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Amores flemáticos: la columna de Irene Vallejo por el Día de San Valentín

“La palabra ‘pasión’ deriva del verbo latino ‘padecer’. Comparte raíz con términos que hablan de enfermedad y muerte, como ‘paciente’ o ‘patíbulo’”, escribe Irene Vallejo.
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"El amor verdadero hay que estar siempre inventándolo", escribe Irene Vallejo./ Heritage Images

Irene Vallejo

15/2/2026 08H45 - ACTUALIZADO A 15/2/2026 08H45

Podemos enamorarnos de repente, por los motivos más menudos y nimios, con insensata euforia. El acento de una voz que nos habla por teléfono, una silueta apenas vislumbrada en la ventana, la promesa de una prenda de ropa que baila al son del viento en un tendedero, el sonido de unos pasos en la noche. Nuestra ilusión se aferra a cualquier brizna de oportunidad, como la hierba tenaz que brota en las grietas del asfalto.

MIRA: El manuscrito de una amistad

Lo contó Leopoldo Alas ‘Clarín’ en un relato inolvidable titulado “El dúo de la tos”. La historia transcurre en un hotel de paso, poblado por huéspedes solitarios, en una ciudad norteña. Un hombre fuma en la ventana. Dos balcones más allá, envuelta en oscuridad, una mujer atisba la chispa triste del cigarrillo. Náufragos en el mismo piso de la fonda anónima, tuberculosos los dos, forasteros ambos, buscan aire sano para sus pechos enfermos. Ya dentro de las habitaciones, sin poder dormir, escuchan el tictac de los relojes y las toses del otro. A través de los tabiques, cada cual sueña que esa otra voz carraspea para hacerle compañía. La tos de la habitación 36 le suena a ella enérgica, atrevida. La de la puerta 32 resulta para él poética y dulce. Uno y otra creen entender mensajes ocultos en los gruñidos y sofocos, sienten lástima y simpatía mutua, empiezan a toser a dúo. Acostados en camas distintas, sin haber visto a su cómplice de flemas, ambos imaginan estar en una cita. Ella piensa: “¿Has llegado aquí solo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! Somos dos piedras que caen al abismo. ¿No conoces en mi forma de toser que soy buena?”. Pero, dice ‘Clarín’, ni siquiera los tísicos son románticos consecuentes, y ninguno se atreve a salir de su cuarto en la madrugada a buscar el abrazo que anhela. Al día siguiente, él debe dejar el hotel. Durante años, recordarán aquella experiencia erótica de toser al unísono. Ese enamoramiento.

Curiosamente, la palabra ‘pasión’ deriva del verbo latino ‘padecer’. Comparte raíz con términos que hablan de enfermedad y muerte, como ‘paciente’ o ‘patíbulo’. Durante largos siglos se describió el amor ardiente en términos de infección, como un trastorno que penetraba en los cuerpos por contagio o intoxicación. En la trágica leyenda de Tristán e Iseo, los protagonistas no deben enamorarse, pues ella está prometida a un familiar de él. Sin embargo, toman por equivocación un filtro mágico: “En cuanto bebieron el precioso vino, sus corazones se transmutaron, un irrefrenable amor los encadenó. Tristán se acordaba de su tío y se apartaba con horror de los sentimientos que lo invadían. Pronto su pasión fue más fuerte que sus almas y se entregaron a ella”. Invisible, poderoso, tóxico y mortal, el deseo se equiparaba a la peste.

En el más erótico de sus diálogos, “El banquete”, Platón describe una mansión donde se celebra una gran fiesta. Allí se acerca la Pobreza a rogar limosna, y queda fascinada por el Ingenio, un “charlatán, embelesador, cazador temible, valeroso e intrépido”. Embriagado de néctar, él se tiende en el jardín bajo las estrellas, y la mendiga se acuesta a su lado. Esa noche engendran a Eros. Así, el dios del amor nace pobre, flaco, descalzo y sin hogar. De su madre hereda el hambre permanente, la avidez. De su padre, el afán de belleza y un carácter soñador y fantasioso.

Según el mito platónico, nuestro deseo brota de la imaginación y la carencia; está tejido de apetito y búsqueda, de indigencia y esperanza. Igual que los dos solitarios tuberculosos, todos idealizamos los primeros compases del enamoramiento, cuando hasta la tos puede sonar a piropo e incluso expectorar se convierte en una forma de cortejo. Con el paso de los años, seguimos encontrando en la fantasía una aliada para las relaciones auténticas. El afecto no es una infección: se necesita creatividad para seguir queriéndonos un martes cualquiera, menos jóvenes cada día, rutinarios, ojerosos y acatarrados. En esos momentos, las palabras apasionadas requieren la inspiración y la constancia de una obra de arte. Como sabía la madre de Eros, el amor verdadero hay que estar siempre inventándolo.

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