"Un varón sano en una posición de poder le pide a una mujer discapacitada –que hace años resignó la más mínima privacidad, que muestra una enorme voluntad de vivir, y que teme morir de manera tortuosa– que jale un poco más". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Un varón sano en una posición de poder le pide a una mujer discapacitada –que hace años resignó la más mínima privacidad, que muestra una enorme voluntad de vivir, y que teme morir de manera tortuosa– que jale un poco más". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Paula Siverino Bavio

“Usted que hizo tanto ¿por qué rendirse ahora?”.

Adivinen cuál es el contexto de esa frase. Quizás se trata de una frase motivadora en el medio de un curso de “Alcance sus metas en diez días”. O, quién sabe, es el consejo de una abuela a su nieto que quiere dejar la carrera cuando le faltan pocas materias para recibirse. Pero no, esta frase se la dijo un juez de la Sala Constitucional de la Corte Suprema a , en la audiencia del pasado 17 de enero.

Recordemos que Ana padece una enfermedad incurable y degenerativa desde hace tres décadas, que la tiene actualmente postrada y totalmente dependiente, y que, además, le genera severas dificultades para alimentarse y hablar, mientras mantiene una absoluta lucidez mental. Para evitar la muerte agónica que es el único destino de su patología, inició un juicio para pedir que se le deje cuando ella lo decida, cuando ella entienda que ya no puede más con el dolor y la angustia –constante– de pelear por respirar. Ana ganó ese histórico juicio y las contrapartes del proceso –el Ministerio de Justicia, Ministerio de Salud y Essalud– no apelaron la sentencia. Por razones procesales, la causa subió en revisión a la Corte Suprema. Una instancia de revisión que tiene limitaciones legales muy concretas, no es una apelación y no hay partes en litigio.

La audiencia del 17 de enero es notable en irregularidades procesales y éticas. Veamos algunas: no hay apelación ni controversia entre partes, sin embargo, colocan a la Sociedad de Cuidados Paliativos –que presentó un informe técnico, pero no es parte en el juicio– como si fuera perito o contraparte. No señores, no es un proceso de paliativos vs. Ana. Ana recibe cuidados paliativos y estos son un derecho humano.

Por otra parte, insisten en que se pronuncie un médico, pero ya hay varios informes médicos agregados al expediente, ¿los leyeron? Las juezas dicen tener empatía y solidaridad con Ana, pero le hacen muchas preguntas, demostrando tres cosas: a) que no leyeron el expediente; b) que no tienen conocimientos mínimos de bioética jurídica; c) que, o bien no entienden las características de la enfermedad de Ana, o carecen de la menor empatía hacia ella, al interrogar a alguien que lucha por poder respirar y que debe prepararse por días antes de poder hablar media hora de corrido, como si fuera una litigante cualquiera. Ana estaba allí para dar testimonio, no para responder preguntas sobre cosas que están en el expediente. Bastaba con leer la sentencia.

Todos muy solidarios, pero los prejuicios y estereotipos terminan metiendo la cola. La insistencia de los jueces de traer un médico para que testifique sobre cuánto dolor puede tolerar Ana, resulta ultrajante. El dolor es una experiencia intrasubjetiva, sensorial y emocional de cada sujeto. Ya la OMS ha advertido que los pacientes sufren mucho dolor sin recibir analgesia porque el equipo médico no les cree. Así, el criterio clínico de dolor conforme la ética de la analgesia es: “si el paciente dice que le duele, le duele”.

La primera obligación ética es evitar el dolor y el sufrimiento emocional. Sin embargo, los jueces insisten en que quieren que alguien les muestre evidencia, para ver si Ana sufre o no, para ver si dice la verdad y si esa verdad merece protección jurídica. Sin duda, son muy empáticos. La medicalización de la sociedad es un serio problema en bioética. Medicalizar cada experiencia humana nos aleja de la realidad del ser humano atravesado por la vulnerabilidad del dolor y la enfermedad.

Finalmente, el magistrado que después de alabar el coraje de Ana –que vaya si lo tiene– le reprocha que por qué se rinde, por qué quiere morir. Un varón sano en una posición de poder le pide a una mujer discapacitada –que hace años resignó la más mínima privacidad, que muestra una enorme voluntad de vivir, y que teme morir de manera tortuosa– que jale un poco más. Es decir, por qué no jala hasta morirse de manera que no incomode al derecho ni a sus señorías.

Con cuerpo ajeno, todos somos héroes. El detalle es que el Derecho no exige conductas supererogatorias (heroicas), porque, precisamente, son excepcionales y no exigibles. El Derecho ampara la dignidad en el vivir y en el morir. Y el Derecho le dio la razón a Ana.

El que cree que una mujer con una vida como la de Ana se rindió, no entiende nada. Y cuando los que no entienden nada son los jueces y juezas que van a decidir sobre la dignidad en el morir de una valiente, indigna y preocupa. Ana merece decidir, por favor, estén a la altura de su coraje.

Además de ser una de sus abogadas, soy amiga de Ana, la amo y admiro. El día en que ella no esté, mi corazón se romperá en mil pedazos. Si estoy, como tantas, a su lado pidiendo justicia, es porque sabemos que es lo correcto.

Hermana, te abrazo. Pase lo que pase, la batalla está ganada.

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