Rodrigo Cruz

Afuera hay una camioneta plateada BMW, también varios autos Toyota y Nissan. Todos modernos. La puerta del edificio está cuidada por tres vigilantes armados con rifles. Por dentro: pasillos limpios, paredes recién pintadas. Aire acondicionado. Los autos son de las clientas. Cada doctor tiene en su oficina una cómoda sala de espera. Una placa de bronce con el nombre del especialista sobresale en cada consultorio. Era evidente que estaba en el hospital equivocado. 

—Joven, este no es el lugar que está buscando. Aquí solo atendemos a clase media y alta. 

Es fácil confundirse de Hospital de la Mujer en San Salvador si uno no es preciso. Existen dos con el mismo nombre, a 20 minutos de distancia cada uno. Uno es privado. El otro, público. El privado se encuentra en el distrito del Escalón, una zona libre de pandilleros. El público, que también es conocido como la maternidad, queda en el barrio de Santa Anita, un lugar donde a uno le recomiendan no ir de noche.

Kimberly está internada desde el jueves en el hospital público. Tiene 19 años y acaba de dar a luz a su segunda hija. No quiere decir el nombre de su bebe, pero indica que es el de su abuela, quien le enseñó a preparar tortillas. Kimberly salió de prisión hace 4 meses, fue detenida por la policía –señala– junto a otras 48 mujeres en una redada en su barrio. El padre de su hija también fue detenido, pero él aún sigue en la cárcel. “Me dio mucha vergüenza. Mi cara salió en la televisión. Nos confundieron. Pensaron que éramos pandilleros. Me dejaron libre solo porque estaba embarazada”.

Kimberly tiene arañones en los brazos y en su mano derecha, un tatuaje que dice Mauricio. No es el nombre de su pareja, sino el de su tío que –según cuenta– fue asesinado hace 6 años. Dice que no sabe quién lo mató. Pero cuando le pregunto si cree que fueron las pandillas, agacha la mirada como si sintiera vergüenza. Los tatuajes en las manos son una forma de identificar a un miembro de los salvatruchas.

Desde el jueves comparte habitación con otras 6 mujeres, la mayoría menores que ella, quienes también acaban de conocer a sus bebes. Las criaturas duermen a su lado envueltas en trapos hasta la cabeza, en los que llevan escrito un código. Aquí llegan las más pobres, que no tienen seguro social.

Hay una noticia que las tiene aterrorizadas: los maras asesinaron en abril a un bebe de 4 meses, cuando atentaron contra su madre y su abuela, que se negaron a pagar una extorsión. Los pandilleros entraron a la casa y dispararon a quemarropa. El bebe murió en la ambulancia. Las madres del hospital tienen miedo de volver a casa.

El problema de las pandillas en El Salvador tiene más de 15 años y ha causado más muertes en este país que la guerra civil que acabó en 1992 y dejó 75 mil muertos. Solo en el 2015, se han registrado 6.657 homicidios. Y en lo que va de este año, ya van casi 2.500. 

Una investigación del portal El Faro se titula “El Salvador es un buen lugar para matar”. Y, entre otras cosas, cuenta que solo 1 de 10 homicidios es llevado a juicio. El resto queda impune. Se estima que en El Salvador hay más de 60 mil pandilleros, entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, para una población de 6 millones de habitantes. 

Josefina también dio a luz la noche del jueves. Es su primer hijo. A diferencia de Kimberly, su pareja está en libertad y por la tarde vendrá a conocer a su niño. La madre y el hermano menor de Josefina escaparon a Estados Unidos hace ya unos 5 años. Cruzaron la frontera por México arriesgando sus vidas. La decisión era mejor que quedarse. 

Los maras amenazaron a su madre: si no corrían con los gastos del sepelio cuando uno de ellos moría, iban a buscarla. Josefina se quedó por su pareja. Su mayor temor es que le suceda lo mismo: ir a casa, que un mara toque la puerta, y no tener para pagarles.

–Guerra en las calles–
Las probabilidades de que un niño pobre en El Salvador se vuelva pandillero son altas. La crisis económica y la desigualdad son algunos de los factores. Pero también es porque los maras controlan los barrios y los colegios. Crecen bajo las reglas de los salvatruchas.

“Esa es la vida que verá cuando crezca”, dice el doctor Jorge García, que tiene más de 30 años trabajando en el hospital público. Y agrega que si los bebes tienen suerte, vivirán hasta los 18 años.

Los maras reclutan a los niños de las zonas marginales desde los 10 años. Sus primeros trabajos consisten en ser “postes”. Así se les llama a los que están en las entradas de los barrios y alertan si ven a un intruso. A los 15 años, en promedio, son admitidos a la pandilla como sicarios o soldados. Algunos de ellos mueren en la guerra de las pandillas sin llegar a la mayoría de edad. “Este país les ofrece las condiciones para que lleguen a eso”, dice Óscar Martínez, reportero de El Faro. 

Al lado de la maternidad está el cementerio La Bermeja, el más pobre de San Salvador. “Si un indigente muere en la calle, es llevado a la fosa común que hay allí”, dice el doctor García. Al frente hay también un hostal.  “Ahí los hacen, luego los traen para que nazcan y después terminan en La Bermeja”. Es uno de los dichos de los trabajadores del hospital público.