El lunes, el futbolista Jake Daniels (17), delantero del Blackpool FC de la segunda división inglesa, hizo lo que ningún otro jugador se había animado a hacer en la pérfida Albión desde 1990: salir del clóset. “Ahora es el para hacerlo”, dijo.

Daniels recién hizo su debut en el equipo principal este mes y en el Reino Unido muchos comentaristas han resaltado la audacia que el joven deportista ha demostrado. En fin, han sido pocos los futbolistas en el mundo que se han atrevido a revelar su homosexualidad antes de retirarse, so pena de que ello tenga un efecto negativo para sus carreras. En Inglaterra, el último antecedente fue el del jugador Justin Fashanu hace 32 años. Y hasta hace poco, Josh Cavallo, volante del Adelaide United de Australia, fue el único jugador en actividad en el mundo abiertamente gay.

“Ahora es el momento para hacerlo”, fue lo que dijo Daniels y la mayoría de los equipos de la Premier League –entre ellos, el Arsenal, el Manchester United y el Chelsea– han usado sus cuentas oficiales de Twitter para expresar su respaldo al jugador. Pero muchos usuarios han sido rápidos en refutar su afirmación. Unos cuantos, por ejemplo, han aseverado que se ha apresurado y que ha echado su carrera al basurero. Otros han llegado a cuestionar la pertinencia de la cobertura mediática de este caso en tiempos en los que Europa se mantiene en vilo por la invasión rusa a Ucrania y el Reino Unido lidia con problemas políticos y económicos…

Y este parece ser un patrón que se repite en todo el globo, y el Perú no es una excepción: cuando se trata de discusiones que atañen a las personas , nunca es el momento apropiado. Es más, estoy seguro de que muchos de los comentarios a esta columna irán por ese lado. “¿Por qué no estás hablando [como lo hago en la gran mayoría de mis artículos] de las trapacerías de Castillo y sus secuaces?”, “¿por qué no hablas de los problemas económicos del país?”. En corto, dirán que hay cosas más importantes de las que hablar y vendrá una larga lista de tópicos que, a juicio del opinante, merecen más la tinta y los píxeles.

Pero la verdad es que la coyuntura cambia y nunca faltan pretextos en la aljaba de los que se demuestran alérgicos a las conversaciones sobre los derechos LGBT para aplazar discusiones o negarse a tenerlas. En el 2013, con una situación política y económica harto más estable, el proyecto de unión civil de Carlos Bruce naufragó en el Parlamento sin siquiera llegar al pleno. Asimismo, una iniciativa similar presentada por Alberto de Belaunde y Bruce en el período legislativo pasado tampoco vio la luz, y la situación también estaba mejor que la de hoy.

El Perú, acompañado por vecinos poco ejemplares como Bolivia y Venezuela, es uno de los pocos países sudamericanos sin algún tipo de opción, matrimonial o no matrimonial, para las personas LGBT. En el mundo, ya es la norma entre las democracias liberales que existan este tipo de alternativas y el debate de estas nunca ha sido óbice para que se sigan tomando en cuenta “las cosas más importantes”.

Dicho esto, tampoco tiene sentido negar la importancia de discutir y tomar en cuenta las necesidades de la comunidad LGBT, tanto en el terreno legal como en el de la opinión pública. Según una encuesta de Ipsos del 2020, el 8% de la población se identifica con una orientación sexual distinta a la heterosexual. Y la falta de reconocimiento legal a este tipo de parejas es apenas uno de los problemas, que también incluyen la discriminación y la existencia de un Gobierno y muchos parlamentarios transparentemente homofóbicos.

Nunca será el momento, pero, al mismo tiempo, siempre lo será mientras haya tanto camino por recorrer. Como bien lo entendió Jake Daniels.

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