(Ilustración: Rolando Pinillos Romero).
(Ilustración: Rolando Pinillos Romero).
Carlos de la Puente Arbaiza

Filósofo y psicoanalista

ha dicho, en relación con los disturbios raciales recientes ocurridos en su país, que hay violencia condenable en “ambos lados”.

La frase de Trump es desastrosa porque le concede a los neonazis y a los supremacistas blancos el estatus de ser uno de los “lados” o contendientes en la democracia norteamericana, lo cual es moralmente repulsivo. Solo puede ser considerado un “lado” en el debate público el grupo que considera que debe haber debate público; es decir, el grupo cuyos miembros reconocen que en la conversación pública hay contendientes que son interlocutores válidos, lo que no es el caso de los supremacistas que creen que no deben compartir el suelo ni las leyes con los que no son como ellos.

La condena moral al fascismo, que es lo que clamorosamente ha faltado en la reacción del presidente Trump, no es lo mismo que demandar la prohibición de estos grupos. Esa, la de prohibir grupos extremistas cuya ideología está basada en la violencia, es una cuestión complicada con la que las democracias en Occidente siguen batallando. En varias democracias los derechos a la libertad de expresión y a la asociación política amparan también a los grupos que promueven la violencia y la dictadura. En otros países, el discurso del odio se considera un delito. Sin ir más lejos, en nuestro país la cuestión del Movadef no termina de ser cabalmente discutida.

Pero lo que no puede hacer el presidente de una de las democracias mejor organizadas en el mundo es ignorar el contenido del discurso de estos grupos ni pasar por alto su historia. A menos que la agenda secreta de Trump sea redefinir los conceptos que dan vida a la democracia norteamericana, él no puede, en sus apariciones públicas, ser imparcial en este caso.

Es difícil saber si la muy criticable respuesta de Trump a los dolorosos hechos ocurridos en su país responde únicamente a una fría estrategia política, que consistiría en darle una especie de caricia a lo más bajo –moralmente hablando– de sus votantes. O a que, al mismo tiempo, hay en su mente una pulsión de simpatía hacia los supremacistas. De lo primero es difícil dudar. En una buena medida fue el odio y el resentimiento que existen en de Norteamérica lo que permitió su victoria electoral. Sobre lo segundo, lo de la simpatía por los supremacistas, da la impresión de que en su no muy sofisticada subjetividad política hay algo de coincidencia con las delirantes reivindicaciones de los grupos que lamentan que los blancos no sean los únicos que viven en Estados Unidos.

Pero es lo primero lo nos debe preocupar a todos. El pensamiento político de Trump no importa tanto porque él no es un líder, en el sentido de ser alguien que dirija las fuerzas de su sociedad hacia un fin positivo. Su único legado parece que será el de unificar a la gran mayoría que cree en los principios de la democracia liberal. Pero en cambio sí es muy preocupante que estos supremacistas representan no solo a unos excéntricos, sino a un grupo al que el presidente necesita dirigirse.

Es muy difícil educar a esa parte de la subjetividad política de Trump que no le hace ascos al fanatismo intolerante de algunos blancos. Pero esa tarea no es tan importante. Lo que también es muy difícil, pero urgente e irrenunciable, es educar políticamente a esos miles de intolerantes que celebran lo que ha dicho el presidente de Estados Unidos.