La Gare du Nord, símbolo de la tensión social en Francia

Informe 4 UNA ESTACIÓN EXPLOSIVA
La historia de cómo un control de pasajes degeneró en un conflicto dentro de un espacio donde se reproducen los contrastes sociales

Por Erik Struyf Palacios
Enviado especial

PARÍS. Es la estación más grande de Francia y la tercera del mundo, después de las de Tokio y Chicago. Se extiende sobre 80.000 metros cuadrados, cada día la transitan 500.000 pasajeros, que se apresuran para coger uno de los 1.700 trenes que llegan o salen a diario de sus andenes. A fines de marzo, este coloso del transporte moderno, que a pequeña escala reproduce los contrastes y las desigualdades de la sociedad francesa, fue escenario de un impresionante motín en el que decenas de jóvenes se enfrentaron a las fuerzas del orden por horas. Ocurrió a fines de marzo, a pocas semanas de la primera vuelta de las presidenciales francesas, devolviendo al centro de la campaña el tema predilecto del actual presidente electo de Francia, Nicolas Sarkozy: la inseguridad y la delincuencia juvenil.

Hoy la Gare du Nord es uno de los lugar públicos más resguardados de Francia. Saltan a la vista los piquetes de guardias de seguridad, policías y hasta militares, metralla en ristre, que se pasean entre la multitud. El Ministerio del Interior no quiere dejar la menor opción a un posible rebrote de violencia. No se conoce el número de efectivos que recorren sus centenas de metros de corredores, túneles y niveles cada día. Los uniformados cuentan con el respaldo de hombres en civil y 350 cámaras estratégicamente instaladas en lugares visibles y ocultos para rastrear cualquier incidente que pudiera desatar otro motín.

INCENDIO EN EL LLANO
El origen de los disturbios del 27 de marzo fue un simple control de pasajes. Eran las 16:20, hora local. Un congoleño de 32 años fue reducido al piso y golpeado por personal de la red de transporte de París por no haber pagado su boleto. Al instante, de entre los cientos de testigos de la escena, algunas decenas de jóvenes comenzaron a protestar frente al comportamiento aparentemente abusivo de los empleados. Al intervenir la policía se caldearon aun más los ánimos. "En un abrir y cerrar de ojos empezaron a llover botellas y desperdicios por los aires", cuenta Laura, dependiente de uno de los bares de la primera planta y testigo de los hechos de aquel día. "No habíamos tenido tiempo de darnos cuenta de la amenaza cuando empezamos a oír el ruido de los primeros destrozos". Muchachos en grupos de diez o veinte correteaban por los tres niveles de la estación haciendo añicos las vitrinas y escaparates de los comercios, derribando los anaqueles publicitarios, descalabrando las cámaras de seguridad y el mobiliario e intentando prender fuego a los basureros.

Las fuerzas del orden intentaban dispersarlos con gases lacrimógenos, pero cuando lograban diluir un grupo ya se había formado otro en alguno de los múltiples corredores del laberíntico edificio.

Fátima, pasajera cotidiana y transeúnte obligada de la estación, no puede contener una risa nerviosa al recordar el momento en que comenzaron los saqueos: "Era un desbarajuste total, los jóvenes entraron al Foot Locker (tienda de deporte) y se lo llevaron todo. La policía tardaba tanto y los guardias de seguridad estaban tan impotentes que llegué a ver a chicas que se probaban las prendas antes de robárselas".

David, un limpiador de turno aquel día, cuenta que "era una verdadera persecución, como de varios gatos tras cientos de ratones, los jóvenes se movían entre los vericuetos de la estación como en su propia casa, ni siquiera se cubrían los rostros y gritaban: '¡Sarko, queremos tu pellejo!'".

Hacia las nueve de la noche y tras la llegada de refuerzos, la policía comenzó a retomar el control de la situación, pero tuvieron que pasar aún dos horas antes de que la estación volviera a la normalidad. El saldo: decenas de detenidos, cientos de miles de euros en pérdidas y otro punto de la ciudad bautizado por la violencia urbana.

UNIVERSOS PARALELOS
La planta baja de la estación es luminosa, en sus andenes resplandecen los trenes de alta velocidad que unen en un santiamén las principales ciudades de Europa. El Thalys que conecta París con Bruselas, Colonia y Ámsterdam, y el Eurostar que atraviesa el Canal de La Mancha y comunica la Ciudad Luz con Londres en apenas tres horas. Esa es la planta de los hombres de negocios y los funcionarios, que embutidos en trajes costosos esperan sus trenes cómodamente sentados en cafés exclusivos frente a sus computadoras portátiles. Es también el mundo de los turistas, que por miles invaden París cada día, portadores de jugosas bolsas de viaje. Este es el primer universo de la Gare du Nord, uno que vive ajeno a las vicisitudes de los otros mundos que habitan su entorno, ensimismados como suelen estar en la prensa internacional o en sus correos electrónicos que leen mientras esperan gracias a las redes WIFI.

Escaleras abajo, en la planta inmediatamente contigua se abre el dédalo que conduce a la red del metro de París. Ya no desbordan de luz natural los recintos de espera, ni es puro el aire que se respira. Por allí transitan miles de parisinos apurados por llegar a su trabajo por la mañanas y por volver a sus hogares terminada la jornada laboral. La población es mixta, el blanco absoluto de la primera planta ha dado paso a la mixtura y al mestizaje: en los corredores y los vagones de metro de rozan y entremezclan sudores europeos, árabes y africanos. Es el segundo universo.

Para conocer el tercero hay que internarse más abajo aún. Allí están los andenes de los trenes que sirven a los suburbios de París. En la planta más baja de la Gare du Nord no quedan ni rastros de trajes lujosos, las joyas y los perfumes que se ven y sienten arriba, la población es toda 'de color', no hay ni trazas de blancos. De allí emergen cada madrugada miles de franceses descendientes de árabes y africanos y contingentes de inmigrantes, legales e ilegales, que desempeñan los trabajos más serviles y peor pagados.

De allí irrumpen también las decenas de jóvenes desempleados, "las bandas étnicas", "los vagos" o "los bárbaros", como suelen llamarlos los habitantes de la primera planta, que pululan por la Gare du Nord, matando el tiempo e incomodando a los acomodados. Fueron estos jóvenes marginales, sin empleo y sin esperanzas, quienes protagonizaron los desmanes de marzo y que hoy las fuerzas del orden tratan de mantener bajo control vigilándolos al milímetro y manteniéndolos reducidos en el fondo de la estación. Fueron estos a quienes el presidente electo, Nicolas Sarkozy, entonces ministro del Interior, llamó "escoria". Son estos los jóvenes excluidos que queman cada noche alrededor de 150 vehículos en los suburbios de las grandes ciudades francesas y que los sociólogos comienzan a considerar como instigadores de guerrillas urbanas; una generación, en suma, de la cual Francia no sabe cómo desembarazarse.

REACCIONES
"La policía ha hecho su trabajo. Durante años se ha permitido de todo aquí. Francia es el único país en el que se considera que detener a alguien que no ha pagado su billete es anormal. Una ideología 'sesentaochera' ha conducido a tolerar lo intolerable".
Nicolas Sarkozy
P
residente electo

"Estos hechos son la ilustración de un clima de enfrentamiento perpetuo entre la policía y una parte de los ciudadanos. Existe un enorme malestar entre los franceses que sienten constantemente estigmatizados y entre aquellos que no se sienten defendidos. Hay que devolver a la policía su tarea de prevención y acompañamiento".
Francois Bayrou
Ex candidato presidencial

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