de O’Sullivan rescata un momento de la historia británica del que propone extraer lecciones para tiempos tan inciertos como los actuales. Me refiero a los “Putney debates” –que ocurrían en Inglaterra a mediados de 1600– y que derivaron en el “Acuerdo del Pueblo”; una serie de manifiestos que esbozó las primeras concepciones de una democracia constitucional, que fue bloqueada y derrotada por una alianza aristocrática-militar.
Para nadie es novedad que la más perjudicada de esta catástrofe planetaria es la fuerza laboral mundial que, como está ocurriendo, perderá millones de empleos que no recuperará jamás. Y es en esa discusión fundamental en donde entra a tallar Edgar Morin, el filósofo francés que enriqueció el debate en las humanidades introduciendo la idea de la complejidad. “Vivimos en un mercado planetario que no ha sabido suscitar fraternidad entre los pueblos”, declaró hace poco el casi centenario defensor de una serie de causas; entre ellas, la del “buen vivir”. De acuerdo a Morin, el “capitalismo agresivo” ha hecho visible una absoluta interdependencia que, en lugar de favorecer el bienestar general, la conciencia y la comprensión mutua, muestra, más bien, la mercantilización de las relaciones humanas, y la ausencia de humanidad y de respeto por el otro. De ello dan cuenta, por ejemplo, los negociados alrededor de las vacunas; hoy el bien más preciado porque lo que está en juego es la vida misma. Por otro lado, cada país está gestionando la pandemia de la mejor manera posible, sin una coordinación mundial. Morin ha llegado a una serie de conclusiones que pueden ser aplicadas también en el Perú. La primera, que la sanidad y la educación constituyen los pilares de la dignidad humana y que allí deben dirigirse los recursos estatales en el mundo pos-COVID-19. La segunda, su deseo de que esta pandemia haya ayudado a cultivar los auténticos valores de amor, amistad y fraternidad, que conocemos y olvidamos desde siempre. ¿Habremos aprendido la lección o nos dirigimos hacia esa regresión generalizada de la que Morin también habla? Solo el tiempo lo dirá.
En el corazón de China, su ciudad fue la primera del planeta en estar en cuarentena. Pero ahora los habitantes de Wuhan disfrutan el regreso a una vida normal,