Maite  Vizcarra

¿Sabía usted que existe un día para celebrar a la red de redes, ? El Día Mundial de Internet se celebró por primera vez el 25 de octubre del 2005, pero poco tiempo después la Organización de las Naciones Unidas (ONU) decidió designar al 17 de mayo como el Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, trasladando el Día Mundial de Internet a dicha fecha.

El martes celebramos esa efeméride. Aunque con tanto tema de agenda urgente, la fecha pasó desapercibida. Menos mal que siempre esta celebración es un tema de entusiasmo para los actores como las empresas operadoras de servicios de telecomunicaciones –las telecos, en confianza– y, cada vez más, las universidades.

Ese entusiasmo me permitió compartir tertulias con otros expertos y hacer una revisión del impacto de la pandemia del coronavirus en el a la digitalización y sus beneficios. Es innegable que acceder a Internet es una cuestión crítica, equiparando este servicio con otros básicos como los de agua o electricidad. Con más razón, si algunas formas de interacción necesarias para la población peruana, como la educación y el trabajo, se siguen soportando en la tecnología digital.

Ya se sabe que el Perú es uno de los territorios con mayores problemas de conectividad adecuada a Internet en la región latinoamericana, sobre todo respecto de algunas poblaciones que no resultan atractivas para las telecos debido a que sus niveles de ingresos no justifican una inversión considerable en la expansión de sus servicios. La solución a este asunto ha sido en el Perú –y el mundo– recurrir a fondos públicos de Acceso Universal que le permiten al Estado dedicarse a expandir la cobertura –vía subsidios– a través de terceros o por mano propia.

Sin embargo, estas soluciones ya resultan ineficientes dado que, existe una porción especial de población que no está siendo priorizada ni será priorizable en el corto plazo. Ni por el Estado ni menos por las telecos. Aparece así entonces, el desafío de la llamada “brecha -digital- residual”, término acuñado por Alan Ramírez y Gislayne Blanco en el 2021.

Tradicionalmente, se identifican este tipo de poblaciones con el mundo rural; sin embargo, tal y como dieron a conocer los expertos de la Pontificia Universidad Católica del Perú, también existe brecha residual en zonas urbanas. Verbigracia, en las zonas altas de Lima que generalmente se ubican en lomas y similares.

Como ya explicamos, los servicios digitales que facilita Internet hoy son esenciales, al punto de que el acceso a ellos es equiparable a derechos constitucionales. No hay excusa alguna para dejar a ninguna localidad –por más pequeña, aislada y pobre que sea– sin cobertura. Para evitar que esto se quede en una buena intención –wishful thinking–, hace falta echar mano de la innovación y buscar soluciones a un problema que se presenta como incompleto.

La brecha residual es un problema incompleto dado que la solución que hasta hoy la resolvía –los subsidios y fondos públicos– es ya insuficiente. Entre otras razones, porque el objetivo en las estrategias de expansión de cobertura no debería ser más uno de pura rentabilidad económica, sino, sobre todo, de sostenibilidad.

En la brecha residual hay un conflicto entre “rentabilidad” y “sostenibilidad” que inevitablemente se resuelve a favor de la gente, por lo que hay que ser creativos para no solo buscar el lucro, sino y sobre todo, la sostenibilidad de los servicios digitales.

Toca ser muy creativos para resolver el desafío aplicando estrategias de “triple hélice” –convocar a distintos socios tipo la empresa privada, la comunidad, los gobiernos locales y la academia–. Pero aun así, es vital definir bien los incentivos adecuados para no duplicar los esfuerzos y, menos aún, malgastar los esfuerzos. En ese sentido, el despliegue de soluciones comunitarias, en donde las organizaciones de base tienen un amplio liderazgo, pueden ser vehículos interesantes para ensayar soluciones nuevas.

Maite Vizcarra Tecnóloga, @Techtulia

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